El Paraíso Literario está en Madrid

Madrid tiene muchos encantos que la hacen una de las ciudades europeas más atractivas: las grandes avenidas arborizadas, los parques, los museos, los restaurantes, el comercio, y la gastronomía.  Cuenta además con excelentes librerías y tiene una de las ferias del libro más atractivas del mundo. Lo que no me imaginaba, es que en Madrid descubriría el paraíso literario.

En la Cuesta de Moyano, una calle empinada de tan solo unos 200 metros que se extiende desde el final del Jardín Botánico hasta la estación de Atocha, presidida por una estatua de Pio Baroja, me encontré con todo un mercado literario al aire libre.  Treinta casetas de libros, algunas con presencia permanente de sus dueños, otras con jóvenes que atienden el negocio mientras sus dueños están en otros quehaceres.  Cada caseta tiene una característica especial: libros viejos, postales, grabados, últimas novedades; libros de filosofía, política, historia, cocina, cine, teatro, música y por supuesto literatura y poesía. Es el lugar perfecto para que los amantes de los libros pasen una tarde entera buscando libros raros, únicos, ediciones antiguas, primeras ediciones, con ilustraciones que son piezas de arte. La riqueza patrimonial que significa esta calle llena de libros para Madrid es enorme.

Para los que quieren hacer rendir su bolsillo hay mesas paralelas frente a las casetas con ofertas y saldos increíbles, al estilo de los vendedores de libros del Sena, en París.

En este paraíso literario conocí a Fernando Plaza, el propietario de la caseta 6, “La Clásica”. Desde los 11 años está en la Cuesta, cuando acompañaba a su padre, quien desde 1925 adquirió la caseta especializada en libros antiguos. Fernando la tiene desde 1940, cuando la heredó de su padre, pues sus otros tres hermanos eran funcionarios públicos en ese entonces y poco les interesaba mercadear con libros.  Para él, en cambio, los libros han sido su pasión desde que era un niño, a pesar de que no ha leído todos los que guarda en la caseta (tiene alrededor de 5,000 libros). No alcanza la vida entera para hacerlo.  Se concentra en sus autores favoritos: Garcilaso de la Vega, o Camilo José Cela. Su esposa también le ayuda en el negocio, ha sido un proyecto de vida que les ha permitido hacer lo que les gusta.

Cuando uno está viajando y su pasión son los libros, sabe que tiene que sacrificar parte del equipaje a cambio de poder tener espacio en la maleta para llevarse algunos. Yo ya había cumplido mi cuota pues hacía unos días había estado en la feria del Libro, en el Parque del Retiro. Pero ante semejante descubrimiento tenía que aprovechar, a pesar de la mirada de mi esposo que a lo lejos parecía suplicarme que no me entusiasmara demasiado. Seguramente el terminaría cargando con la maleta después. En un lugar mágico como este uno nunca sabe lo que puede encontrar.   Dentro de mis descubrimientos lo más especial fue una selección de Las Mil y una Noches, con bellísimas ilustraciones de Kenneth Denard Dills.  Cargaría con él en la mano de ser necesario.

Si están de visita en Madrid, no duden de ir a esta hermosa calle que cuenta ya con casi 100 años de letras, de historia y cultura, y donde todo el año es una feria del libro. ¡A por libros!

¡Soltar Amarras!  Un viaje inolvidable por la Costa de Croacia

Nunca he sido amiga de los cruceros. Creo que es un turismo poco auténtico, que me sentiría encerrada, que sufriría al tener que cumplir con horarios al bajarme en cada destino, corriendo porque el barco se va a ir. No me gustan. Cuando mi esposo me invitó a conocer Croacia a vela, lo primero que pensé es que sería una experiencia similar a la de un crucero. Que me daría claustrofobia dentro del velero y que no tendría libertad para conocer cada puerto a mi propio ritmo. ¡Qué equivocada estaba!  Mi esposo es navegante, me conoce bien, y sabía que, a pesar de mi primera reacción, sería una experiencia que gozaríamos mucho los dos. Así que, ¡nos fuimos!

Tomamos un catamarán de 48 pies, con nuestro hijo que es el mejor compañero de viaje, y tres parejas de amigos a cuál más de divertidos; la compañía no podía ser mejor (a pesar de que faltaba mi hija). Habíamos viajado a Zagreb, ciudad que nos encantó y que amerita un relato aparte, luego a Dubrovnick, que parece sacada de un cuento, y de allí tomamos un carro por una carretera bellísima bordeando la Costa del Mar Adriático, hasta Agana, un pequeño puerto cerca de Split, donde nos esperaban nuestros amigos y Sandro, nuestro simpático capitán. Nos aprovisionamos de manjares y bebidas en un mercadito local, ¡y empezó el paseo!

