Microempresarios con conciencia social: una comunidad transformada por la peluquería

Cuando pensamos en responsabilidad social en un régimen socialista como el cubano, generalmente nos vienen a la mente las iniciativas de algunas de las empresas que operan en Cuba que buscan tener un impacto social en el país. Pero resulta que los programas de responsabilidad social de los microempresarios pueden llegar a ser sustanciales en el desarrollo local sostenible; sobre todo si los esfuerzos que se están haciendo ahora se multiplican sobre quienes se están aventurando a tener sus propios negocios.

En una visita reciente a La Habana tuve la suerte de encontrarme con la historia de Gilberto Valladares, en el Callejón de los Peluqueros, en la Habana Vieja.  El ambiente del callejón es único, con galerías de arte y acogedores cafés y restaurantes que invitan a quedarse una tarde entera conversando y viendo la vida pasar.

Este callejón, localizado en la calle Aguiar entre Peña Pobre y Avenida de las Misiones, alberga el proyecto comunitario Artecorte, un programa creado por Valladares, más conocido como “Papito”, un peluquero que hace unos años empezó su propia barbería cortándole el pelo a la gente del barrio. Valladares es uno de los más de 500.000 cuentapropistas que existen en Cuba hoy en día y que contribuyen a la generación de empleo.

Desde el 2011, cuando el gobierno cubano amplió el ejercicio de los negocios por cuenta propia, muchos emprendedores privados han desarrollado iniciativas de responsabilidad social que han ayudado a transformar la cultura de sus comunidades. Personas acostumbradas a esperar soluciones a sus problemas por parte del Estado, se unieron en la implementación de iniciativas sociales como la de Artecorte.

El salón de Papito se transformó en un proyecto integral de desarrollo local que fomenta además del aprendizaje de la peluquería, -un oficio tradicional en Cuba-, el arte y la cultura. La idea es ofrecerles a los jóvenes la oportunidad de ganarse la vida a través de aprender un oficio digno, como la peluquería.

Con el apoyo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de la Habana -la entidad encargada de la recuperación patrimonial de la ciudad -, los miembros del vecindario del callejón y el liderazgo entusiasta de Valladares, la pequeña calle se reformó y cobró una nueva vida. Al transformar el espacio, la vida de los habitantes del barrio también fue mejorando.

Los restaurantes, cafés y galerías del callejón son todos negocios privados. Todos participan en el proyecto, con programas educativos y recreacionales para niños y jóvenes en pintura, arte, deportes, así como un comedor para ancianos.

También tiene una escuela de cantineros (bartenders), dirigida a jóvenes mayores de 18 años que no estudian o trabajan. Se les ofrece un entrenamiento para que aprendan a ser cantineros: manejo de licores, preparación de cócteles, mixología, etc. El ron Havana Club patrocina los entrenamientos con los insumos necesarios requeridos para tal fin.  La aspiración de los jóvenes es trabajar en los cruceros luego de recibir la capacitación.

Papito tuvo muy claro desde el comienzo lo que es la responsabilidad social. Y por eso impulsa iniciativas que benefician a toda la comunidad, promoviendo la solidaridad y la búsqueda del bien común. “El impacto es pequeño”, -dice Camilo Condis, quien se encarga de las relaciones públicas del proyecto, “pero somos ejemplo de liderazgo para que otras personas que quieran hacer microempresa en el país tengan la conciencia de impulsar el desarrollo de su comunidad”.
La historia de Artecorte nos recuerda que la responsabilidad social no está circunscrita a las grandes empresas. Los microempresarios también pueden llegar a ser motores de desarrollo local sostenible. Ojalá en Cuba los cuentapropistas emulen la iniciativa de Valladares.

Publicado en el Nuevo Herald: Microempresarios con conciencia social: una comunidad transformada por la peluquería

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