Ventana

La sala de espera estaba llena de gente. Personas de todas las edades que parecían muy tranquilas esperando que se anunciara el vuelo. Yo en cambio, luchaba en mi interior con la ansiedad que me produce montar en avión. Había hecho todo lo que estaba en mis manos para sobreponerme a ese sentimiento: me había tomado un par de vinos en la sala VIP del aeropuerto antes de embarcar y había logrado reservar en la silla 12 A, en la ventana, en la parte de adelante del avión, donde mi mente se ha convencido se siente menos la turbulencia. Mirar el cielo y las nubes hacia el infinito y apreciar la vista al momento de aterrizar me causa tranquilidad. Además, parecía que la silla de al lado estaba desocupada.

Todo iba bien.

Hasta que un minuto antes de cerrar la puerta del avión, en la silla 12 B se sentó un hombre más grande que la silla que lo contenía. Empezó a acomodarse en el asiento con unos movimientos frenéticos que me pusieron alerta y un poco más nerviosa de lo que ya estaba. Jugaba con su mesita, la abría y la cerraba como si estuviera asistiendo a un milagro.  Prendía y apagaba su luz y extendía su silla una y otra vez, extasiado.

Yo me concentraba en lo mío: en mantener la calma, en respirar como he ido aprendiendo en los innumerables videos de YouTube que he visto para vencer el temor de volar. El avión finalmente despegó, me di la bendición y traté de meterme en el libro que llevaba, alternando mi vista en sus páginas y en el azul infinito del cielo que veía desde mi ventana.

De pronto mi compañero de silla estiró su brazo y sin preguntarme siquiera, lo pasó frente a mi cara cerrando de un tajo la cortinilla de la ventana. Así, sin más. Sin imaginarse lo que eso implicaba para mi nivel de ansiedad. Suelo comprar mis tiquetes de avión con anticipación con el único fin de poder escoger la ventana, y ahora mi vecino decidía que estaba entrando mucha luz. Yo lo dejé. No le dije nada, quizás no quería someterme a una pelea con él. Esperé a que se durmiera -casi sobre mi hombro- y poco a poco empecé a abrir de nuevo la ventana.

Cuando la abrí completa tuve la suerte de presenciar el más hermoso atardecer. Decidí despertar al pesado de al lado para que lo contemplara. Error craso: sacó su teléfono y empezó a tomar fotos desenfrenadamente, acercándose a mi y a la ventana. Las tomaba horizontales, verticales, oblicuas. Luego se calmó. Yo me quedé con el cielo anaranjado y mi respiración acompasada hasta que aterrizamos en mi ciudad, y automáticamente mi ansiedad se disipó.

Un viaje al corazón de Marruecos (Parte 2)

Una de las cosas que más llama la atención en Marruecos es la arquitectura. Simple y modesta hacia afuera, pero de una riqueza estética extraordinaria por dentro. Desde afuera no se ve quien habita en las casas, ni si son ricos o pobres. Hay mucha uniformidad. Inclusive en los palacios reales la arquitectura hacia afuera es sencilla, con colores homogéneos, muros altos de color ocre o ladrillo y pocas ventanas.  Las puertas de entrada de las casas son pequeñas para obligar a la gente a agacharse para mostrar respeto. Pero se pasa el umbral de la puerta y se abre un mundo donde la sencillez cede a la opulencia, y el diseño es mucho más elaborado. Pisos y techos llenos de colores y detalles, baldosines, mosaicos, maderas talladas, acogedores tapetes de lana y seda de rojos vibrantes, lámparas labradas en bronce.

Las grandes casonas, riads, conservan esa arquitectura, y muchas hoy en día se han convertido en hoteles. Son ciegas hacia afuera, pero al entrar lo primero que se ve es una gran patrio en el centro, lleno de árboles y flores. Las habitaciones tienen ventana hacia el interior, y en su mayoría tienen terrazas en el último piso con vistas panorámicas a los techos de toda la ciudad.
Las medinas, las ciudades antiguas resguardadas por murallas, compuestas por miles de callejones llenas de recovecos en las que solo los locales se orientan, conservan también ese diseño simple característico a lo largo de todo Marruecos.  En las medinas generalmente se encuentran una mezquita, donde la gente se reúne a orar; la madraza, lugar de educación y fuente de sabiduría; una fuente de agua, para saciar la sed; un horno, donde las familias llevan sus alimentos para ser horneados;  y un hammam, lugar para limpiar y purificar el cuerpo.
Las mezquitas son el centro de las ciudades: se ven desde cualquier lugar. Sobresalen siempre y son el punto de encuentro de miles de hombres y mujeres que se reúnen a orar varias veces al día, respondiendo al llamado desde el minarete.  Su entrada no está permitida a los no musulmanes, así que solo pudimos contemplarlas desde afuera.A pesar de tener aspectos en común, cada ciudad es única y conserva una energía diferente.