Lo que yo sentí en el primer momento en que empezamos a navegar fue un sentimiento totalmente nuevo para mí. Había ‘velereado’ en algunas ocasiones, y montado en lancha millones de veces; pero la sensación de soltar amarras y elevar velas a través de un mar azul, inmenso, transparente, con el infinito hacia adelante, y con tan solo el sonido de los cascos del velero dejando estela sobre el agua, me produjo una felicidad inigualable. Al soltar amarras, soltaba además mis preocupaciones y ansiedades de las últimas semanas. Era una sensación de libertad absoluta.

Durante una semana recorrimos las islas de la Costa Dálmata. No eran distancias largas, solo dos o tres horas máximo de navegación cada día. Despertábamos en algún puerto, yo salía a correr temprano, hacíamos el desayuno y luego navegábamos hasta encontrar alguna ensenada en la que pudiéramos hacer kayaking, paddle boarding, nadar, o simplemente leer, conversar con los amigos y tomar drinks (¿Se imaginan un gin con tonic en ese paraíso?).

El plan cultural y gastronómico no podía faltar, así que en las tardes recorríamos los pueblos medievales que tienen en su mayoría un gran valor histórico, visitábamos los puntos de interés, entrabamos en las tiendas, los mercados de frutas y especies, hablamos con la gente, y almorzábamos por ahí.  En la noche tomábamos un carro para cenar en algún restaurante local que nos ofrecía los mejores y más frescos pescados y mariscos y vinos croatas que son muy buenos. Uno de los lugares que recuerdo con mayor agrado fue un restaurante rural de una familia, en lo alto de una montaña, (Roki’s), a 20 minutos de la marina, en Komiza (Vis Island). Con mesas al aire libre bajo los árboles y una luz tenue que nos permitía ver las estrellas, como de película. La especialidad del lugar era la cocina en pekas, unas grandes ollas de barro que cocinan lentamente los alimentos en una estufa de carbón.  Ese día la especialidad era cordero, acompañado de vegetales y papas cocinados a la perfección.  Garrafas de vino del viñedo de los predios de la casa, al igual que el aceite de oliva, los tomates frescos y el queso mozzarella. Una de esas noches inolvidables que se quedan grabadas en la mente y el corazón por siempre.
El paisaje que se va apreciando cuando se recorre a vela las islas del Mar Adriático, es hermoso: puertos pesqueros de arquitectura medieval, uniformes en sus colores que hacen juego perfecto con el azul del cielo y del mar. Son puertos donde la vida transcurre plácida y tranquila, y donde los gatos (muchos gatos) hacen su siesta sin importarle quien pase por su lado. Son puertos alegres, llenos de vida, que esperan a los visitantes con una gran amabilidad; porque la gente en Croacia es cálida y conversadora. Muchos crecieron en medio de la guerra de los Balcanes, que es una guerra relativamente reciente (25 años).  Y aunque parecería que no les gusta mucho hablar del tema, de vez en cuando surge en las conversaciones y se manifiesta el dolor de una época que debió haber sido muy dura para ellos.

Agana, Trogir, Komiza, Maslinica, Palmiziana, Hvar, Boboriska, y Split. Cada uno especial y único. Trogir fue uno de los que más me gustó. Patrimonio de la Humanidad de UNESCO, lleno de estrechos callejones que nos sorprenden con cafés al aire libre y almacenes de arte pintorescos, con su imponente catedral de San Lorenzo, y el mercado lleno de productos locales: flores, lavanda, miel, frutas, verduras, jabones artesanales. ¡Todo un deleite para los sentidos!  Komiza, con un toque bohemio y unas bellísimas casas en piedra, y ese ambiente único de los pueblos de pescadores.  Hvar me pareció la más sofisticada, en este recorrido que hicimos, con elegantes restaurantes y discotecas a las que no fuimos porque preferíamos tener nuestra propia fiesta privada en el barco. Split, la segunda ciudad más grande después de Zagreb, es muy linda e interesante; la ciudad vieja es también Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y su centro de atención es el Palacio Diocleciano, que vale la pena visitarlo, por el gran contenido histórico que tiene.

Haber hecho este recorrido navegando en catamarán le imprimió al viaje un carácter único e irrepetible.  Fue la combinación perfecta con el recorrido por carretera, que al final lo hicimos de regreso de Split a Zagreb (donde empezó y terminó nuestro paseo), y tuvimos la oportunidad de ver campos de lavanda, viñedos, y de visitar el Parque Natural Krka, lleno de cascadas y una vegetación majestuosa.

