La cultura del “to do list”

A veces sentimos que la vida se nos convierte en una infinita lista de cosas por hacer. Un “To do list” inagotable. Regimos nuestra vida por un esquema de objetivo-resultado, sin detenernos a pensar en lo que hay en el medio. Si es salir a caminar, llevamos nuestro fitbit que mide el número de pasos. Si hacemos spinning, el monitor nos va mostrando cuantas millas llevamos andadas, cuantas revoluciones por minuto pedaleamos. Si salimos a correr, buscamos la app que nos indica el número de millas recorridas. En el trabajo solo quedamos satisfechos si al final del día hemos tachado la lista de tareas por hacer.

Al seguir esos esquemas nuestra mente está estrechamente ligada al cumplimiento de metas, de logros, de resultados. Pero en el trayecto nos olvidamos de apreciar lo que pasa a nuestro alrededor. Nos olvidamos de hacer ejercicio por el simple placer de hacerlo, escuchando la naturaleza o la música que sigue el ritmo de nuestras pisadas.

Mi instructor de spinning se queda loco cuando después de clase me pregunta cuántas millas hice; no tengo idea, le digo, y no me importa. Disfruto inmensamente la clase, me dejo llevar por la música y los latidos intensos de mi corazón, por supuesto pongo todo mi esfuerzo, pero sin pensar en las revoluciones por minuto; en mi caso, el gozo que siento al hacer ejercicio es suficiente.

No podemos valorar solamente las cosas que podemos medir. Hay experiencias que no tienen medida, y que pueden aportar muchísimo más: una caminata sin prisa por la playa, un café con una amiga, o la contemplación de un atardecer. Placeres sencillos que llenan el alma.
Sobra decir que he hecho un trabajo consciente para liberarme de los “to do lists”y los “KPIs”. Pienso que nos limitamos cuando todo lo que hacemos se convierte en un acto que requiere ser medido para poder sentirnos bien.

Por mi parte dejaré los “KPIs” únicamente para mis proyectos laborales que requieren de medición de objetivos. Mi vida la quiero vivir sin estar atada a esos esquemas que no nos dejan salir de nuestra zona de confort. El primer beneficiado con mi nueva perspectiva es Mango, nuestro perro labrador, quien cuando salimos a caminar en las mañanas le gusta detenerse en cada árbol. Le daré gusto, y seguramente podré ver algunos pájaros que antes, por el afán, no veía.

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