Fes
Tan pronto como llegamos a Fes, su energía me cautivó. Uno de los pueblos más antiguos del mundo, patrimonio de la Humanidad de la Unesco, y donde el tiempo parece haberse detenido en la edad media. La medina cuenta con aproximadamente 9,500 callejones; es un laberinto lleno de recovecos en el que uno como turista se pierde fácilmente, pero en cada esquina encuentra un tesoro:  libreros, alfareros, artesanos. Pollos vivos, conejos, y hasta cabezas de camellos colgadas a la espera de ser usadas en la preparación de la cena de esa noche.  Las casas de la medina son ciegas desde afuera; no tienen ventanas.  Los estrechos callejones se ven de pronto obstruidos por carretas de burros o bicicletas expertas en evadir a los peatones. Niños corriendo y ancianos sentados en el piso pidiendo limosna. Tapetes de todos los tamaños y colores. Tiendas de vestidos y tronos de novia que con solo mirarlos ya se imagina uno la celebración de la boda. Parece el escenario perfecto de un cuento de las Mil y una Noches.

Fes es conocida como la capital de la sabiduría, y la Universidad de Karaouine, al lado de la mezquita del mismo nombre, es la institución académica más antigua del mundo. De una riqueza impresionante, sus patios y columnas recuerdan a la Alhambra de Granada.
Uno de los puntos más interesantes y pintorescos en Fes es el barrio de curtidores de cueros. El olor que se desprende de los curtidores es tan fuerte que se recomienda llevar una ramita de yerbabuena para olerla mientras se hace el recorrido, ya que además del olor nauseabundo que desprenden las pieles en bruto de los animales, el proceso de curtiembre utiliza cal y excrementos de paloma. Pero una vez manejado el mal olor, poder ser testigo de este oficio ancestral es fascinante. El proceso parece bastante rudimentario: se ven hombres sin camisa metidos entre las tinajas, sacudiendo enormes pieles que después van colgando para que se sequen al sol.

Chefchaouen
Cuando uno llega a este pueblo conocido como la “perla azul” de Marruecos, entiende por qué es una de las principales atracciones turísticas del país.  Sus paredes azules que contrastan con el verde de la montaña lo hacen único. Hay muchas teorías que explican el color azul: hay quienes dicen que ese color espanta las moscas; otros dicen que se escogió ese color para sentirse más cerca del cielo y del mar. Yo me quedo con la segunda teoría, mucho más romántica que la primera.

Una de las cosas que más me impactó de Marruecos, y que en Chefchaouen lo vimos especialmente, son los rituales que tiene la gente a la hora de comer, de servir el té, o de amasar el pan y llevarlo al horno del pueblo. Todo es una ceremonia.

En cada medina que visitamos vimos un horno de leña comunitario donde la gente lleva el pan ya amasado y listo para hornear. En Chefchaouen lo pudimos apreciar muy bien. Cada familia hace una señal a su masa de pan para distinguirla de las demás. En ese horno comunal no se vende pan; la función es exclusivamente hornear el pan y otros alimentos que la gente lleva, generalmente en la mañana y pasan a recogerlos en la tarde. Este parece ser un ritual sagrado: amasar el pan, llevarlo al horno y recogerlo caliente en la tarde para que esté listo a la hora de la cena. El olor de pan recién horneado que se siente a toda hora es parte del encanto.

Además de sus callejones azules y sus miles de tiendas de artesanías, vale la pena acercarse al río y la pequeña cascada donde los locales lavan su ropa y donde hay varios cafés llenos de actividad a todas horas.

A la hora del atardecer recomiendo subir a la vieja mezquita española en la cima de la colina y contemplar la puesta del sol con la vista de Chefchaouen a los pies. ¡Parece una postal!

Marrakech
Marrakech es una ciudad de contrastes, entre la parte más moderna, la villenouvelle, y la ciudad vieja de paredes color ladrillo. La modernidad se refleja desde que uno aterriza en el aeropuerto, -que tiene un diseño impactante-, y las grandes avenidas con palmeras a los lados y cadenas de hoteles y restaurantes en los que se percibe la influencia francesa.

Pero la ciudad vieja es la que tiene el mayor encanto. La plaza Jemma al Fna, el corazón de Marrakech, vive llena de gente, pero su vida empieza sobre todo en las noches, después de que se apaga el sol. Caminando por la plaza uno se encuentra con encantadores de serpientes, monos que bailan al compás de una música destemplada, hombres que ofrecen dentaduras postizas a cambio de unas pocas monedas. Carretas llenas de frutas, de todos los tamaños y colores, dátiles, nueces, dulces.