Me enamoré de Croacia: de su gente, de sus paisajes, de su hermoso mar, de su cultura y su gastronomía. Y ahora sueño con volver a navegar, ojalá con el mismo grupo de amigos, a ¡muchos lugares más!

La Carreta Literaria

Quienes conocen Cartagena coincidirán en que es una ciudad hermosa, mágica y seductora. Fácil reconocer la riqueza de su prodigiosa arquitectura; sus balcones adornados con flores; sus portales antiguos y sus paredes de colores. Pero cuando recorremos sus estrechas calles con una mirada más profunda, podemos reconocer esa parte intangible de la riqueza de la ciudad que encontramos en las historias de la gente.  Historias como la de Martin Murillo, creador y director de la Carreta Literaria.

En uno de mis recorridos por la ciudad amurallada me encontré un día con una carreta de madera repleta de libros cuyo dueño, un señor de sombrero y sonrisa amplia, empujaba pregonando los beneficios de la lectura . La gente se acercaba a saludarlo, como se saluda a esos personajes de barrio que nos son familiares. La policía de la ciudad, sin embargo, le pedía que no “molestara” a la gente y que se fuera de allí.

Cada vez que yo regresaba a Cartagena buscaba a la Carreta Literaria, en el Parque Bolívar, frente a la librería Abaco, en la plaza de la Aduana.  En muchas ocasiones tuve la suerte de encontrarla, pero su dueño siempre estaba rodeado de gente. Hasta que un tiempo después pude conversar con él y me contó su historia.

Martín Murillo pasó de vender botellas de agua por las calles de Cartagena, a prestar libros y promover la lectura en los barrios y escuelas de la ciudad.  Todo empezó cuando alguien que conocía su gusto por los libros le regaló algunos. Martín fue coleccionando libros que devoraba con entusiasmo, hasta que un día decidió compartir esa pasión con los demás y quiso crear una especie de “biblioteca” ambulante.  Tuvo la oportunidad de contarle de su proyecto a Raimundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza en Colombia y toda una institución en Cartagena, quien se interesó y lo apoyó. Así construyó su primera carreta, en la que carga a diario alrededor de 200 libros.

Martin parte  de la confianza cuando presta sus libros. No pide nada a cambio, más que la buena fe de la persona para que los devuelva y otros puedan gozar de la lectura. También es un gran narrador de historias y hace recomendaciones de sus libros favoritos. Va empujando su carreta de barrio en barrio y de municipio en municipio. Su proyecto personal se le convirtió en una Fundación sin ánimo de lucro que varias empresas colombianas patrocinan.  Hoy en día Martín recibe invitaciones de las escuelas, e incluso ha sido invitado a varias ferias internacionales del libro en distintas ciudades.  Al morir Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes le donó a Martín más de 300 libros que ahora recorren las calles en la carreta de Martín.

Para mí, la historia de Martín y su Carreta Literaria, es un ejemplo de la persistencia de una persona que logró seguir su sueño y servir a su comunidad haciendo lo que más le gusta. Y es también un ejemplo de esa Cartagena maravillosa e intangible que a veces no vemos.

Cosas que hacer y ver en La Habana

La Habana es una ciudad caminable, aunque el servicio de taxis también es bueno, bien sea en un convertible colorido que nos lleva a recorrer los lugares más emblemáticos o simplemente a recorrer los viejos barrios, o en un sencillo Lada que en muchos casos carecen de manivela para bajar la ventana y la puerta tiene que ser abierta por el conductor del vehículo desde afuera.  Pero todo eso es parte del encanto.

Cuando uno visita una ciudad vive momentos irrepetibles o visita lugares especiales que se quedan en la memoria por siempre. Esos lugares son los que les quiero compartir, con la idea de que les sirva de referencia si visitan La Habana.

