#Irma

Veo mucho alboroto a mi alrededor. Presiento que algo pasa, los noto nerviosos y más activos de lo normal. Ella entra, sale, llega cargada de bolsas de mercado, de agua, de latas que nunca compra, de pilas; paquetes de galletas que abre y empieza a comer ansiosamente. Es un comportamiento que no es muy propio de ella, raro. Escribe mucho, lee, pero ni por eso se calma. Habla por teléfono, la llaman el papá, las amigas, los hermanos, a veces pone el altoparlante y yo puedo oír lo que hablan: − “Sálganse de ahí” − dicen, “tienen que evacuar” – “Si, estamos mirando opciones”, dice ella.

Yo no entiendo nada, ¿por qué nos vamos a tener que ir de este apartamento tan lindo? ¿A dónde vamos a ir? Mencionan mi nombre todo el tiempo, “tenemos a Mango, ¿quién nos va a recibir con él?” ¿Qué? ¿Hay gente que no me quiere? – “Tranquilo Manguito que no te vamos a dejar”, – me dice. En realidad, ella es la que no puede vivir sin mí. Me abraza, me besa, me saca a caminar 8 veces al día sin que yo lo necesite, me despierta y me pone la correa. ¿Qué le pasa? ¿Quién es Irma que hablan de ella todo el tiempo?

Llega él, le da un beso, y enseguida se da cuenta que está un poco nerviosa; le resta importancia, “todo va a estar bien”, le dice. Pero se conecta a la televisión, a las noticias, y de ahí no se mueve. Cada uno maneja su estrés a su manera. Revisa papeles, habla por teléfono y averigua por hoteles. Nuevamente oigo que habla “del perro”, y sé perfectamente que se refiere a mí, a pesar de que mi nombre es Mango. “Reciben perros? “pregunta. 75 libras, dice, colgando el teléfono, parece que peso mucho. Y llama a otro; y a otro, y a otro.
“Los del área de Brickell tienen que evacuar, es mandatorio”, dicen en el noticiero.  Los llaman unos amigos a invitarlos a su casa, “con Mango incluido”, oigo. ¡Paseo!

Empiezan a empacar: el mercado, el agua, las latas, las galletas que ya van en menos de la mitad, mi comida, mi cama, unos padds supuestamente para que yo haga lo que tenga que hacer adentro de la casa. Esta gente está loca. Toda la vida ensenándome que adentro no, ¿y ahora pretenden que haga mis necesidades entre la casa? I don’t think so.

Llegamos donde los amigos. Jack, que se parece a mí, sale a saludar, pero me ladra apenas me ve. Ladra mucho, pero después de un rato nos volvemos amigos. La gente a mi alrededor sigue nerviosa. Cada vez más. Yo en cambio estoy feliz con Jack. Sigo sin saber quien es la tal Irma.
Los veo comer mucho, destapan botellas, y cantan. Parecen contentos, pero yo la conozco a ella: sé que está ansiosa, pobre. La conozco mejor que nadie. Por la noche, antes de dormir, alista una linterna, medio chiquita, pero ella cree que es la más potente del mundo y se siente protegida con ella, no entiendo por qué.  Si eso le da seguridad pues que duerma con su linterna, pero ahí estoy yo si me necesita.

De pronto, afuera  empieza a soplar el viento muy fuerte, y llueve. Llueve mucho. ¡Nunca había visto tanta agua en mi vida! El viento hace tanto ruido que parece que un avión estuviera sobrevolando encima del techo. Ya no cantan, ni comen, ni abren botellas. “Mango ven conmigo”, me dice ella, y yo corro a su lado. Ahora soy yo el que tiene miedo. Parece que llegó Irma.

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