El historiador de la calle

Hay personas que nacen con don de gentes, como Carlos Julio. Conversador, amigable y lleno de anécdotas para contar, el historiador de la calle, como a él le gusta que lo llamen, es un hombre que no conoce la timidez. Tiene 59 años, una sonrisa desdentada, y desde hace más de 15 años es una de las guías históricas del centro de Bogotá.  Está en una silla de ruedas porque sufre de reumatismo y le cuesta trabajo caminar. Llega a la Plaza de Bolívar todos los días a las 8 de la mañana y ofrece sus servicios a los turistas y estudiantes de colegios locales que van a conocer y aprender más sobre la historia de la capital.

Es un ávido lector, aprendió la historia de Colombia leyendo todas las obras completas de José Enrique Rodó, un escritor uruguayo que escribió sobre la conquista española; también aprendió oyendo las crónicas de los políticos que trabajan en la zona y se detienen a conversar con él, y leyendo los periódicos que la gente deja encima de las mesas de las panaderías cercanas. Escucho la crónica de Carlos Julio con interés, habla con pasión sobre la independencia de Colombia, el asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, la toma del Palacio de Justicia; pero lo interrumpo y le digo que prefiero que me cuente sobre su vida.

Tenía 13 años cuando se fue de su casa. Estudió en la escuela hasta séptimo grado. Vivió en la calle y se volvió adicto a las drogas. “Vivir en la calle es duro, —me dice—, es un círculo del que es difícil salir. Yo era invisible porque vivía aislado, no robaba ni le hacía daño a nadie.  Me ganaba el pan diario reciclando material”. Cuando tenía 20 años decidió irse de Bogotá y llegó a San José del Guaviare, donde trabajó en una plantación de coca recogiendo las hojas que se transformarían después en cocaína. Estuvo tres años, cuando aún el negocio de la droga no era tan perseguido ni generaba tanta violencia. Vivía feliz en medio de la selva, rodeado de naturaleza. Metía cocaína y también “hacía viajes”, como me explica, con hongos alucinógenos.

Regresó a Bogotá y vivió de nuevo en la calle: primero en el Cartucho, luego en el Bronx, submundos de la capital colombiana donde la criminalidad y el terror eran el orden del día. Se dedicaba al reciclaje de papeles y botellas, como muchos de los habitantes de estas zonas. Sobrevivía al ambiente de miedo y zozobra permanente que se respiraba consumiendo bazuko y marihuana. Un día un grupo de hombres que estaban haciendo “limpieza social”, según sus palabras, le dieron una paliza tan fuerte que lo dejó sin dientes.  Ese episodio fue una voz de alarma para él; decidió irse de allí, trabajar más en el reciclaje para poder pagar una pieza, y dejó de consumir drogas.

Se dedicó a leer y a estudiar. Uno de los funcionarios públicos que trabaja en el centro de la ciudad lo vio leyendo a Nietzsche un día y le preguntó qué le gustaba leer. A partir de entonces le fue llevando libros que Carlos Julio devoraba con rapidez. Leía sobre todo historia y filosofía. Empezó a trabajar como guía histórico y se dio cuenta que la gente lo escuchaba con interés. Hoy en día se dedica de lleno a eso, sigue leyendo mucho, y las donaciones que recibe le alcanzan para pagar una habitación y alimentarse diariamente. “La gente es muy amable. Los extranjeros se interesan mucho. Les hablo también de temas de actualidad”, dice.ç

Vivir en la calle y darse cuenta las penurias por las que pasa mucha gente le ayudó a tener una conciencia más humana. Se ha vuelto más espiritual, dice que las cosas materiales no le interesan. Le importa el saber y estar en paz consigo mismo y con Dios. “Yo le pido a Dios que me ayude a aportarle algo a la sociedad. Conversar con la gente, animar a los jóvenes a que lean y estudien, y cuidar la naturaleza son cosas que hago y me generan bienestar. Lo que uno lanza al universo, se le devuelve, es cuestión de energía, por eso hay que tener buenos pensamientos y buenas actitudes”, explica Carlos Julio.