  1. Caminata por el Malecón. Imagen obligada de peliculas cubanas, el Malecón es la avenida que conecta la ciudad vieja con el Vedado bordeando el mar. Es una caminata que vale la pena para poder sentir de cerca las olas que rompen contra las paredes y ver de lejos una panorámica de la Habana Vieja. Ademas de ser un lugar perfecto para apreciar la arquitectura de los distintos edificios, el Malecón tiene de interesante que parecería que allí confluye la idiosincracia del pueblo cubano: amantes que se besan apasionadamente al atardecer, músicos que improvisan sones para los visitantes, jóvenes adolescentes que convierten el Malecón en toda una fiesta.
  1. La Fabrica de Arte Cubano, F. A. C. Para quien goza de los planes culturales este lugar es una verdadera fantasia! Arte, música, audiovisuales, fotografía, cine, baile, moda! Todo bajo el mismo techo en una vieja fábrica de aceite transformada en el barrio el Vedado. El proyecto fue creado por el músico X Alfonso con el ánimo de promocionar a jóvenes artistas en diferentes áreas. El lugar tiene tanto éxito que se llena en las noches (de jueves a domingo), así que es recomendable llegar antes de las 8 pm y hay que esperar pacientemente en una fila. Pero cuando entras, la paciencia habrá valido la pena!  Es sin duda uno de los lugares mas “hip”en los que he estado en los últimos tiempos!
  1. El Cocinero: no hablaré aquí de restaurante con esta excepción, por la sencilla razón de que queda al lado de la F.A.C., y es un lugar hermoso y con una vibra muy especial! No cenamos en el restaurante, solo nos tomamos un par de mojitos en el bar que queda en un altillo, a la hora del atardecer, al aire libre, con una luna que iluminaba el ambiente y la sonrisa de mi esposo y la mía.
  1. La casa de la Música. Gracias al dato de unos amigos locales, nos enteramos de que los jueves a partir de las 5 pm canta Ray Fernández, en esta vieja mansión de Miramar. Ray tiene una voz prodigiosa, es irreverente, y tiene una energía arrolladora! Canta son, rock, y sus propias composiciones, como “Lucha tu yuca”, un retrato de la dura realidad cubana. Vale la pena viajar a La Habana con el único propósito de verlo y oirlo a él!
  1. El Callejon de Hamel. Una pequena calle llena de murales y esculturas elaboradas con materiales reciclables, que realzan la cultura afro cubana. Lugar de residencia del pintor y muralista Salvador González, quien ha hecho del callejon un lugar auténtico y donde los domingos músicos y bailarines se reunen para alabar a Yemayá, la diosa del mar. Los murales estan llenos de color y poesía, con frases inspiradoras como esta: “El pez no sabe que el agua existe”.
  1. La Universidad de la Habana. Visitar el lugar de estudio de Fidel vale la pena por su arquitectura, todo un monumento. Subir por las majestuosas escaleras que hacen parte de su fachada para llegar a la escultura del Alma Mater, que es imponente. A solo un par de cuadras de la universidad está la Librería Alma Mater, una de las más grandes y de mejor selección de libros en la Habana.
  1. Memorial de José Martí. Subir hasta lo alto del monumento y apreciar la vista de toda la ciudad es una experiencia maravillosa. Divisar desde arriba la Plaza de la Revolución e imaginarse a todo el pueblo reunido allí en uno de los múltiples actos políticos, conmueve. La Habana desde arriba toma un matiz especial, con sus grandes avenidas que no conocen el tráfico de las grandes ciudades, sus monumentales construcciones coloniales y el azul del mar a lo lejos, hacen de esta vista una privilegiada postal.
  1. Hotel Nacional. Arquitectura e historia en un mismo lugar. Ir a tomarse un aperitivo en la terraza del hotel, y caminar por sus jardines a la hora del atardecer, es un buen plan.

De lugares en La Habana Vieja no hablo porque ya me referí a ella en otra entrada anterior. Merecía capítulo aparte.

 

La Habana Vieja

Viajar a la Habana es viajar en el tiempo. Una ciudad mágica que parece estar anclada en el pasado, con su imponente arquitectura colonial y esos autos antiguos que les dan color a las calles y que parecen ser parte de un set de una película de los años cincuenta.

Hay cuatro grandes zonas en la Habana: la Habana Vieja, el Centro, el Vedado y Miramar. Cada barrio tiene características diferentes, y a cada uno hay que dedicarle un tiempo para explorarlo y descubrir sus rincones. Nuestra visita empezó por la Habana Vieja, recorriendo sus calles y deteniéndonos sin prisa en cada una de sus bellísimas plazas: Plaza de Armas, San Francisco de Asís, Plaza de la Catedral, y la Plaza Vieja, cada una única y especial, donde el esplendor de las fachadas coloniales y sus colores pasteles se confunde con el verde de los árboles, y donde la gente se sienta en las bancas a ver la vida pasar.  La Habana Vieja, patrimonio de la humanidad de la UNESCO desde 1982, se ve bien mantenida, sobre todo en los lugares donde hay más tránsito de turistas. Se sale un poco del casco viejo y las edificaciones empiezan a verse más deterioradas, y se puede ver una casa espléndida recién pintada, al lado de un cascarón viejo al borde del derrumbe. Cada esquina merece una fotografía.

