Copiloto

Son las 11:45 de la mañana y ni el aire acondicionado logra aplacar el calor intenso del verano. Me siento como si estuviera entre un horno. Voy repasando la lista de cosas que tengo por hacer y mi mente se pierde entre las copas de las palmeras que van marcando mi paso. Un semáforo más y quedaré montada en la autopista, donde la gente conduce como si estuviera huyendo de algo.

Bajo la mirada hacia el asiento del copiloto que va vacío y de pronto veo algo moverse: una sombra marrón que aparece de la nada y camina resuelta hacia el piso del auto. ¡Descubro con horror que es una cucaracha! Imposible llegar a la autopista sabiendo que semejante sabandija está al lado mío.  En milésimas de segundos pasa una película por mi cabeza:  la cucaracha trepándose por mi hombro causando que mis reflejos suelten de inmediato el timón y el auto quede sin control. ¡No puedo seguir así, atentando contra la vida de las personas que van manejando tranquilas, sin imaginarse lo que pasa en los carros de al lado! Abro de par en par las cuatro ventanas a pesar del calor infernal que se entra de afuera.

Doy media vuelta y paro en el supermercado a comprar un insecticida. Eliminar al bicho es la única salida. Se me va todo el frasco de una espuma blanca que queda esparcida por los asientos y el piso como si acabara de nevar. Pero ni rastro; no aparece ni vivo, ni muerto.
Además del peligro de que se me pueda trepar por el hombro, siento ahora un aire tóxico que tanto la cucaracha como yo respiramos. Pienso en mis alternativas: tengo que encontrarla y además limpiar la nieve. Llego a un lavadero de carros y pido que lo laven y lo aspiren a fondo. —¿Encontraron el bicho? Les pregunto a los muchachos una vez terminan. Nadie vio nada. Pido revisar el tanque de la aspiradora para verificar que el cuerpo inerte de la cucaracha haya quedado sepultado entre el polvo y la basura; pero nada.

No tengo más remedio que resignarme y seguir mi camino. Manejo con las ventanas abiertas, con mi pelo alborotado y creciendo en volumen por el viento y la humedad del verano. Llego a mis citas sudando, hago mis diligencias y al final del día cuando llego al garaje de la casa y estoy a punto de bajarme del auto la veo: la horripilante cucaracha marca su presencia con altivez en el asiento del copiloto. Abro la puerta y con una revista la empujo suavemente hacia afuera. Ahora sí puedo estar tranquila.

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