Singapur, de pueblo pesquero a país del primer mundo

Cuando visito una ciudad, o un nuevo lugar, trato de adentrarme en su alma lo más que pueda, caminando por las calles, hablando con la gente, “viviendo” el lugar más allá de recorrer los lugares señalados en las guías turísticas. Y eso hice en Singapur en una visita reciente. Había estudiado el caso de este Tigre Asiático cuando estaba en la universidad estudiando relaciones internacionales en los años noventa, y el caso de Singapur servía de modelo de desarrollo para América Latina. Por mucho tiempo le seguí el rastro: me lo encontré en las listas de países con más alto ingreso per cápita, con mejores índices de educación, seguridad, y con los índices más bajos de corrupción. Pero solo hasta ahora pude visitarlo, recorrerlo, sentirlo.

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En agosto de 2015 Singapur celebró sus 50 años de independencia.  Hoy en día es uno de los puertos comerciales más importantes del mundo, uno de los países más ricos, y uno de los menos corruptos de acuerdo a Transparencia Internacional. Los servicios de transporte, salud, educación y vivienda son altamente eficientes. En las calles llama la atención el orden, la limpieza, el espacio público, y la sensación de seguridad. Singapur pasó de ser un país subdesarrollado, un pueblo pesquero de Malasia, a ser un país del primer mundo, en una sola generación.

Lo que hizo bien el gobierno, liderado por Lee Kuan Ywe, −que gobernó desde 1965 hasta 1990−, fue invertir en infraestructura y educación, movilizar a una clase trabajadora y fomentar una clase media cada vez más educada y disciplinada hacia los objetivos de desarrollo económico del país.

Los éxitos económicos estuvieron acompañados de leyes restrictivas a las libertades individuales, de leyes draconianas y castigos fuertes para quienes las infringieran.  Pero en ningún momento la gente se sublevó para que hubiera una mayor liberalización por parte de gobierno. Al contrario: las clases medias fueron las que apoyaron el autoritarismo porque eran las más beneficiadas. Había tanta dependencia del Estado que no tuvieron la autonomía para impulsar una mayor democratización (El Partido de Acción Popular, de centro-derecha, ha estado en el poder durante 52 años).

Después de la independencia de 1965, uno de los retos del gobierno fue la construcción de una nueva identidad de Singapur como nación. En la construcción de un nuevo país primó el pragmatismo por encima de todo, como un principio que guiaría todas las políticas gubernamentales.  Gracias a ese enfoque, Singapur logró sobrevivir como un país joven, estable económica, social y políticamente.

Como parte de la narrativa de construcción de una nueva identidad, el gobierno influyó en la educación de los niños y jóvenes inculcando valores fundamentales que han contribuido a diseñar el nuevo país: disciplina personal, cooperación, respeto al otro, integridad, honor, deber cívico. Una sociedad donde la meritocracia juega un papel sustancial en todas las esferas. La visión del partido después de la independencia fue crear una cultura ciudadana basada en la búsqueda de la excelencia. Le pregunto a la gente cómo se definen, para ver si concuerda con esa narrativa creada por las autoridades, y me responden en términos muy prácticos: se definen como gente muy trabajadora. Los singapurenses valoran la diversidad. Coexisten con varias razas y religiones, gracias en gran medida al modelo de vivienda urbana que les permite convivir en comunidad.

En la mayoría de países los jóvenes suelen ser críticos del establecimiento. En muchos casos son ellos quienes buscan retar al status quo pensando en que siempre hay cosas que se pueden cambiar y se pueden hacer mejor. No en Singapur. Conversando con la gente joven percibo que en general están satisfechos con sus líderes, con la cultura política; creen en las instituciones y confían en ellas. Piensan que al gobierno lo mueve un genuino interés por su pueblo (felices ellos), y aunque sí preferirían tener menos restricciones individuales, aceptan la situación. A la gente le importa la democracia, pero no sufren porque no haya libertad de prensa o libertad de expresión. El éxito para los singapurenses está concebido en términos económicos, aunque la mentalidad está cambiando. Ya la plata no es el único factor.