El recorrido por las calles nos va llevando a lugares emblemáticos, como la Bodeguita del Medio, o el Floridita,  centros de tertulia de intelectuales y donde Hemingway se tomaba sus daiquiris. Son lugares llenos de turistas, como el Sloppy Joe’s, así que nosotros preferimos evitarlos y salir en busca de bares menos concurridos. A cada bar donde fuimos nos decían que el de allí era el mejor mojito de la Habana. Creo pensar que cada uno tenía razón, porque cada uno me sabía mejor que el otro. El Café de Oriente, en la Plaza de la Catedral, me pareció un lugar especial para la hora del aperitivo, con su banda de músicos tocando el Chan Chan de Compay Segundo. Aunque esta prerrogativa no la tuvimos solo ahí. En realidad, en cada esquina, en cada lobby de hotel, bandas de músicos deleitan al turista con el mejor repertorio de música cubana.
Hay muchas casas en la ciudad vieja que requieren de una visita pausada: la Casa Árabe, el Museo del Ron, o instituciones culturales como la Fundación Alejo Carpentier, a las que se puede entrar y recorrer, bien valen la pena. La catedral es hermosísima, parece “música grabada en piedra”, como bien diría Alejo Carpentier. Dicen que es la más antigua de las Américas, aunque yo pensaba que ese privilegio lo llevaba la Catedral de Santo Domingo, en República Dominicana.

Edificaciones como el Capitolio, que nos tocó en reconstrucción, o el Teatro Nacional Alicia Alonso, son también joyas arquitectónicas de una riqueza inmensurable que vale la pena visitar y admirar detenidamente.

A la Ciudad Vieja hay que recorrerla con calma; de día y de noche. Hay que recorrer las calles Mercaderes y la más comercial Obispo, con sus librerías repletas de biografías de José Martí y el Ché Guevara, y fascinantes ediciones viejas de algunos grandes títulos de la literatura cubana y latinoamericana. Encontramos también restaurantes deliciosos, a los que tuvimos que hacer reserva de antemano, como La Guarida, Doña Eutimia, El Del Frente, O’Reilly.
Caminar el casco viejo nos lleva también a encontrarnos con lugares tan mágicos como el Callejón de los Peluqueros. Una callecita de no más de 150 metros, con restaurantes, cafés y galerías y una gran peluquería cuyo propietario ha hecho de su negocio un caso único de desarrollo local. (Para conocer más sobre esta historia ir a la sección Publicaciones de este blog y ver la nota sobre “Microempresarios en Cuba”).

China, apoteósica

Llegué a la China con mi familia en la mitad de mayo del 2015.  Viajar a Asia se había convertido para mí en una obsesión.  Soñaba con conocer este continente lejano que solo había conocido a través de los libros, que han sido siempre para mí un pasaporte al mundo, y de las películas. Obviamente también por las noticias, a veces sesgadas, que nos presentan los noticieros de Occidente.

Varios fueron los factores que me impactaron especialmente  al llegar a la China, quizás uno de los que más, las multitudes. Miles de personas en todas partes, en todas las esquinas, en las calles, en los buses, en los templos, haciendo fila, sin en realidad respetarla, en todas partes, y a cualquier hora del día. En China amanece muy temprano, y  a las 7 de la mañana ya se ven las calles atiborradas de gente. Desde los que hacen Tai Chi en los parques, hasta los que caminan con paso firme para empezar sus labores diarias, y los que venden sopa de fideos y dumplings para ofrecerles a los transeúntes.

Cruzar una calle en Beijing o en Shanghái es toda una proeza. El respeto por los peatones no existe, y los autos son los dueños de las vías. Para ellos tampoco parecen existir normas que valgan: igual se pasan un semáforo en rojo o dan la U en un lugar que jamás serviría para ese propósito.

Nada más lindo que ver a la gente en los parques haciendo Tai Chi. Es un acto ceremonioso, donde se busca el balance ideal entre la mente y el cuerpo. Esa armonía perfecta entre los opuestos, el ying y el yang, está presente en todo, y se observa en la arquitectura y en los jardines, donde las formas y colores toman sentido, donde las construcciones de tamaños apoteósicos juegan con el cielo y la tierra.

Me gustan las cosas que guardan algún significado. Y en China cada cosa significa algo. Hasta el punto en que son los más supersticiosos, y conservan imágenes o llevan amuletos que les brindan seguridad, o los hace sentirse más aguerridos, según sea el caso. Pero nada que guarde un mayor significado que un Templo.  Los templos en China son lugares de reflexión e inspiración. Imposible no conectarse con uno mismo, y con la magia de los aromas de los inciensos y el recogimiento de los visitantes. Visitamos muchos templos budistas, pero uno de mis favoritos fue el Templo del Cielo, en Beijing, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.  Este era el lugar donde los emperadores chinos iban a orarle al cielo para que tuvieran buenas cosechas.