Tuve el privilegio de conversar con el historiador de la calle unos 45 minutos, rodeados de palomas que por momentos interrumpían nuestra charla con su aleteo. Hablamos también de política, del futuro del país y de la humanidad. Un personaje fascinante que hace parte del patrimonio cultural de Bogotá, y que contribuye a la construcción de la memoria histórica de la ciudad.

¡No dejen de saludarlo cuando pasen por la Plaza de Bolívar!

 

Singapur, de pueblo pesquero a país del primer mundo

Cuando visito una ciudad, o un nuevo lugar, trato de adentrarme en su alma lo más que pueda, caminando por las calles, hablando con la gente, “viviendo” el lugar más allá de recorrer los lugares señalados en las guías turísticas. Y eso hice en Singapur en una visita reciente. Había estudiado el caso de este Tigre Asiático cuando estaba en la universidad estudiando relaciones internacionales en los años noventa, y el caso de Singapur servía de modelo de desarrollo para América Latina. Por mucho tiempo le seguí el rastro: me lo encontré en las listas de países con más alto ingreso per cápita, con mejores índices de educación, seguridad, y con los índices más bajos de corrupción. Pero solo hasta ahora pude visitarlo, recorrerlo, sentirlo.

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En agosto de 2015 Singapur celebró sus 50 años de independencia.  Hoy en día es uno de los puertos comerciales más importantes del mundo, uno de los países más ricos, y uno de los menos corruptos de acuerdo a Transparencia Internacional. Los servicios de transporte, salud, educación y vivienda son altamente eficientes. En las calles llama la atención el orden, la limpieza, el espacio público, y la sensación de seguridad. Singapur pasó de ser un país subdesarrollado, un pueblo pesquero de Malasia, a ser un país del primer mundo, en una sola generación.

Lo que hizo bien el gobierno, liderado por Lee Kuan Ywe, −que gobernó desde 1965 hasta 1990−, fue invertir en infraestructura y educación, movilizar a una clase trabajadora y fomentar una clase media cada vez más educada y disciplinada hacia los objetivos de desarrollo económico del país.

Los éxitos económicos estuvieron acompañados de leyes restrictivas a las libertades individuales, de leyes draconianas y castigos fuertes para quienes las infringieran.  Pero en ningún momento la gente se sublevó para que hubiera una mayor liberalización por parte de gobierno. Al contrario: las clases medias fueron las que apoyaron el autoritarismo porque eran las más beneficiadas. Había tanta dependencia del Estado que no tuvieron la autonomía para impulsar una mayor democratización (El Partido de Acción Popular, de centro-derecha, ha estado en el poder durante 52 años).

Después de la independencia de 1965, uno de los retos del gobierno fue la construcción de una nueva identidad de Singapur como nación. En la construcción de un nuevo país primó el pragmatismo por encima de todo, como un principio que guiaría todas las políticas gubernamentales.  Gracias a ese enfoque, Singapur logró sobrevivir como un país joven, estable económica, social y políticamente.

Como parte de la narrativa de construcción de una nueva identidad, el gobierno influyó en la educación de los niños y jóvenes inculcando valores fundamentales que han contribuido a diseñar el nuevo país: disciplina personal, cooperación, respeto al otro, integridad, honor, deber cívico. Una sociedad donde la meritocracia juega un papel sustancial en todas las esferas. La visión del partido después de la independencia fue crear una cultura ciudadana basada en la búsqueda de la excelencia. Le pregunto a la gente cómo se definen, para ver si concuerda con esa narrativa creada por las autoridades, y me responden en términos muy prácticos: se definen como gente muy trabajadora. Los singapurenses valoran la diversidad. Coexisten con varias razas y religiones, gracias en gran medida al modelo de vivienda urbana que les permite convivir en comunidad.

En la mayoría de países los jóvenes suelen ser críticos del establecimiento. En muchos casos son ellos quienes buscan retar al status quo pensando en que siempre hay cosas que se pueden cambiar y se pueden hacer mejor. No en Singapur. Conversando con la gente joven percibo que en general están satisfechos con sus líderes, con la cultura política; creen en las instituciones y confían en ellas. Piensan que al gobierno lo mueve un genuino interés por su pueblo (felices ellos), y aunque sí preferirían tener menos restricciones individuales, aceptan la situación. A la gente le importa la democracia, pero no sufren porque no haya libertad de prensa o libertad de expresión. El éxito para los singapurenses está concebido en términos económicos, aunque la mentalidad está cambiando. Ya la plata no es el único factor.

