Palenqueras

María se levanta a las 6 de la mañana todos los días. Vestirse le toma más tiempo que al resto de las mujeres, porque su vestimenta es parte de su trabajo, así que tiene que arreglarse con esmero.  Su piel morena contrasta con unos ojos azules que parecen esconder quimeras que dejó en su tierra, San Basilio de Palenque.

María es una de las tantas palenqueras que hacen parte del paisaje de Cartagena de Indias. Día tras día se levanta y se viste con su mejor vestido para vender fruta y posar para los miles de turistas que visitan la ciudad. Camina erguida, lleva un vestido colorido de falda ancha y luce un turbante naranja que le ayuda a mitigar el peso que siente al cargar la bandeja de frutas en su cabeza. Heredó la tradición de usar las amplias polleras de colores de su madre y su abuela.
Aprendió cuando era niña a llevar en su cabeza el cántaro de agua que recogía del rio cercano a su casa. Desde entonces carga con altivez la bandeja de frutas que tanto llama la atención de los turistas. De chiquita ayudaba a su mamá a vender la yuca y el plátano que su papá cultivaba. Las funciones estaban muy bien definidas entre los hombres y las mujeres, cuenta María. Ellos cultivaban la tierra y las mujeres eran las encargadas de ir a vender el producto. Por eso hoy vende frutas, y ofrece también una imagen hermosa de Cartagena a los turistas que le dan unos pesos a cambio de tomarse una foto con sus frutas en la cabeza.

Pero son muy pocos los que se detienen hablar con ella y le preguntan de dónde viene. Yo se lo pregunto, y le explico que quiero compartir su historia para que la gente sepa qué hay detrás de esos lindos vestidos.

A María se le prenden sus ojos azules cuando habla de Palenque, su pueblo. Dice que lo mejor de su cultura es la música.  Una combinación de tambores de todo tipo que le encienden el alma y los sentidos, y que baila y canta con pasión, repitiendo una letra africana que no entiende pero que igual la hace vibrar.

En Palenque la gente habla en su propia lengua, una mezcla de español, inglés, francés y portugués. Es la lengua que inventaron los esclavos al llegar a América. María trata infructuosamente de que yo entienda algunas largas frases. Capto algunas palabras, pero al final me pierdo.

Le pido que me cuente más de Palenque, y María me habla con orgullo de Benkos Biohó, el gran defensor de los derechos de los esclavos en el siglo XVII, y a quien se considera como el fundador de Palenque de San Basilio. Benkos, a quien el escritor Manuel Zapata Olivella rindió homenaje en su novela “Changó, el gran putas”, es una leyenda de la historia de Colombia y la lucha por la independencia.

Me despido obligada de María pues mucha gente quiere tomarse fotos con ella.  Le doy las gracias por la charla, por contarme de su vida y de su pueblo, y la invito para que aproveche su rol de embajadora de San Basilio de Palenque para que la gente se entere de lo que hay detrás de su colorido vestido.

Detrás de la muralla: la exclusión social en Cartagena

La ciudad amurallada brilla en una noche de luna llena. Restaurantes y bares están abiertos hasta tarde, en espera de comensales de todas partes del mundo que entran por sus puertas engalanados después de un día de turismo intenso. No muy lejos de allí, cientos de familias que han construido sus viviendas en barrios de invasión, difícilmente consiguen alimentar a sus hijos.

Cartagena es conocida por el turismo, por la imponente pared de piedra de la ciudad amurallada, sus paredes coloridas y sus hermosos balcones. Pero hay una realidad más allá de la muralla que muchos de los visitantes de Cartagena desconocen.

La acelerada urbanización de Cartagena en las últimas décadas, resultado en gran medida del desplazamiento de personas que han huido de sus lugares de origen escapando de la violencia, constituye un enorme desafío para los gobiernos de turno. Las familias desplazadas se han asentado en barrios de invasión, ampliando los cinturones de miseria a los que ni los recursos, ni la voluntad del gobierno local llega. Viven hacinados en pequeñas viviendas que ellos mismos construyen a base de ladrillo y latas, sin acceso a los servicios públicos básicos. El 29.1% de la población en Cartagena se encuentra por debajo de la línea de pobreza, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE.

El turismo y la actividad portuaria generan ingresos importantes para la ciudad. De hecho, Cartagena es una de las ciudades que más aportan a la economía nacional. Sin embargo, los barrios más vulnerables se quedan al margen de ese boom, aumentando la exclusión social y el índice de pobreza.

¿Cómo entender que a pesar del auge del turismo en Cartagena se registren niveles de pobreza tan elevados? Los malos manejos administrativos, y especialmente la corrupción, han sido factores determinantes que han impedido avanzar en la disminución de la pobreza. Actualmente el gobierno atraviesa por una crisis institucional que concluyó con la suspensión de funciones del alcalde.

Lo que el gobierno no ha encarado, lo han logrado organizaciones sin ánimo de lucro independientes, que conscientes de que la situación no da espera, han desarrollado iniciativas de alto impacto para el desarrollo local. El caso más representativo es el de la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar, la Juanfe, como es conocida en Cartagena.