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Una linda tradición de la plaza son los hombres que cuentan historias. La gente se reúne a su alrededor para escuchar cuentos de sultanes y princesas, piratas y ladrones.  La tradición oral en Marruecos es muy apreciada y parte esencial de su historia. Los valores y el conocimiento del islam se van pasando de generación en generación como parte de las historias y leyendas de los cuenteros.  (para quien le interese leer algunas historias recomiendo: The Last Storytellers, Richard Hamilton, 2013)

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Al costado norte de la plaza se extienden los zocos, cientos de estrechos callejones llenos de vida donde se puede encontrar lo inimaginable: desde hierbas y pócimas para todo tipo de males, lámparas, vasijas de cerámica, zapatos, pantuflas, vestidos, tortugas, dátiles, nueces, melones verdes gigantes que parecen sacados de un cuento; y especies. Muchas especies de todos los aromas, desplegadas en pirámides que parecen más bien esculturas de arenas de mil colores. Estas están en la Place Des Epices, mi lugar favoritodentro de los zocos.

Hay muchos lugares de imprescindible visita en Marrakech: la Madrassa de Ben Yousef es hermosa, el Palacio de la Bahía, la Mezquita Koutoubia, y los Jardines de Mallorelle, entre otros.
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Rabat
Las ciudades sobre el mar tienen un encanto especial. En Rabat se respira una brisa fresca proveniente del Océano Atlántico, y se observa una vista maravillosa donde al azul del mar contrasta con el ocre de los edificios. Como en Marrakech, la ciudad también está dividida en una zona moderna, donde se aprecia la influencia francesa, y el casco histórico de la medina. Rabat fue nuestro primer destino, y la entrada a la medina fue impactante por la actividad frenética que había, que de pronto se vio interrumpida por el llamado a orar desde el altavoz de la mezquita. Las tiendas cerraron y la ciudad se apagó, para regresar 20 minutos después al ritmo acelerado en que estaba.  De los lugares que visitamos la Torre de Hassan y el Mausoleo a Mohamed V, fue lo que más me gustó. Igualmente la Kasbah de Oudaias, de paredes azules, donde nos tomamos un delicioso té de menta en el Café Moro con pastelería típica, y con vista al mar, vale la pena.

Essaouira
Pueblo de pescadores en el Océano Atlántico, Essaouira parece un cuadro pintado en colores pasteles. Tiene un ritmo más pausado que el resto de ciudades que visitamos; la medina cuenta con callejones más anchos, así que la actividad se dispersa un poco más, y es mucho más fácil orientarse.  Las paredes y las casas son blancas, lo que hace que se vea como una ciudad iluminada.  Las artesanías son similares a las de Marrakech o Fes, pero de mejores precios.

El puerto tiene un encanto enorme, con las barcas azules y los pescadores que al atardecer llegan con sus atarrayas, y el canto de las gaviotas que sobrevuelan en busca de pescado. Las playas son amplias, de arena blanca y se ve gente montando a caballo. El plan en esta ciudad es mucho más relajado y más contemplativo. Y queda a solo un par de horas en auto de Marrakech, así que vale la pena ir.

De Marruecos uno sale  con el corazón lleno, pensando en cuándo va a poder regresar.

Un viaje al corazón de Marruecos (Parte 1)

Marruecos seduce, enamora, atrapa. Seduce la diversidad de su geografía, la gente, la cultura, la abundancia infinita de la naturaleza, la gastronomía.  Seducen los ritos ceremoniosos a la hora de comer; los cuenteros en las plazas narrando historias y leyendas; la arquitectura modesta y sencilla hacia afuera y los diseños opulentos de los espacios adentro. Marruecos es un país donde cualquier fantasía parece posible.

Un viaje en automóvil desde el norte al sur del país nos ofrece la oportunidad de contemplar los más variados paisajes. Las montañas de los Atlas son impactantes, con sus altos picos terracotas y pequeños pueblos del mismo color que parecen colgados en la ladera de la montaña. Sus estrechas carreteras y profundos barrancos que quitan el aliento, y valles que aparecen de la nada como un oasis verde, llenos de árboles florecidos y quebradas cristalinas.


