Claustrofobia

Era tarde. El bullicio del día había dado paso a un silencio que acentuaba la desolación que sentían. Tendrían que despedirse de la madre, dejarla ahí, en esa sala desapacible con olor a incienso y flores. Solo una vela alumbraba el recinto, en una llama débil que titilaba y dibujaba las sombras de los objetos en la pared blanca del fondo.

Estaban cansados. Después de pasar todo el día en la funeraria ya era hora de irse a casa. Familiares y amigos habían desfilado uno tras otro para darle un último adiós a quien por tantos años había iluminado sus vidas. Palabras de afecto, de cariño; historias compartidas, recuerdos de juventud y de infancia. Preguntas curiosas, incómodas, imprudentes. Caras conocidas, pero sin nombre.

Se despidieron y se acercaron a la salida a tomar el ascensor. Era viejo pero amplio, con capacidad suficiente para albergar los ataúdes que entraban y salían de la funeraria. Cabían al menos 6 personas, así que otras 4 tuvieron que bajar las escaleras a pie. Entraron y marcaron el botón del piso G, que los conduciría al garaje. El cansancio y la tristeza se mezclaban en el ascensor, nadie hablaba, solo se oía el sonido de las cuerdas de acero al bajar. Eran solo 3 pisos. Tres cortos pisos que normalmente hacen el viaje en menos de 15 segundos.

De repente el ascensor se detuvo en seco, con un ruido agudo de cables tensionados que les paralizó el corazón del susto.  Se apagó la luz y quedaron en tinieblas. Quien estaba al lado del tablero encendió la linterna de su teléfono y oprimió el botón de alarma. Nada sucedió. Una vez más. Tampoco. Oprimió el 1, el 2, el 3; abrir puerta, nada. Estaban tranquilos. Ya alguien llegaría a rescatarlos, pero, ¿quién? A esas horas ya no habría empleados en la funeraria. Intentaron llamar a sus familiares que habían bajado por las escaleras, pero el celular no tenía señal. Golpearon la puerta, algunos saltaron, − ¿para qué carajos saltan?  −preguntó una mujer. ¿Creen que así se resuelve el problema? − Se acercaron a la puerta y la esforzaron tratando de abrirla, vamos, con fuerza, así. Lo único que lograron es que la luz entrara ahora por una rendija.
Los minutos pasaban. Como era un ascensor viejo el techo era bajito, como los fabricaban antes, y empezaron a sentir claustrofobia. Les faltaba el aire. −Tranquilos que los monstruos no existen, −dijo el niño menor, tratando de convencerse a sí mismo.  Cada uno manejaba sus miedos como podía. Ya llevaban 5 minutos; ¿o quizás eran 10?  De pronto entró una llamada en uno de los celulares. Era la hermana que había bajado por las escaleras. Estamos encerrados en el ascensor, ¡ayuda!, le alcanzaron a decir. Oyeron actividad afuera. −Ya vamos por la llave, gritó una voz de hombre joven−. Sintieron un forcejeo en la puerta; −la llave no funciona, traten de abrir la puerta desde adentro, indicó el hombre. −Ah, brillante, ¿cómo no se nos había ocurrido antes? Dijo alguien con la ironía de la desesperación. −A ver, los hombres que tienen más fuerza, pasen adelante y presionen hacia afuera−, como si las mujeres no sirvieran para nada. Lo que al joven le faltaba de sicología le sobraba en fuerza, así que después de unos 5 minutos más, ¿o quizás eran 10?, se abrió la puerta y entró una ráfaga de aire y de luz.

Al día siguiente, en el entierro de su madre, la anécdota de los 20 minutos de encierro en el ascensor, (¿o eran 30?), les serviría para romper el hielo con aquellas personas de cara conocida y sin nombre a quienes se les trababan las palabras al momento de dar el pésame.

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