El arte y la música eran actividades que hasta hace poco estaban relegadas a un segundo plano, pero eso está cambiando. Las nuevas generaciones buscan carreras más alternativas, distinto al caso de la generación de sus padres y abuelos a quienes les tocó vivir periodos difíciles, e impulsaba que sus hijos siguieran carreras que les garantizaría un relativo éxito económico: medicina, abogacía, ingeniería. Las artes, la música, los deportes eran muy poco fomentados. A partir del 2000 el gobierno empezó a ofrecer nuevas opciones a los jóvenes en éstas áreas.

Hay muchas cosas que llaman la atención de los visitantes de esta ciudad/estado. La limpieza, el orden, los parques, la cantidad de árboles sembrados. El desarrollo se nota en los rascacielos, en los modernos diseños arquitectónicos, en el urbanismo, en la conciencia de sostenibilidad ambiental que existe. Los bosques y parques están unidos por 9 kilómetros de puentes colgantes donde la gente puede salir a caminar o correr, y deleitarse con el paisaje verde y los animales.

Llama la atención también los cientos de edificios de vivienda pública (85% de la gente vive bajo ese modelo); son grandes edificios que reúnen a diversas comunidades de distintas nacionalidades y razas, cuyo modelo precisamente ha contribuido a desarrollar la aceptación y la tolerancia de la gente. Estas comunidades cuentan con todo lo que necesitan a 5 km a la redonda: tienen centro de actividades, supermercados, lavanderías, y por supuesto centros de venta de las más deliciosas comidas locales. Los llamados hawker centers, son lugares donde se puede comer económicamente y muy bien. Los estándares de limpieza son muy altos, pues están sujetos a una calificación del gobierno que les da un grado de A, B, C, o D, dependiendo del nivel de higiene, y cada local debe postear esa calificación a la entrada. No vi ni uno solo que no tuviera A o B.  En cuanto a prácticas religiosas,  en una misma cuadra uno puede encontrar un templo budista, una Iglesia metodista, una católica, y un templo hindú.  Ese hecho habla mucho de la diversidad del país y del respeto y la tolerancia en que viven.

Y por supuesto también llama la atención la cantidad de restricciones que hay.  En cada esquina hay un letrero que prohíbe algo: orinar en público, comer durián (la fruta nacional que tiene un olor apestoso y su consumo está prohibido en el metro); cruzar la calle en un lugar no autorizado; botar chicle al piso, o cualquier otro tipo de basura. Quien incurra en estos hechos debe pagar altas multas.  Igualmente son bien conocidas las duras penas para quienes cometen un delito: quienes trafican con droga, por ejemplo, son sometidos a la pena de muerte.
En fin. Un país interesante, modelo para muchos, pero con costos en términos de pluralismo político y libertades individuales. Pero interesante como caso de estabilidad económica, social y ambiental. Un país de arquitectura vibrante, de gente educada y amable, donde confluyen culturas que enriquecen la experiencia de cualquier visitante.

 

Palenqueras

María se levanta a las 6 de la mañana todos los días. Vestirse le toma más tiempo que al resto de las mujeres, porque su vestimenta es parte de su trabajo, así que tiene que arreglarse con esmero.  Su piel morena contrasta con unos ojos azules que parecen esconder quimeras que dejó en su tierra, San Basilio de Palenque.

María es una de las tantas palenqueras que hacen parte del paisaje de Cartagena de Indias. Día tras día se levanta y se viste con su mejor vestido para vender fruta y posar para los miles de turistas que visitan la ciudad. Camina erguida, lleva un vestido colorido de falda ancha y luce un turbante naranja que le ayuda a mitigar el peso que siente al cargar la bandeja de frutas en su cabeza. Heredó la tradición de usar las amplias polleras de colores de su madre y su abuela.
Aprendió cuando era niña a llevar en su cabeza el cántaro de agua que recogía del rio cercano a su casa. Desde entonces carga con altivez la bandeja de frutas que tanto llama la atención de los turistas. De chiquita ayudaba a su mamá a vender la yuca y el plátano que su papá cultivaba. Las funciones estaban muy bien definidas entre los hombres y las mujeres, cuenta María. Ellos cultivaban la tierra y las mujeres eran las encargadas de ir a vender el producto. Por eso hoy vende frutas, y ofrece también una imagen hermosa de Cartagena a los turistas que le dan unos pesos a cambio de tomarse una foto con sus frutas en la cabeza.