Pero donde más me conmoví fue en la Ciudad Prohibida, un lugar imprescindible para visitar en Beijing. Nuestro recorrido había empezado ese día en Tiananmen Square, donde no pude dejar de pensar en la masacre de junio de 1989, y especialmente en la horripilante imagen que le dio la vuelta al mundo entero de un tanque acercándose cada vez más a un indefenso estudiante. Pero eso es material para otra historia.  La Ciudad Prohibida, antiguamente un lugar de acceso impenetrable, está construida en un terreno inmenso lleno de patios, jardines, pabellones y salones.  Uno podría pasar varios días explorando la Ciudad Prohibida, apreciando la arquitectura, analizando los techos, las figuras de dragones o leones, cada una con su significado.

Todo lo de los chinos es extraordinario. Cuando uno llega a la Gran Muralla uno queda sin aliento. La mezcla de las inmensas montañas y la construcción en piedra de la muralla que se aleja en el horizonte es algo digno de ver. Por algo es una de las 7 grandes maravillas del mundo moderno. Vale la pena caminarla, detenerse ante las ventanas (porque tiene ventanas) y gozar de una vista maravillosa. De las fotos familiares más lindas que tenemos fueron tomadas en este lugar.

Ahora les contaré de Shanghái, ciudad donde lo moderno y lo antiguo confluyen de la mano. Shanghái es la ciudad del futuro que yo siempre me he imaginado: con inmensos rascacielos que se visten de luces de colores en las noches y autopistas elevadas. La parte más antigua, el Bund, cuenta con construcciones renacentistas de gran influencia francesa, con restaurantes de todo tipo, para todos los paladares y todos los presupuestos. Caminar por el Bund y ver al otro lado del rio Huangpu el Pudong, que es la zona financiera, la parte más moderna de la ciudad, es el mejor plan.  En Shanghái uno se olvida que está en un país socialista. Parece la imagen perfecta del capitalismo: con enormes almacenes de lujosas marcas, y mujeres elegantemente vestidas portando carteras Louis Vuitton.  Es toda una experiencia surrealista.

El atractivo de las ciudades sostenibles: Copenhague

En el lugar donde vivo, en Miami, los ciclistas son en su mayoría deportistas. La gente monta en bicicleta para mantenerse en forma. En Copenhague, ciudad que visité recientemente -y de la que me enamoré-, los ciclistas son ejecutivos, padres de familia, jóvenes estudiantes, mayores de edad, empleados, entre otros, que usan la bicicleta como medio para desplazarse a sus lugares de actividad.

En Copenhague hay más bicicletas que habitantes, y la ciudad ha sido planeada para aceptar a los miles de ciclistas que permanentemente, sin importar ni el clima ni la hora, se vuelven parte del paisaje urbano. Todo está pensado: las vías exclusivamente diseñadas para las bicicletas, los parqueaderos al lado de las estaciones de metro, las facilidades de subir la bici en el tren en caso de ser necesario (sin cargo extra para el pasajero), y la sincronización de los semáforos en verde para que fluya el tráfico. El 50% de los desplazamientos urbanos se hacen en bicicleta, y como la cultura de la ciudad gira en torno al bienestar de la gente, los ciclistas son siempre respetados. Solo el 29% de la población es dueña de un carro.

Varios estudios citan a Copenhague como una de las ciudades más sostenibles del mundo. Copenhague es una ciudad que invita a la gente a tener mayor conciencia de sostenibilidad, en todos los frentes. Desde el aire, antes de aterrizar, se pueden ver miles de molinos eólicos en el mar, un espectáculo para la vista, y un aporte fundamental en la utilización de fuentes de energía renovables. Una quinta parte de la energía de Dinamarca proviene de esta fuente. Copenhague, particularmente, tiene uno de los niveles de emisión de CO2 más bajos del mundo, y el objetivo de la ciudad es que para el 2025 sea una ciudad neutra en emisiones de carbono, según el website de la ciudad de Copenhague.

La conciencia de sostenibilidad se ve en todos los ámbitos: en la arquitectura, en el diseño industrial, en la alimentación, en los espacios verdes.

Desde hace varias décadas los arquitectos y diseñadores han buscado construir una propuesta con soluciones sostenibles para las nuevas generaciones, acorde con las políticas de Estado, respetando la legislación ambiental y atendiendo también a la demanda de los consumidores, conscientes de estos temas. Sobresalen en las fachadas la utilización de materiales como la madera, la piedra, o el ladrillo, con diseños minimalistas pero de gran impacto, como el edificio de la Opera o el terminal 3 del aeropuerto.

