Ya nadie juega fútbol conmigo

Hoy se fue mi amo de la casa. Así, sin más, sin yo haberme imaginado lo que sería la casa sin él. Se fue para la universidad, me explicó ella. Percibí que se iba de viaje por todo el movimiento que vi el día anterior: sacaron toda la ropa del clóset y la empacaron en dos maletas enormes. Hasta el balón de fútbol se lo llevó. La noche antes del viaje dormí en su cama, como muchas noches lo hacía, el es el único que me dejaba subirme a la cama. Pero a veces me echaba a la mitad de la noche, y esta vez, no me echó. Me abrazó toda la noche con fuerza, y aunque yo me estaba muriendo del calor, me quedé quieto porque sentí que él me necesitaba.

Al día siguiente se fue. Me dio un abrazo largo y apretado que casi me deja sin respiración y cerró la puerta. La casa se sintió silenciosa, y ella se puso a llorar. Yo estaba igual de triste, pero me acerqué a consolarla, pobre. Ya habíamos pasado por eso cuando se fue la niña: fue igual. Ella duró llorando como una semana hasta que le dijo al esposo que no podía seguir sintiendo lástima por sí misma, —eso dijo—, y entonces se limpió las lágrimas y salió a correr. Siempre sale a correr cuando está triste.

Los días han pasado y la casa ahora está más ordenada y silenciosa. El timbre ya casi no suena porque los amigos de los niños también se fueron. Nadie se mete a la piscina y nadie ha vuelto a jugar fútbol en el jardín, mucho menos en la mitad de la sala, como antes, que era tan divertido. Yo me encuentro la pelota de fútbol chiquita, la del Barça, en un rincón de su cuarto, y me acerco a olerla, pero ya nadie juega conmigo.

A ella los hijos le hacen mucha falta, aunque siempre está ocupada trabajando y haciendo planes con su esposo y con sus amigas. Los niños llaman todos los días, y a pesar de que oigo sus voces no puedo olerlos ni tocarlos, y ellos tampoco me pueden hacer cosquillas pues los brazos no atraviesan la pantalla del teléfono que ella me acerca para que yo los vea.
A la hora de la cena ya no hay cuatro puestos en la mesa sino dos. Ya no veo tanta ropa secándose en el tendedero, y cuando ella llega con el mercado tiene menos bolsas que antes.  Ya no vamos a partidos de fútbol, ni a carreras de atletismo. Mis días han cambiado y he tenido que ajustarme a la nueva circunstancia de que los niños ya no están. Como ha tenido que ajustarse ella. La veo todo el día haciendo mil cosas, escribiendo, leyendo, entrando y saliendo. Lo bueno es que vive pendiente de mí. Si antes me quería ahora creo que más. Me pone más atención, me saca a pasear varias veces al día, me trae del mercado huesos. Lo único que no hace es dormir conmigo. Ni jugar fútbol.

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