 
En los Atlas encontramos los pueblos beréberes, -la étnia más autóctona y milenaria del Norte de África-, con sus tradicionales casas de adobe, rodeados de cultivos de frutas o legumbres y rebaños de ovejas y cabras que son parte indispensable del paisaje. Se les ve trabajar todo el tiempo, a hombres y mujeres por igual, ajenos a los turistas y a la vida más allá de sus aldeas.
Parar en uno de estos pueblos y tener la suerte de que sea un día de mercado es un privilegio. A donde quiera que yo viajo siempre estoy en búsqueda de los mercados locales. Creo que es allí donde confluye la cultura de un pueblo en su expresión más auténtica. Ese día las familias llevan sus cosechas en burros que jamás se imaginaría uno son capaces de cargar con tanto peso y volumen; la abundancia, colorido y variedad de productos no lo había visto nunca en ningún otro lugar: sandías y melones enormes, duraznos, albaricoques, naranjas, -muchas naranjas-, hierbas, nueces, frutos secos. Se ven hombres y mujeres de todas las edades, y niños y niñas que ayudan a sus padres pero que aprovechan también para corretear por entre las tiendas.

Siguiendo la travesía por los Atlas (más al sur, en las Altas Atlas), cerca de Tinghir, nos encontramos con los Georges Du Todra. Un cañón de paredes terracotas escarpadas de más de 300 metros de altura, donde solo se oye el eco del silencio y el paso del viento entre los desfiladeros. El río Dades atraviesa el cañón, aunque sus escasas aguas solo son un recuerdo del caudal que algún día fue. Caminar a lo largo del río, entre las piedras, y elevar la mirada hacia las inmensas paredes que se levantan imponentes, es emocionante. Nos acordamos de lo pequeños que somos ante esa inmensidad de la naturaleza.

Nos vamos adentrando más al sur y el paisaje se va tornando cada vez más árido, desértico. A lado y lado de la carretera vemos campamentos de nómadas, comunidades que se mueven de un pueblo a otro, la mayoría de las veces acompañados de cabras, ovejas, o dromedarios, en busca de alimentos. Es su estilo de vida, les gusta estar en constante movimiento, sin ataduras y en espacios tranquilos, lejos de las ciudades. Muchos no reciben ningún tipo de educación, no van a la escuela (Marruecos tiene una tasa de analfabetismo del 30%). Pasan un par de meses en cada lugar y cuando se cansan siguen su camino.
Y llegamos a Merzouga, donde empieza el desierto del Sahara. Llegar al desierto es una sensación única y liberadora, (no solamente por el alivio que implica terminar las 8 horas de recorrido que hicimos desde Fes), sino porque se respira un aire de profunda calma, después de la algarabía de Fes -del que hablaré más adelante-. Esperamos a que fuera cerca de la hora del atardecer y nos fuimos en una caravana de dromedarios al lugar donde sería nuestro campamento esa noche. Durante la hora que duró el trayecto paramos al momento en que el sol se estaba ocultando y subimos caminando a una de las dunas para contemplar el espectáculo de amarillos y naranjas de un cielo encendido que parecía darnos la bienvenida, y que hacía juego con el color mostaza de la arena. Llegamos al campamento justo cuando empezaba a oscurecer. Solo se veían 4 grandes carpas, una de las cuales sería para mis hijos, y otra para mi esposo y yo. Alrededor solo se veían las siluetas de las dunas de arena. Esa noche, alrededor de una fogata, los locales tocaron sus tambores cuyos bajos se mezclaron con los latidos de mi corazón. Contemplar las estrellas y una luna llena que nos alumbraba fue parte de la celebración. Una noche única e inolvidable. A la mañana siguiente madrugamos a las 5 de la mañana para ver el amanecer, desayunamos y los dromedarios nos llevaron al lugar donde habíamos dejado el automóvil para continuar nuestro recorrido.

No he narrado aquí la ruta tal como la hicimos, sino que he escogido los lugares que más me impactaron recorriendo el país. Otro trayecto que disfruté mucho fue de Marrakech a Essaouira. Después de las curvas interminables de los Atlas esta carretera en línea recta hacia el Atlántico fue mucho más descansada y con un paisaje menos árido. Como en Marruecos todo parece ser posible, a mitad del trayecto vimos cabras subidas a los árboles como si fueran pájaros livianos. Las cabras buscan los árboles de argán, cuyos frutos guardan un aceite que además de gustarle a las cabras es muy utilizado en la industria cosmética.
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El recorrido en automóvil nos permitió adentrarnos al corazón de Marruecos; literalmente, hacia el centro del país, y también a su alma, a la esencia de su cultura y de su gente, sobre todo en cada una de las ciudades y pueblos que visitamos y de los que les contaré en una segunda parte de esta historia.
NOTA: La foto destacada en esta entrada es de: www.nicobermudezphotography.com
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Photo credit: www.nicobermudezphotography.com