Existe en el mundo entero una tendencia a la alimentación de productos orgánicos locales. En Copenhague hay una gran conciencia, y desde el gobierno se estimula su consumo. El 75% de la comida que se sirve en instituciones públicas es orgánica, y la oferta de los supermercados y restaurantes es muy amplia. En mercados como el de Torvehallerne, un deleite para los amantes de la comida, la oferta orgánica de productos locales es inmensa: desde frutas y verduras, hasta quesos y vinos.

Copenhague es también una ciudad verde, llena de parques, rodeada de agua.  Pensada en la gente, en su bienestar y calidad de vida. Una ciudad en donde sus habitantes hablan con propiedad sobre el cambio climático, y saben que están preparados para enfrentar las consecuencias y minimizar sus riesgos.

Así como en las grandes empresas depende del interés y empuje del CEO el hacer de la sostenibilidad una filosofía de negocio, así también depende de los políticos locales hacer del tema de sostenibilidad un objetivo claro dentro de la agenda de gobierno. Y así como los grandes ejecutivos le apuestan a la sostenibilidad como una manera de darle mayor valor a su negocio, así también las ciudades que emprenden políticas sostenibles verán mejores resultados económicos, políticos y sociales. Copenhague con seguridad lo ha logrado.

Articulo publicado en el Nuevo Herald, Julio 19, 2016 http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article90399577.html

Desde la Serranía de Perijá, Colombia

Siempre he estado conectada a la realidad colombiana, a pesar de que he vivido por fuera más de 18 años.  He estudiado de cerca los fenómenos históricos y políticos de los grandes períodos de violencia por los que ha atravesado el país. Soy consciente de las dificultades por las que muchas personas a través de varias décadas han pasado, de lo mucho que han sufrido.

Pero lo que he leído en los diarios y en los libros, jamás habían surtido el impacto estremecedor que tuvieron los testimonios de primera mano de campesinos de la Serranía del Perijá que tuve el privilegio de escuchar esta semana que pasó.  Campesinos que se vieron en el medio de un conflicto entre paramilitares y guerrilla, y que a mediados de los 2000 tuvieron que abandonar sus tierras, con tan solo lo que llevaban puesto, dejando atrás sus casas, sus animales, y sus tierras fértiles a las que se habían dedicado a sembrar durante toda su vida.

Dejaron atrás la esperanza de ofrecerles a sus hijos un futuro mejor, y huyeron del miedo, de las amenazas de ser asesinados por la mano implacable de los paramilitares,  en un ambiente de terror que contrastaba con la belleza deslumbrante y majestuosa del paisaje de la Serranía, del que jamás se pensaría ha sido testigo de tantas atrocidades. Huyeron para empezar de cero una vida nueva en algún otro lugar que no les ofrecía las oportunidades de desarrollarse como personas, mucho menos para ganarse el pan y alimentar a sus hijos.

Pero la vida siguió, y unos años más tarde, cuando la violencia había ya arreciado un poco, cuando las políticas del gobierno central se acordaron de las regiones marginadas del país y se aumentó la presencia militar en la zona, los campesinos fueron retornando poco a poco, aun con temor y llenos de desconfianza. Habían estado varios años fuera, y al regresar encontraron sus tierras arrasadas, sus casas totalmente destruidas, los pocos animales que quedaban con la mirada quebrada y huidiza, víctimas ellos también, del miedo. Como el Ave Fénix, los campesinos tenían que renacer de sus propias cenizas.

Pero no estaban solos. En un país de contrastes como es Colombia, se unieron varios factores para ayudarles a los campesinos a volver a empezar. Así, una de las instituciones más sólidas del país, inició un programa cuyo objetivo era facilitar el retorno de los campesinos desplazados a sus tierras, y contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de muchas familias a través de la reactivación de la actividad agrícola. Los rostros de los campesinos al contar su desgarradora experiencia de por qué tuvieron que abandonar sus tierras, cambian completamente cuando hoy narran lo que han construido, los logros que han alcanzado. Es admirable ver con qué dedicación han vuelto a levantar sus cultivos. Los paisajes desoladores de hace unos años han dado paso a un paisaje exuberante, lleno de colorido y abundancia. Los ojos de los niños hoy brillan con la inocencia propia de la niñez; sus risas y juegos resuenan en las montañas de la sierra; el llamado de sus madres se levanta como un grito de orgullo que dice que esas son sus tierras.

Colombia es un país de contrastes increíbles. Al oír las voces de juglares que a través del vallenato recitan la historia de sus pueblos y veredas, uno se da cuenta de que a pesar de la violencia, a pesar de la pobreza y la falta de oportunidades, hay en el país gente maravillosa, siempre dispuesta a luchar por un mejor futuro, y siempre guiados por el ánimo de que hay que vivir la vida con optimismo y esperanza.