El arte y la música eran actividades que hasta hace poco estaban relegadas a un segundo plano, pero eso está cambiando. Las nuevas generaciones buscan carreras más alternativas, distinto al caso de la generación de sus padres y abuelos a quienes les tocó vivir periodos difíciles, e impulsaba que sus hijos siguieran carreras que les garantizaría un relativo éxito económico: medicina, abogacía, ingeniería. Las artes, la música, los deportes eran muy poco fomentados. A partir del 2000 el gobierno empezó a ofrecer nuevas opciones a los jóvenes en éstas áreas.

Hay muchas cosas que llaman la atención de los visitantes de esta ciudad/estado. La limpieza, el orden, los parques, la cantidad de árboles sembrados. El desarrollo se nota en los rascacielos, en los modernos diseños arquitectónicos, en el urbanismo, en la conciencia de sostenibilidad ambiental que existe. Los bosques y parques están unidos por 9 kilómetros de puentes colgantes donde la gente puede salir a caminar o correr, y deleitarse con el paisaje verde y los animales.

Llama la atención también los cientos de edificios de vivienda pública (85% de la gente vive bajo ese modelo); son grandes edificios que reúnen a diversas comunidades de distintas nacionalidades y razas, cuyo modelo precisamente ha contribuido a desarrollar la aceptación y la tolerancia de la gente. Estas comunidades cuentan con todo lo que necesitan a 5 km a la redonda: tienen centro de actividades, supermercados, lavanderías, y por supuesto centros de venta de las más deliciosas comidas locales. Los llamados hawker centers, son lugares donde se puede comer económicamente y muy bien. Los estándares de limpieza son muy altos, pues están sujetos a una calificación del gobierno que les da un grado de A, B, C, o D, dependiendo del nivel de higiene, y cada local debe postear esa calificación a la entrada. No vi ni uno solo que no tuviera A o B.  En cuanto a prácticas religiosas,  en una misma cuadra uno puede encontrar un templo budista, una Iglesia metodista, una católica, y un templo hindú.  Ese hecho habla mucho de la diversidad del país y del respeto y la tolerancia en que viven.

Y por supuesto también llama la atención la cantidad de restricciones que hay.  En cada esquina hay un letrero que prohíbe algo: orinar en público, comer durián (la fruta nacional que tiene un olor apestoso y su consumo está prohibido en el metro); cruzar la calle en un lugar no autorizado; botar chicle al piso, o cualquier otro tipo de basura. Quien incurra en estos hechos debe pagar altas multas.  Igualmente son bien conocidas las duras penas para quienes cometen un delito: quienes trafican con droga, por ejemplo, son sometidos a la pena de muerte.
En fin. Un país interesante, modelo para muchos, pero con costos en términos de pluralismo político y libertades individuales. Pero interesante como caso de estabilidad económica, social y ambiental. Un país de arquitectura vibrante, de gente educada y amable, donde confluyen culturas que enriquecen la experiencia de cualquier visitante.

 

Un viaje al corazón de Marruecos (Parte 2)

Una de las cosas que más llama la atención en Marruecos es la arquitectura. Simple y modesta hacia afuera, pero de una riqueza estética extraordinaria por dentro. Desde afuera no se ve quien habita en las casas, ni si son ricos o pobres. Hay mucha uniformidad. Inclusive en los palacios reales la arquitectura hacia afuera es sencilla, con colores homogéneos, muros altos de color ocre o ladrillo y pocas ventanas.  Las puertas de entrada de las casas son pequeñas para obligar a la gente a agacharse para mostrar respeto. Pero se pasa el umbral de la puerta y se abre un mundo donde la sencillez cede a la opulencia, y el diseño es mucho más elaborado. Pisos y techos llenos de colores y detalles, baldosines, mosaicos, maderas talladas, acogedores tapetes de lana y seda de rojos vibrantes, lámparas labradas en bronce.