Bajo el liderazgo de Catalina Escobar, esta fundación tiene el doble propósito de reducir las tasas de mortalidad infantil y de embarazo adolescente, situaciones que resultan de la pobreza extrema. Con una construcción de 13,000 metros cuadrados, desde el edificio el concepto es de sostenibilidad (El complejo tiene la certificación LEED, categoría plata del US Green Building Council). Respeto al ecosistema y desarrollo sostenible son aspectos transversales en las diferentes áreas de operación.

Con el apoyo del sector empresarial, anualmente la Juanfe (con un equipo de 100 personas), atiende a 850 madres adolescentes que viven por debajo del índice de pobreza y que por ser madres desde tan temprana edad -12 años-, no logran salir de ese círculo, porque para dedicarse a sus bebés dejan de estudiar. La Juanfe busca romper esos patrones, y ofrece a las jóvenes (entre 12 y 19 años), capacitación en las áreas de belleza, servicios de turismo y cocina, oficios que son demandados en la ciudad y que les permite conseguir empleo fácilmente, con la ayuda de la propia fundación.  La capacitación que reciben es integral, con servicios de psicología, ginecología, nutrición, entre otros. Adicionalmente atiende a 23,000 pacientes en el Centro Médico, ofrece alimentación a 600 personas diariamente, asiste a 250 bebés en el Centro Integral de Desarrollo Infantil, y salva a 320 bebés cada año. La Juanfe ha incidido en 185,000 personas, en una ciudad de 1 millón de habitantes.

El empoderamiento de las madres adolescentes resulta en una transformación que les permite tener una perspectiva más amplia de su vida, no caer en otro embarazo no deseado y valorarse como mujeres capaces de salir adelante a través del estudio y el trabajo.

Esfuerzos como el de la Juanfe son aportes que han generado un impacto significativo en el desarrollo de Cartagena. Sin embargo, es urgente que se dé un fortalecimiento institucional en el sector administrativo de la ciudad, y que los gobiernos orienten sus planes de desarrollo a la meta de cerrar la brecha de desigualdad que impera en la actualidad. Igualmente, la industria del turismo debe promover una mayor conciencia de la situación, satisfaciendo las expectativas de los miles de turistas que llegan y se deslumbran con la belleza de la ciudad, pero siendo conscientes de su responsabilidad en la creación de oportunidades para próximas generaciones.

Publicado en El Nuevo Herald, agosto 18, 2017. 

La Carreta Literaria

Quienes conocen Cartagena coincidirán en que es una ciudad hermosa, mágica y seductora. Fácil reconocer la riqueza de su prodigiosa arquitectura; sus balcones adornados con flores; sus portales antiguos y sus paredes de colores. Pero cuando recorremos sus estrechas calles con una mirada más profunda, podemos reconocer esa parte intangible de la riqueza de la ciudad que encontramos en las historias de la gente.  Historias como la de Martin Murillo, creador y director de la Carreta Literaria.

En uno de mis recorridos por la ciudad amurallada me encontré un día con una carreta de madera repleta de libros cuyo dueño, un señor de sombrero y sonrisa amplia, empujaba pregonando los beneficios de la lectura . La gente se acercaba a saludarlo, como se saluda a esos personajes de barrio que nos son familiares. La policía de la ciudad, sin embargo, le pedía que no “molestara” a la gente y que se fuera de allí.

Cada vez que yo regresaba a Cartagena buscaba a la Carreta Literaria, en el Parque Bolívar, frente a la librería Abaco, en la plaza de la Aduana.  En muchas ocasiones tuve la suerte de encontrarla, pero su dueño siempre estaba rodeado de gente. Hasta que un tiempo después pude conversar con él y me contó su historia.

Martín Murillo pasó de vender botellas de agua por las calles de Cartagena, a prestar libros y promover la lectura en los barrios y escuelas de la ciudad.  Todo empezó cuando alguien que conocía su gusto por los libros le regaló algunos. Martín fue coleccionando libros que devoraba con entusiasmo, hasta que un día decidió compartir esa pasión con los demás y quiso crear una especie de “biblioteca” ambulante.  Tuvo la oportunidad de contarle de su proyecto a Raimundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza en Colombia y toda una institución en Cartagena, quien se interesó y lo apoyó. Así construyó su primera carreta, en la que carga a diario alrededor de 200 libros.

Martin parte  de la confianza cuando presta sus libros. No pide nada a cambio, más que la buena fe de la persona para que los devuelva y otros puedan gozar de la lectura. También es un gran narrador de historias y hace recomendaciones de sus libros favoritos. Va empujando su carreta de barrio en barrio y de municipio en municipio. Su proyecto personal se le convirtió en una Fundación sin ánimo de lucro que varias empresas colombianas patrocinan.  Hoy en día Martín recibe invitaciones de las escuelas, e incluso ha sido invitado a varias ferias internacionales del libro en distintas ciudades.  Al morir Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes le donó a Martín más de 300 libros que ahora recorren las calles en la carreta de Martín.

Para mí, la historia de Martín y su Carreta Literaria, es un ejemplo de la persistencia de una persona que logró seguir su sueño y servir a su comunidad haciendo lo que más le gusta. Y es también un ejemplo de esa Cartagena maravillosa e intangible que a veces no vemos.