Pero son muy pocos los que se detienen hablar con ella y le preguntan de dónde viene. Yo se lo pregunto, y le explico que quiero compartir su historia para que la gente sepa qué hay detrás de esos lindos vestidos.

A María se le prenden sus ojos azules cuando habla de Palenque, su pueblo. Dice que lo mejor de su cultura es la música.  Una combinación de tambores de todo tipo que le encienden el alma y los sentidos, y que baila y canta con pasión, repitiendo una letra africana que no entiende pero que igual la hace vibrar.

En Palenque la gente habla en su propia lengua, una mezcla de español, inglés, francés y portugués. Es la lengua que inventaron los esclavos al llegar a América. María trata infructuosamente de que yo entienda algunas largas frases. Capto algunas palabras, pero al final me pierdo.

Le pido que me cuente más de Palenque, y María me habla con orgullo de Benkos Biohó, el gran defensor de los derechos de los esclavos en el siglo XVII, y a quien se considera como el fundador de Palenque de San Basilio. Benkos, a quien el escritor Manuel Zapata Olivella rindió homenaje en su novela “Changó, el gran putas”, es una leyenda de la historia de Colombia y la lucha por la independencia.

Me despido obligada de María pues mucha gente quiere tomarse fotos con ella.  Le doy las gracias por la charla, por contarme de su vida y de su pueblo, y la invito para que aproveche su rol de embajadora de San Basilio de Palenque para que la gente se entere de lo que hay detrás de su colorido vestido.

Homenaje a Barcelona

Barcelona, con sus callejones estrechos del barrio gótico que nos llevan a imaginar historias medievales de caballeros y doncellas; las imponentes columnas de la Sagrada Familia que se adentran en el cielo en una declaración irrefutable de grandeza. Barcelona y su gente, los viejos bailando las sardanas tomados de la mano en círculos concéntricos en la Plaza de la Catedral; al compás de bandas  que con las trompetas mantienen una tradición milenaria los domingos de verano.

La sencillez y belleza de la Basílica de Santa María del Mar, austera y diáfana. Donde sus bancas de madera y la imagen impecable de la Virgen María invitan al recogimiento y la reflexión. Las ramblas inagotables con ofertas para todos: pájaros, plantas, música, libros. Barcelona y sus calles anchas que atraen a los ciclistas a descubrir la ciudad. Sus museos que guardan la huella de Pablo Picasso, y Joan Miró. Vistas panorámicas desde Montjuic de la arquitectura armónica con sus esquinas redondeadas en un balance perfecto de la utilización del espacio.
Y Gaudí: ese genio modernista que innovó en las formas y conceptos para inventar un mundo propio donde la imaginación no tiene límite. La Boquería y Santa Caterina, mercados populares donde la vida vibra en mil formas, olores, sabores y colores.  Ah, y ¡el Mediterráneo!: aquel gigante azul de aguas tranquilas siempre frías, que contrastan con la algarabía de sus playas de arena cálida.

Si Barcelona fuera una mujer, sería la más encantadora, la más guapa, la más inteligente, !la más seductora!

El Paraíso Literario está en Madrid

Madrid tiene muchos encantos que la hacen una de las ciudades europeas más atractivas: las grandes avenidas arborizadas, los parques, los museos, los restaurantes, el comercio, y la gastronomía.  Cuenta además con excelentes librerías y tiene una de las ferias del libro más atractivas del mundo. Lo que no me imaginaba, es que en Madrid descubriría el paraíso literario.

En la Cuesta de Moyano, una calle empinada de tan solo unos 200 metros que se extiende desde el final del Jardín Botánico hasta la estación de Atocha, presidida por una estatua de Pio Baroja, me encontré con todo un mercado literario al aire libre.  Treinta casetas de libros, algunas con presencia permanente de sus dueños, otras con jóvenes que atienden el negocio mientras sus dueños están en otros quehaceres.  Cada caseta tiene una característica especial: libros viejos, postales, grabados, últimas novedades; libros de filosofía, política, historia, cocina, cine, teatro, música y por supuesto literatura y poesía. Es el lugar perfecto para que los amantes de los libros pasen una tarde entera buscando libros raros, únicos, ediciones antiguas, primeras ediciones, con ilustraciones que son piezas de arte. La riqueza patrimonial que significa esta calle llena de libros para Madrid es enorme.