Las grandes casonas, riads, conservan esa arquitectura, y muchas hoy en día se han convertido en hoteles. Son ciegas hacia afuera, pero al entrar lo primero que se ve es una gran patrio en el centro, lleno de árboles y flores. Las habitaciones tienen ventana hacia el interior, y en su mayoría tienen terrazas en el último piso con vistas panorámicas a los techos de toda la ciudad.
Las medinas, las ciudades antiguas resguardadas por murallas, compuestas por miles de callejones llenas de recovecos en las que solo los locales se orientan, conservan también ese diseño simple característico a lo largo de todo Marruecos.  En las medinas generalmente se encuentran una mezquita, donde la gente se reúne a orar; la madraza, lugar de educación y fuente de sabiduría; una fuente de agua, para saciar la sed; un horno, donde las familias llevan sus alimentos para ser horneados;  y un hammam, lugar para limpiar y purificar el cuerpo.
Las mezquitas son el centro de las ciudades: se ven desde cualquier lugar. Sobresalen siempre y son el punto de encuentro de miles de hombres y mujeres que se reúnen a orar varias veces al día, respondiendo al llamado desde el minarete.  Su entrada no está permitida a los no musulmanes, así que solo pudimos contemplarlas desde afuera.A pesar de tener aspectos en común, cada ciudad es única y conserva una energía diferente.

Fes
Tan pronto como llegamos a Fes, su energía me cautivó. Uno de los pueblos más antiguos del mundo, patrimonio de la Humanidad de la Unesco, y donde el tiempo parece haberse detenido en la edad media. La medina cuenta con aproximadamente 9,500 callejones; es un laberinto lleno de recovecos en el que uno como turista se pierde fácilmente, pero en cada esquina encuentra un tesoro:  libreros, alfareros, artesanos. Pollos vivos, conejos, y hasta cabezas de camellos colgadas a la espera de ser usadas en la preparación de la cena de esa noche.  Las casas de la medina son ciegas desde afuera; no tienen ventanas.  Los estrechos callejones se ven de pronto obstruidos por carretas de burros o bicicletas expertas en evadir a los peatones. Niños corriendo y ancianos sentados en el piso pidiendo limosna. Tapetes de todos los tamaños y colores. Tiendas de vestidos y tronos de novia que con solo mirarlos ya se imagina uno la celebración de la boda. Parece el escenario perfecto de un cuento de las Mil y una Noches.

Fes es conocida como la capital de la sabiduría, y la Universidad de Karaouine, al lado de la mezquita del mismo nombre, es la institución académica más antigua del mundo. De una riqueza impresionante, sus patios y columnas recuerdan a la Alhambra de Granada.
Uno de los puntos más interesantes y pintorescos en Fes es el barrio de curtidores de cueros. El olor que se desprende de los curtidores es tan fuerte que se recomienda llevar una ramita de yerbabuena para olerla mientras se hace el recorrido, ya que además del olor nauseabundo que desprenden las pieles en bruto de los animales, el proceso de curtiembre utiliza cal y excrementos de paloma. Pero una vez manejado el mal olor, poder ser testigo de este oficio ancestral es fascinante. El proceso parece bastante rudimentario: se ven hombres sin camisa metidos entre las tinajas, sacudiendo enormes pieles que después van colgando para que se sequen al sol.

Chefchaouen
Cuando uno llega a este pueblo conocido como la “perla azul” de Marruecos, entiende por qué es una de las principales atracciones turísticas del país.  Sus paredes azules que contrastan con el verde de la montaña lo hacen único. Hay muchas teorías que explican el color azul: hay quienes dicen que ese color espanta las moscas; otros dicen que se escogió ese color para sentirse más cerca del cielo y del mar. Yo me quedo con la segunda teoría, mucho más romántica que la primera.

Una de las cosas que más me impactó de Marruecos, y que en Chefchaouen lo vimos especialmente, son los rituales que tiene la gente a la hora de comer, de servir el té, o de amasar el pan y llevarlo al horno del pueblo. Todo es una ceremonia.

En cada medina que visitamos vimos un horno de leña comunitario donde la gente lleva el pan ya amasado y listo para hornear. En Chefchaouen lo pudimos apreciar muy bien. Cada familia hace una señal a su masa de pan para distinguirla de las demás. En ese horno comunal no se vende pan; la función es exclusivamente hornear el pan y otros alimentos que la gente lleva, generalmente en la mañana y pasan a recogerlos en la tarde. Este parece ser un ritual sagrado: amasar el pan, llevarlo al horno y recogerlo caliente en la tarde para que esté listo a la hora de la cena. El olor de pan recién horneado que se siente a toda hora es parte del encanto.

