Bogotá, en 100 palabras

Llueve intensamente y el cielo gris parece acercarse cada vez más a la tierra. Camino mirando hacia el suelo, con prisa para huir de las posibles manos que me puedan arrebatar la mochila que llevo colgada en mi hombro. Me detengo para cruzar la calle, los carros pitan y se me echan encima. Mis botas de gamuza clara han cambiado de color con el agua. La lluvia se acrecienta y decido parar un taxi. Todos pasan llenos. Sigo caminando, alzo mi mirada y pienso que no importa la lluvia ni el frío. Ya me calentará el abrazo de mi madre.

Sin rumbo fijo

Siempre me había dado vueltas la idea de ir al aeropuerto sin ningún destino predeterminado. Así, sin pensarlo. Hoy era el día. Que no me hubiera respondido las llamadas desde hace una semana era la señal que necesitaba. Ahora sí que no sabía nada. Ni dóndes, ni cuándos, ni porqués.

Con esa determinación, eché un par de mudas y las cosas de aseo en una pequeña maleta. Guardé mi pasaporte entre la cartera, verifiqué que las hornillas de la estufa estuvieron apagadas, y cerré la puerta de mi casa sin tener la certeza de cuándo regresaría. Tomé un taxi y me fui al aeropuerto, imaginando a dónde viajaría. Tenía mis tarjetas de crédito al día, y por una vez en la vida estaba dispuesta a dejarme llevar. Dejarme llevar por lo que me trajera el destino, alejándome de esos múltiples mensajes que había enviado en la última semana y que no habían sido respondidos. Estaba harta de los horarios, de las listas interminables de cosas por hacer. Estaba harta de los esquemas, pero más que nada, estaba harta de supeditar mi felicidad a una llamada telefónica que no llegaba.

Una vez en el aeropuerto me paré delante de la pantalla de información de salidas nacionales e internacionales. Buenos Aires, Paris, Bangalore, La Habana. La lista era interminable pero mis ojos de detuvieron en Paris. El próximo vuelo era en un par de horas, justo el tiempo para acercarme al mostrador de American Airlines, comprar el tiquete y dirigirme a la sala de espera.  – ¿Cuál es el motivo de su viaje a Paris? – me preguntó el agente de American. -Voy de visita-, le dije. – ¿En dónde se hospedará? – En el hotel Marriot de los Champs Elysees-, le mentí. Sin más, me entregó el pasabordo. Silla 40 D. Precisamente la penúltima silla del avión, en el medio, a mí, que odio viajar en la parte de atrás del avión, donde se siente más la turbulencia y el olor nauseabundo de los baños. Pero no importaba. Mi mente estaba abierta. Mi vida se reinventaba ante mí.

Aterricé en el aeropuerto internacional Charles de Gaulle a las 7 de la mañana de un martes soleado y de cielo azul intenso. Los latidos de mi corazón se opacaban con los motores del avión.  Durante mucho tiempo había soñado con volver a Paris. Al Paris de Rayuela, la Maga y Horacio. Y ahora, por un impulso dictado por mi intención de mandar todo al carajo, estaba ahí. -Bienvenue a Paris-, nos dijo el piloto americano con una pésima pronunciación.

Así empezó esta aventura que me llevó a más de 22 ciudades distintas. Lugares insospechados que difícilmente hubiera visitado antes de tomar la decisión de irme al aeropuerto sin rumbo fijo aquella lejana mañana. En cada ciudad que visité se me abrió un mundo lleno de gente y oportunidades nuevas que fueron marcando mis próximos pasos. Lejos quedaban ya los mensajes enviados y no respondidos que tanto me atormentaron alguna vez. Al despedirme de mi vida pasada reinventé una nueva, en espera siempre de mi próximo destino, sin importar dóndes, cuándos, ni porqués.

La Rotativa

Recuerdo el ruido de la rotativa del periódico El Tiempo y el olor de la tinta negra, cuando mi abuelo nos invitaba a su oficina en los años en que fue director de ese diario. La rotativa era una inmensa máquina de color naranja que se encontraba en el sótano del edificio. El sonido acompasado resultado de la rotación de los rodillos y el paso del papel listo para impresión parecía música. Recuerdo la fascinación que yo sentía de niña de ser testigo, al lado de mi abuelo, del proceso de la armada e impresión de las páginas del periódico. Era un proceso lento y dispendioso, y era un prodigio poder observarlo.

