El anillo de la playa roja

Habíamos llegado a la playa hacía unos minutos. Bajamos por el acantilado al filo de la montaña, contemplando el azul intenso del mar. La última vez que había estado en este lugar no había gente. Hoy se veían muchos turistas que llegaban en veleros a visitar ese rincón único de Santorini donde la arena es roja como si acabara de salir del centro de la tierra.

Extendí mi toalla al lado de la de mi esposa; ella empezaba a embadurnarse el cuerpo con crema para protegerse del sol que a esa hora del día arreciaba. Me senté mirando hacia el mar, observando la gente que se metía en las aguas frías del Egeo. Había muchas olas y pude ver cómo a algunas personas las tumbaba cuando trataban de salir del agua. Se levantaban y caían una y otra vez, como en una escena cómica de dibujos animados.

En esas estaba cuando vi una mujer llorando en la orilla. La había visto llegar con su esposo y sus hijos. Me llamó la atención su alegría, saltaba en el agua como si fuera una niña. Se había metido con cautela primero, acostumbrando sus pies y sus piernas, lentamente, apreciando el agua fresca en su cuerpo, respirando el aire y las bondades de esa tierra roja y ese mar lleno de energía que la invitaban a disfrutarlo. Vi cómo su hijo le pasaba por el lado corriendo y zambulléndose le había dicho: ¡métete de una vez!  Ella finalmente había hundido su cabeza en el agua  y después de un rato, cuando ya se prestaba a salir, las olas la tumbaron, perdió el control y cuando logró ponerse de pie se dio cuenta de que se le había caído el anillo que llevaba en el dedo índice de la mano izquierda.

Salió como pudo y empezó a llorar desconsoladamente. Oí que hablaba de su madre, de cómo desde hacía un año que ella había muerto no se quitaba ese anillo. En solo pocos minutos oí que le decía a su esposo y sus hijos que ese anillo lo había llevado su madre durante 59 años de matrimonio. No podía perderse. No podía quedar allí en el fondo del mar. “Este es el mejor lugar donde puede quedar el anillo de la abuela, en este lugar tan hermoso”, le dijo la hija tratando de consolarla.

El esposo y el hijo entraron al mar tratando de identificar el lugar exacto donde la mujer había estado. El hijo se hundió buscando en el fondo pedregoso de tierra roja.  Me conmovió la escena y la dedicación del chico.  Yo había llevado mi careta y hacía un rato me había metido y había visto un fondo lleno de piedras volcánicas; sabía que encontrar lo que buscaban en ese terreno era una misión imposible; sin embargo, me acerqué  y le ofrecí mi careta. Así sería más fácil para él bucear. Buscaba con determinación, mientras que la hija seguía abrazada de la madre, que para ese momento seguía llorando quizás más por la pérdida de su madre que por el anillo.

Pasaron 15 o 20 minutos y el chico no se daba por vencido. Las olas seguían azotando la orilla. Me pareció que la mujer ya empezaba a asumir el hecho cuando el chico surgió del agua y levantando su mano gritó: ¡lo encontré! La mujer no lo podía creer. Yo tampoco, la verdad. Se abrazaron y oí que el chico le decía a su madre: “la abuela me guio; ella me mostró dónde estaba el anillo”.

Me acerqué y la mujer me dio las gracias por la careta. Vi en sus ojos un brillo especial. Es ese brillo que resulta de la magia que tienen algunas personas de conectarse con sus seres queridos sin importar dónde estén. Hoy, me había tocado a mi presenciar ese milagro en la playa roja de Santorini.