Además de sus callejones azules y sus miles de tiendas de artesanías, vale la pena acercarse al río y la pequeña cascada donde los locales lavan su ropa y donde hay varios cafés llenos de actividad a todas horas.

A la hora del atardecer recomiendo subir a la vieja mezquita española en la cima de la colina y contemplar la puesta del sol con la vista de Chefchaouen a los pies. ¡Parece una postal!

Marrakech
Marrakech es una ciudad de contrastes, entre la parte más moderna, la villenouvelle, y la ciudad vieja de paredes color ladrillo. La modernidad se refleja desde que uno aterriza en el aeropuerto, -que tiene un diseño impactante-, y las grandes avenidas con palmeras a los lados y cadenas de hoteles y restaurantes en los que se percibe la influencia francesa.

Pero la ciudad vieja es la que tiene el mayor encanto. La plaza Jemma al Fna, el corazón de Marrakech, vive llena de gente, pero su vida empieza sobre todo en las noches, después de que se apaga el sol. Caminando por la plaza uno se encuentra con encantadores de serpientes, monos que bailan al compás de una música destemplada, hombres que ofrecen dentaduras postizas a cambio de unas pocas monedas. Carretas llenas de frutas, de todos los tamaños y colores, dátiles, nueces, dulces.

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Una linda tradición de la plaza son los hombres que cuentan historias. La gente se reúne a su alrededor para escuchar cuentos de sultanes y princesas, piratas y ladrones.  La tradición oral en Marruecos es muy apreciada y parte esencial de su historia. Los valores y el conocimiento del islam se van pasando de generación en generación como parte de las historias y leyendas de los cuenteros.  (para quien le interese leer algunas historias recomiendo: The Last Storytellers, Richard Hamilton, 2013)

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Al costado norte de la plaza se extienden los zocos, cientos de estrechos callejones llenos de vida donde se puede encontrar lo inimaginable: desde hierbas y pócimas para todo tipo de males, lámparas, vasijas de cerámica, zapatos, pantuflas, vestidos, tortugas, dátiles, nueces, melones verdes gigantes que parecen sacados de un cuento; y especies. Muchas especies de todos los aromas, desplegadas en pirámides que parecen más bien esculturas de arenas de mil colores. Estas están en la Place Des Epices, mi lugar favoritodentro de los zocos.

Hay muchos lugares de imprescindible visita en Marrakech: la Madrassa de Ben Yousef es hermosa, el Palacio de la Bahía, la Mezquita Koutoubia, y los Jardines de Mallorelle, entre otros.
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Rabat
Las ciudades sobre el mar tienen un encanto especial. En Rabat se respira una brisa fresca proveniente del Océano Atlántico, y se observa una vista maravillosa donde al azul del mar contrasta con el ocre de los edificios. Como en Marrakech, la ciudad también está dividida en una zona moderna, donde se aprecia la influencia francesa, y el casco histórico de la medina. Rabat fue nuestro primer destino, y la entrada a la medina fue impactante por la actividad frenética que había, que de pronto se vio interrumpida por el llamado a orar desde el altavoz de la mezquita. Las tiendas cerraron y la ciudad se apagó, para regresar 20 minutos después al ritmo acelerado en que estaba.  De los lugares que visitamos la Torre de Hassan y el Mausoleo a Mohamed V, fue lo que más me gustó. Igualmente la Kasbah de Oudaias, de paredes azules, donde nos tomamos un delicioso té de menta en el Café Moro con pastelería típica, y con vista al mar, vale la pena.

Essaouira
Pueblo de pescadores en el Océano Atlántico, Essaouira parece un cuadro pintado en colores pasteles. Tiene un ritmo más pausado que el resto de ciudades que visitamos; la medina cuenta con callejones más anchos, así que la actividad se dispersa un poco más, y es mucho más fácil orientarse.  Las paredes y las casas son blancas, lo que hace que se vea como una ciudad iluminada.  Las artesanías son similares a las de Marrakech o Fes, pero de mejores precios.