Música en la sangre

La República Dominicana es un país maravilloso. De paisajes exuberantes y de gente cálida y alegre. El buen humor y la hospitalidad de los dominicanos reciben a sus visitantes desde la llegada al aeropuerto Internacional de las Américas, en Santo Domingo.  Allí comienzan los piropos a las mujeres, una de las constantes de los hombres dominicanos, quienes gozan de una gran creatividad, a la hora de referirse a la belleza de una mujer. Es parte de la cultura, aunque no se limita solamente al género masculino. Tan es así que en algunos barrios se han llevado a cabo concursos de piropos, en los que han sobresalido poetas escondidos, entre hombres y mujeres que regalan frases de amor a sus enamorados. Solo en este país, me he encontrado con algo igual.

República Dominicana: país de bachata y merengue. La música y el ritmo los llevan en la sangre, y se les nota al andar, al hablar, al reír. Su alegría es contagiosa. En cualquier contexto, en cualquier condición, siempre se verá a la gente sonreír.

El dominicano parece no tener prisa. Yo que vivo corriendo de un lado para otro tengo mucho que aprender de ellos. Se toman la vida con calma. Y a pesar del trabajo, de los problemas y vicisitudes de la vida, le sacan tiempo a todo. En un contexto de trabajo esta actitud puede llegar a impacientar un poco, por decir lo menos; la impuntualidad es la orden del día. No importa quién sea el que está esperando. Saben que igual la reunión o la cita se va a dar, entonces, ¿para qué preocuparse?

Nadie como los dominicanos para inventar palabras. Comprendo que todos los países tienen su jerga. Pero hay que ver la inventiva que tienen los dominicanos! Hablando el mismo idioma, en muchas oportunidades he tenido que pedir explicación. Yo pregunto: “¿vamos?”, y me responden: “casimente”.

Cada vez que he pisado tierra dominicana he salido de allí satisfecha: no solo por el trabajo realizado, sino por esos elementos de la idiosincrasia dominicana que hacen que el visitante siempre se sienta acogido y feliz!

Recicladores de La Soledad

Llegue a la Soledad, un municipio del departamento del Atlántico, cerca de Barranquilla, Colombia, un día soleado y caluroso de abril.  Iba a hacer unas entrevistas en profundidad a unos recicladores del municipio, quienes desde hacía unos meses se habían afiliado a una cooperativa que les estaba ayudando a organizarse. Conocí gente desde los 18 a los 71 años de edad, entre hombres y mujeres con historias de vida distintas, pero con circunstancias similares. Todos ellos han crecido sumidos en la pobreza,  han vivido marginados, en una comunidad donde el Estado no llega.

La actividad de reciclaje –de vidrio, papeles, cartón y latas- les ha dado la opción de cubrir sus necesidades básicas de alimentación, pero pocos gozan de una educación formal, y en sus viviendas difícilmente tienen electricidad, agua y alcantarillado. Pero quizás lo peor es la estigmatización social en la que ha tenido que vivir, víctimas de “limpiezas sociales”, o de la violencia del campo que los ha obligado a migrar a la ciudad. Siempre perseguidos, lo han dejado todo para rehacer sus vidas. Pero nunca han perdido la esperanza. Y durante las varias entrevistas que sostuve, todos ellos se mostraron animados,  con ganas de trabajar, con ilusión de vivir, a pesar de todo.

Gilberto tiene 71 años, el pelo blanco, unos ojos azules de mirada diáfana y su rostro esta surcado de arrugas. Ha trabajado toda su vida como reciclador. No ha sido una vida fácil, y le ha tocado luchar y superar el estigma social que rechaza el trabajo del reciclador, que lo mira con desdén y desconfianza. Sin embargo, desde que está bajo la cooperativa, y con el patrocinio de una empresa reconocida que le apostó a esta comunidad, sus condiciones han mejorado sustancialmente. Recibió capacitación, y eso lo ha hecho sentirse seguro de sí mismo. “Nunca es tarde para aprender”, dice, “para mejorar”. Le dieron un uniforme, lo que ha contribuido a que la gente ya no los mire mal cuando van por la calle. Ahora los reconocen. “Antes éramos esclavos invisibles. Desde que tenemos uniformes ya somos alguien”, dice Gilberto, y a mí se me llenan los ojos de lágrimas.

Yo vengo a recoger información. A oír los testimonios de varios recicladores para saber cuáles son sus necesidades, y de qué manera la empresa que me contrató para hacer esta labor, y que los está apoyando, ha hecho diferencia en sus vidas. Al escuchar tantos tesimonios de personas humildes, trabajadoras y con esperanza, pienso que tiene razon Pablo Neruda cuando decia “nunca se aprende bastante de la humildad”.