El historiador de la calle

Hay personas que nacen con don de gentes, como Carlos Julio. Conversador, amigable y lleno de anécdotas para contar, el historiador de la calle, como a él le gusta que lo llamen, es un hombre que no conoce la timidez. Tiene 59 años, una sonrisa desdentada, y desde hace más de 15 años es una de las guías históricas del centro de Bogotá.  Está en una silla de ruedas porque sufre de reumatismo y le cuesta trabajo caminar. Llega a la Plaza de Bolívar todos los días a las 8 de la mañana y ofrece sus servicios a los turistas y estudiantes de colegios locales que van a conocer y aprender más sobre la historia de la capital.

Es un ávido lector, aprendió la historia de Colombia leyendo todas las obras completas de José Enrique Rodó, un escritor uruguayo que escribió sobre la conquista española; también aprendió oyendo las crónicas de los políticos que trabajan en la zona y se detienen a conversar con él, y leyendo los periódicos que la gente deja encima de las mesas de las panaderías cercanas. Escucho la crónica de Carlos Julio con interés, habla con pasión sobre la independencia de Colombia, el asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, la toma del Palacio de Justicia; pero lo interrumpo y le digo que prefiero que me cuente sobre su vida.

Tenía 13 años cuando se fue de su casa. Estudió en la escuela hasta séptimo grado. Vivió en la calle y se volvió adicto a las drogas. “Vivir en la calle es duro, —me dice—, es un círculo del que es difícil salir. Yo era invisible porque vivía aislado, no robaba ni le hacía daño a nadie.  Me ganaba el pan diario reciclando material”. Cuando tenía 20 años decidió irse de Bogotá y llegó a San José del Guaviare, donde trabajó en una plantación de coca recogiendo las hojas que se transformarían después en cocaína. Estuvo tres años, cuando aún el negocio de la droga no era tan perseguido ni generaba tanta violencia. Vivía feliz en medio de la selva, rodeado de naturaleza. Metía cocaína y también “hacía viajes”, como me explica, con hongos alucinógenos.

Regresó a Bogotá y vivió de nuevo en la calle: primero en el Cartucho, luego en el Bronx, submundos de la capital colombiana donde la criminalidad y el terror eran el orden del día. Se dedicaba al reciclaje de papeles y botellas, como muchos de los habitantes de estas zonas. Sobrevivía al ambiente de miedo y zozobra permanente que se respiraba consumiendo bazuko y marihuana. Un día un grupo de hombres que estaban haciendo “limpieza social”, según sus palabras, le dieron una paliza tan fuerte que lo dejó sin dientes.  Ese episodio fue una voz de alarma para él; decidió irse de allí, trabajar más en el reciclaje para poder pagar una pieza, y dejó de consumir drogas.

Se dedicó a leer y a estudiar. Uno de los funcionarios públicos que trabaja en el centro de la ciudad lo vio leyendo a Nietzsche un día y le preguntó qué le gustaba leer. A partir de entonces le fue llevando libros que Carlos Julio devoraba con rapidez. Leía sobre todo historia y filosofía. Empezó a trabajar como guía histórico y se dio cuenta que la gente lo escuchaba con interés. Hoy en día se dedica de lleno a eso, sigue leyendo mucho, y las donaciones que recibe le alcanzan para pagar una habitación y alimentarse diariamente. “La gente es muy amable. Los extranjeros se interesan mucho. Les hablo también de temas de actualidad”, dice.ç

Vivir en la calle y darse cuenta las penurias por las que pasa mucha gente le ayudó a tener una conciencia más humana. Se ha vuelto más espiritual, dice que las cosas materiales no le interesan. Le importa el saber y estar en paz consigo mismo y con Dios. “Yo le pido a Dios que me ayude a aportarle algo a la sociedad. Conversar con la gente, animar a los jóvenes a que lean y estudien, y cuidar la naturaleza son cosas que hago y me generan bienestar. Lo que uno lanza al universo, se le devuelve, es cuestión de energía, por eso hay que tener buenos pensamientos y buenas actitudes”, explica Carlos Julio.

Tuve el privilegio de conversar con el historiador de la calle unos 45 minutos, rodeados de palomas que por momentos interrumpían nuestra charla con su aleteo. Hablamos también de política, del futuro del país y de la humanidad. Un personaje fascinante que hace parte del patrimonio cultural de Bogotá, y que contribuye a la construcción de la memoria histórica de la ciudad.

¡No dejen de saludarlo cuando pasen por la Plaza de Bolívar!

 

Bogotá, en 100 palabras

Llueve intensamente y el cielo gris parece acercarse cada vez más a la tierra. Camino mirando hacia el suelo, con prisa para huir de las posibles manos que me puedan arrebatar la mochila que llevo colgada en mi hombro. Me detengo para cruzar la calle, los carros pitan y se me echan encima. Mis botas de gamuza clara han cambiado de color con el agua. La lluvia se acrecienta y decido parar un taxi. Todos pasan llenos. Sigo caminando, alzo mi mirada y pienso que no importa la lluvia ni el frío. Ya me calentará el abrazo de mi madre.