El puerto tiene un encanto enorme, con las barcas azules y los pescadores que al atardecer llegan con sus atarrayas, y el canto de las gaviotas que sobrevuelan en busca de pescado. Las playas son amplias, de arena blanca y se ve gente montando a caballo. El plan en esta ciudad es mucho más relajado y más contemplativo. Y queda a solo un par de horas en auto de Marrakech, así que vale la pena ir.

De Marruecos uno sale  con el corazón lleno, pensando en cuándo va a poder regresar.

Un viaje al corazón de Marruecos (Parte 1)

Marruecos seduce, enamora, atrapa. Seduce la diversidad de su geografía, la gente, la cultura, la abundancia infinita de la naturaleza, la gastronomía.  Seducen los ritos ceremoniosos a la hora de comer; los cuenteros en las plazas narrando historias y leyendas; la arquitectura modesta y sencilla hacia afuera y los diseños opulentos de los espacios adentro. Marruecos es un país donde cualquier fantasía parece posible.

Un viaje en automóvil desde el norte al sur del país nos ofrece la oportunidad de contemplar los más variados paisajes. Las montañas de los Atlas son impactantes, con sus altos picos terracotas y pequeños pueblos del mismo color que parecen colgados en la ladera de la montaña. Sus estrechas carreteras y profundos barrancos que quitan el aliento, y valles que aparecen de la nada como un oasis verde, llenos de árboles florecidos y quebradas cristalinas.


 
En los Atlas encontramos los pueblos beréberes, -la étnia más autóctona y milenaria del Norte de África-, con sus tradicionales casas de adobe, rodeados de cultivos de frutas o legumbres y rebaños de ovejas y cabras que son parte indispensable del paisaje. Se les ve trabajar todo el tiempo, a hombres y mujeres por igual, ajenos a los turistas y a la vida más allá de sus aldeas.
Parar en uno de estos pueblos y tener la suerte de que sea un día de mercado es un privilegio. A donde quiera que yo viajo siempre estoy en búsqueda de los mercados locales. Creo que es allí donde confluye la cultura de un pueblo en su expresión más auténtica. Ese día las familias llevan sus cosechas en burros que jamás se imaginaría uno son capaces de cargar con tanto peso y volumen; la abundancia, colorido y variedad de productos no lo había visto nunca en ningún otro lugar: sandías y melones enormes, duraznos, albaricoques, naranjas, -muchas naranjas-, hierbas, nueces, frutos secos. Se ven hombres y mujeres de todas las edades, y niños y niñas que ayudan a sus padres pero que aprovechan también para corretear por entre las tiendas.

Siguiendo la travesía por los Atlas (más al sur, en las Altas Atlas), cerca de Tinghir, nos encontramos con los Georges Du Todra. Un cañón de paredes terracotas escarpadas de más de 300 metros de altura, donde solo se oye el eco del silencio y el paso del viento entre los desfiladeros. El río Dades atraviesa el cañón, aunque sus escasas aguas solo son un recuerdo del caudal que algún día fue. Caminar a lo largo del río, entre las piedras, y elevar la mirada hacia las inmensas paredes que se levantan imponentes, es emocionante. Nos acordamos de lo pequeños que somos ante esa inmensidad de la naturaleza.