El proceso de impresión del periódico que llegaba a la puerta de mi casa todos los días y manchaba de negro las sabanas blancas, comenzaba en la sala de redacción. Un gran espacio lleno de humo y olor a cigarrillo, donde los redactores, más hombres que mujeres, no despegaban su mirada del papel que tenían al frente en sus máquinas de escribir. Levantaban su vista solo para saludar a mi abuelo quien llegaba a interrumpir sus labores, y se tomaban unos minutos para explicarnos lo que hacían. Las noticias de afuera les llegaban a través de cables enviados por las agencias de noticias; pero los redactores también estaban permanentemente sintonizados en sus radios a la caza de cualquier primicia que surgiera al otro lado del mundo.
De la redacción pasábamos a la oficina del editor, quien leía cada una de las notas y las corregía según fuera necesario. De ahí, se pasaba a la sección de armada. Recuerdo a Luis, un señor de unos 50 años, con una calvicie incipiente que escondía en una gorra de la que le salía a cada lado un trozo de pelo castaño largo y rebelde. Recibía a los visitantes siempre con una sonrisa. Se notaba que amaba su trabajo, y en las varias ocasiones en que fui de visitante lo vi explicarle a la gente lo que hacía de la forma más didáctica y divertida.  Luis tenía que diseñar y armar cada una de las páginas del periódico en unas planchas de aluminio del tamaño del Diario. Tenía que buscarle espacio a cada nota, a cada foto, a cada aviso publicitario. No era tarea fácil, no podía dejar nada por fuera.

Las planchas de aluminio eran llevadas una vez estaban listas a la rotativa. Allí, el operario encargado oprimía un simple botón y ponía a andar a ese gigante color naranja. El papel blanco empezaba a llenarse de noticias, datos y opiniones. Empezaba a cobrar una vida propia. La rotativa tenia además la capacidad de cortar las páginas y doblarlas, dejando miles de ejemplares listos para ser transportados en grandes camiones a sus puntos de venta.
Yo salía de las oficinas del periódico con el sonido de la rotativa zumbando en mis oídos, y con el olor a tinta impregnado en mi ropa. Y por supuesto salía orgullosa del oficio al que se dedicaba mi abuelo.

Diana Pardo, Marzo, 2017

Obituario. La Ilusión.

Profundamente afectados con el fallecimiento de la Ilusión, se encuentran las personas soñadoras y optimistas que veían en la Ilusión su guía natural. Las razones que llevaron a la muerte a la Ilusión no son claras, pero se rumora que fue resultado de las políticas represivas y arcaicas del mandatario de piel naranja del que fuera uno de los países más prósperos del mundo. A la Ilusión la sobreviven el Optimismo y la Esperanza, quienes lucharan para que los ideales de la Ilusión nunca mueran.
 

El alma de la fiesta

Me aburría inmensamente en esa reunión. Estaba allí por mi marido. Era la fiesta de fin de año de su compañía y yo no conocía a nadie. La gente se nos acercaba a saludar, mi esposo me presentaba a sus colegas, y seguíamos dando vueltas por el salón en busca de una copa de vino que pudiera aligerar el peso y la incomodidad de la situación. Tener una copa en la mano a veces nos proporciona una cierta seguridad. Yo me aferraba a la mía como si alguien me la fuera a quitar. Era una forma de estar “ocupada” mientras veía que mi esposo conversaba y reía con sus colegas, usando una jerga común que yo no comprendía.

La música no ayudaba para nada. ¿Quién la habría escogido? Con tanta tecnología que existe hoy en día para oír buena música de diferentes géneros, lo que sonaba parecía sacado del baúl de la abuela. Unas baladas que lejos de alegrar, sumían a los invitados en un ambiente un tanto lúgubre. Los organizadores de la fiesta claramente se habían olvidado del aspecto musical, y se habían enfocado en las viandas, que no dejaban de pasar cargadas en bandejas por manos de jóvenes y atractivas meseras.  Veía en las esquinas a gente sola que, como yo, parecía lo estaba pasando muy mal. Si tan solo pudiera cambiar la música, pensé, esto se compondría.

Fue entonces cuando lo vi. Estaba en la esquina del salón, un piano de cola que más parecía un mueble viejo, lleno de fotos familiares encima, que un instrumento musical. Me acerqué tímidamente a él, corrí y me senté cómodamente en la silla, abrí el piano y pasé mis dedos suavemente por sus teclas. Y como si no hubiera nadie presente empecé a tocar. Comencé con alguna melodía suave de Billy Joel. La gente se empezó a acercar. Nada como la música para alegrar el alma o animar una fiesta. Mi esposo sorprendido me miraba con una mezcla de orgullo y vergüenza. No era la primera vez que esto sucedía. Era difícil para mí contenerme de tocar el piano si veía uno, más aún cuando la selección musical era tan pobre. De Billy Joel pase a Cold Play, a los Beattles y Elton John. La gente empezó a pedirme canciones; ya a este punto habían apagado las baladas de la abuela y el salón se prendió y la gente animada empezó a cantar a voz en cuello.

Se nos fue el tiempo sin darnos cuenta, tal como sucede cuando uno lo está pasando bien. De pronto me vi ensimismada, mi esposo se me acercó y me dijo que me animara e hiciera el esfuerzo por hablar con la gente y tener un buen rato. Yo parpadeé, y me di cuenta entonces de que una vez más estaba soñando en las posibilidades ilimitadas que se me abrirían si tan solo supiera tocar piano.

Diana Pardo, Febrero, 2017.