Nos vamos adentrando más al sur y el paisaje se va tornando cada vez más árido, desértico. A lado y lado de la carretera vemos campamentos de nómadas, comunidades que se mueven de un pueblo a otro, la mayoría de las veces acompañados de cabras, ovejas, o dromedarios, en busca de alimentos. Es su estilo de vida, les gusta estar en constante movimiento, sin ataduras y en espacios tranquilos, lejos de las ciudades. Muchos no reciben ningún tipo de educación, no van a la escuela (Marruecos tiene una tasa de analfabetismo del 30%). Pasan un par de meses en cada lugar y cuando se cansan siguen su camino.
Y llegamos a Merzouga, donde empieza el desierto del Sahara. Llegar al desierto es una sensación única y liberadora, (no solamente por el alivio que implica terminar las 8 horas de recorrido que hicimos desde Fes), sino porque se respira un aire de profunda calma, después de la algarabía de Fes -del que hablaré más adelante-. Esperamos a que fuera cerca de la hora del atardecer y nos fuimos en una caravana de dromedarios al lugar donde sería nuestro campamento esa noche. Durante la hora que duró el trayecto paramos al momento en que el sol se estaba ocultando y subimos caminando a una de las dunas para contemplar el espectáculo de amarillos y naranjas de un cielo encendido que parecía darnos la bienvenida, y que hacía juego con el color mostaza de la arena. Llegamos al campamento justo cuando empezaba a oscurecer. Solo se veían 4 grandes carpas, una de las cuales sería para mis hijos, y otra para mi esposo y yo. Alrededor solo se veían las siluetas de las dunas de arena. Esa noche, alrededor de una fogata, los locales tocaron sus tambores cuyos bajos se mezclaron con los latidos de mi corazón. Contemplar las estrellas y una luna llena que nos alumbraba fue parte de la celebración. Una noche única e inolvidable. A la mañana siguiente madrugamos a las 5 de la mañana para ver el amanecer, desayunamos y los dromedarios nos llevaron al lugar donde habíamos dejado el automóvil para continuar nuestro recorrido.

No he narrado aquí la ruta tal como la hicimos, sino que he escogido los lugares que más me impactaron recorriendo el país. Otro trayecto que disfruté mucho fue de Marrakech a Essaouira. Después de las curvas interminables de los Atlas esta carretera en línea recta hacia el Atlántico fue mucho más descansada y con un paisaje menos árido. Como en Marruecos todo parece ser posible, a mitad del trayecto vimos cabras subidas a los árboles como si fueran pájaros livianos. Las cabras buscan los árboles de argán, cuyos frutos guardan un aceite que además de gustarle a las cabras es muy utilizado en la industria cosmética.
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El recorrido en automóvil nos permitió adentrarnos al corazón de Marruecos; literalmente, hacia el centro del país, y también a su alma, a la esencia de su cultura y de su gente, sobre todo en cada una de las ciudades y pueblos que visitamos y de los que les contaré en una segunda parte de esta historia.
NOTA: La foto destacada en esta entrada es de: www.nicobermudezphotography.com
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Photo credit: www.nicobermudezphotography.com

¡Soltar Amarras!  Un viaje inolvidable por la Costa de Croacia

Nunca he sido amiga de los cruceros. Creo que es un turismo poco auténtico, que me sentiría encerrada, que sufriría al tener que cumplir con horarios al bajarme en cada destino, corriendo porque el barco se va a ir. No me gustan. Cuando mi esposo me invitó a conocer Croacia a vela, lo primero que pensé es que sería una experiencia similar a la de un crucero. Que me daría claustrofobia dentro del velero y que no tendría libertad para conocer cada puerto a mi propio ritmo. ¡Qué equivocada estaba!  Mi esposo es navegante, me conoce bien, y sabía que, a pesar de mi primera reacción, sería una experiencia que gozaríamos mucho los dos. Así que, ¡nos fuimos!

Tomamos un catamarán de 48 pies, con nuestro hijo que es el mejor compañero de viaje, y tres parejas de amigos a cuál más de divertidos; la compañía no podía ser mejor (a pesar de que faltaba mi hija). Habíamos viajado a Zagreb, ciudad que nos encantó y que amerita un relato aparte, luego a Dubrovnick, que parece sacada de un cuento, y de allí tomamos un carro por una carretera bellísima bordeando la Costa del Mar Adriático, hasta Agana, un pequeño puerto cerca de Split, donde nos esperaban nuestros amigos y Sandro, nuestro simpático capitán. Nos aprovisionamos de manjares y bebidas en un mercadito local, ¡y empezó el paseo!

Lo que yo sentí en el primer momento en que empezamos a navegar fue un sentimiento totalmente nuevo para mí. Había ‘velereado’ en algunas ocasiones, y montado en lancha millones de veces; pero la sensación de soltar amarras y elevar velas a través de un mar azul, inmenso, transparente, con el infinito hacia adelante, y con tan solo el sonido de los cascos del velero dejando estela sobre el agua, me produjo una felicidad inigualable. Al soltar amarras, soltaba además mis preocupaciones y ansiedades de las últimas semanas. Era una sensación de libertad absoluta.

Durante una semana recorrimos las islas de la Costa Dálmata. No eran distancias largas, solo dos o tres horas máximo de navegación cada día. Despertábamos en algún puerto, yo salía a correr temprano, hacíamos el desayuno y luego navegábamos hasta encontrar alguna ensenada en la que pudiéramos hacer kayaking, paddle boarding, nadar, o simplemente leer, conversar con los amigos y tomar drinks (¿Se imaginan un gin con tonic en ese paraíso?).

El plan cultural y gastronómico no podía faltar, así que en las tardes recorríamos los pueblos medievales que tienen en su mayoría un gran valor histórico, visitábamos los puntos de interés, entrabamos en las tiendas, los mercados de frutas y especies, hablamos con la gente, y almorzábamos por ahí.  En la noche tomábamos un carro para cenar en algún restaurante local que nos ofrecía los mejores y más frescos pescados y mariscos y vinos croatas que son muy buenos. Uno de los lugares que recuerdo con mayor agrado fue un restaurante rural de una familia, en lo alto de una montaña, (Roki’s), a 20 minutos de la marina, en Komiza (Vis Island). Con mesas al aire libre bajo los árboles y una luz tenue que nos permitía ver las estrellas, como de película. La especialidad del lugar era la cocina en pekas, unas grandes ollas de barro que cocinan lentamente los alimentos en una estufa de carbón.  Ese día la especialidad era cordero, acompañado de vegetales y papas cocinados a la perfección.  Garrafas de vino del viñedo de los predios de la casa, al igual que el aceite de oliva, los tomates frescos y el queso mozzarella. Una de esas noches inolvidables que se quedan grabadas en la mente y el corazón por siempre.
El paisaje que se va apreciando cuando se recorre a vela las islas del Mar Adriático, es hermoso: puertos pesqueros de arquitectura medieval, uniformes en sus colores que hacen juego perfecto con el azul del cielo y del mar. Son puertos donde la vida transcurre plácida y tranquila, y donde los gatos (muchos gatos) hacen su siesta sin importarle quien pase por su lado. Son puertos alegres, llenos de vida, que esperan a los visitantes con una gran amabilidad; porque la gente en Croacia es cálida y conversadora. Muchos crecieron en medio de la guerra de los Balcanes, que es una guerra relativamente reciente (25 años).  Y aunque parecería que no les gusta mucho hablar del tema, de vez en cuando surge en las conversaciones y se manifiesta el dolor de una época que debió haber sido muy dura para ellos.

Agana, Trogir, Komiza, Maslinica, Palmiziana, Hvar, Boboriska, y Split. Cada uno especial y único. Trogir fue uno de los que más me gustó. Patrimonio de la Humanidad de UNESCO, lleno de estrechos callejones que nos sorprenden con cafés al aire libre y almacenes de arte pintorescos, con su imponente catedral de San Lorenzo, y el mercado lleno de productos locales: flores, lavanda, miel, frutas, verduras, jabones artesanales. ¡Todo un deleite para los sentidos!  Komiza, con un toque bohemio y unas bellísimas casas en piedra, y ese ambiente único de los pueblos de pescadores.  Hvar me pareció la más sofisticada, en este recorrido que hicimos, con elegantes restaurantes y discotecas a las que no fuimos porque preferíamos tener nuestra propia fiesta privada en el barco. Split, la segunda ciudad más grande después de Zagreb, es muy linda e interesante; la ciudad vieja es también Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y su centro de atención es el Palacio Diocleciano, que vale la pena visitarlo, por el gran contenido histórico que tiene.

Haber hecho este recorrido navegando en catamarán le imprimió al viaje un carácter único e irrepetible.  Fue la combinación perfecta con el recorrido por carretera, que al final lo hicimos de regreso de Split a Zagreb (donde empezó y terminó nuestro paseo), y tuvimos la oportunidad de ver campos de lavanda, viñedos, y de visitar el Parque Natural Krka, lleno de cascadas y una vegetación majestuosa.

Me enamoré de Croacia: de su gente, de sus paisajes, de su hermoso mar, de su cultura y su gastronomía. Y ahora sueño con volver a navegar, ojalá con el mismo grupo de amigos, a ¡muchos lugares más!