Para los que quieren hacer rendir su bolsillo hay mesas paralelas frente a las casetas con ofertas y saldos increíbles, al estilo de los vendedores de libros del Sena, en París.

En este paraíso literario conocí a Fernando Plaza, el propietario de la caseta 6, “La Clásica”. Desde los 11 años está en la Cuesta, cuando acompañaba a su padre, quien desde 1925 adquirió la caseta especializada en libros antiguos. Fernando la tiene desde 1940, cuando la heredó de su padre, pues sus otros tres hermanos eran funcionarios públicos en ese entonces y poco les interesaba mercadear con libros.  Para él, en cambio, los libros han sido su pasión desde que era un niño, a pesar de que no ha leído todos los que guarda en la caseta (tiene alrededor de 5,000 libros). No alcanza la vida entera para hacerlo.  Se concentra en sus autores favoritos: Garcilaso de la Vega, o Camilo José Cela. Su esposa también le ayuda en el negocio, ha sido un proyecto de vida que les ha permitido hacer lo que les gusta.

Cuando uno está viajando y su pasión son los libros, sabe que tiene que sacrificar parte del equipaje a cambio de poder tener espacio en la maleta para llevarse algunos. Yo ya había cumplido mi cuota pues hacía unos días había estado en la feria del Libro, en el Parque del Retiro. Pero ante semejante descubrimiento tenía que aprovechar, a pesar de la mirada de mi esposo que a lo lejos parecía suplicarme que no me entusiasmara demasiado. Seguramente el terminaría cargando con la maleta después. En un lugar mágico como este uno nunca sabe lo que puede encontrar.   Dentro de mis descubrimientos lo más especial fue una selección de Las Mil y una Noches, con bellísimas ilustraciones de Kenneth Denard Dills.  Cargaría con él en la mano de ser necesario.

Si están de visita en Madrid, no duden de ir a esta hermosa calle que cuenta ya con casi 100 años de letras, de historia y cultura, y donde todo el año es una feria del libro. ¡A por libros!

Sin rumbo fijo

Siempre me había dado vueltas la idea de ir al aeropuerto sin ningún destino predeterminado. Así, sin pensarlo. Hoy era el día. Que no me hubiera respondido las llamadas desde hace una semana era la señal que necesitaba. Ahora sí que no sabía nada. Ni dóndes, ni cuándos, ni porqués.

Con esa determinación, eché un par de mudas y las cosas de aseo en una pequeña maleta. Guardé mi pasaporte entre la cartera, verifiqué que las hornillas de la estufa estuvieron apagadas, y cerré la puerta de mi casa sin tener la certeza de cuándo regresaría. Tomé un taxi y me fui al aeropuerto, imaginando a dónde viajaría. Tenía mis tarjetas de crédito al día, y por una vez en la vida estaba dispuesta a dejarme llevar. Dejarme llevar por lo que me trajera el destino, alejándome de esos múltiples mensajes que había enviado en la última semana y que no habían sido respondidos. Estaba harta de los horarios, de las listas interminables de cosas por hacer. Estaba harta de los esquemas, pero más que nada, estaba harta de supeditar mi felicidad a una llamada telefónica que no llegaba.

Una vez en el aeropuerto me paré delante de la pantalla de información de salidas nacionales e internacionales. Buenos Aires, Paris, Bangalore, La Habana. La lista era interminable pero mis ojos de detuvieron en Paris. El próximo vuelo era en un par de horas, justo el tiempo para acercarme al mostrador de American Airlines, comprar el tiquete y dirigirme a la sala de espera.  – ¿Cuál es el motivo de su viaje a Paris? – me preguntó el agente de American. -Voy de visita-, le dije. – ¿En dónde se hospedará? – En el hotel Marriot de los Champs Elysees-, le mentí. Sin más, me entregó el pasabordo. Silla 40 D. Precisamente la penúltima silla del avión, en el medio, a mí, que odio viajar en la parte de atrás del avión, donde se siente más la turbulencia y el olor nauseabundo de los baños. Pero no importaba. Mi mente estaba abierta. Mi vida se reinventaba ante mí.

Aterricé en el aeropuerto internacional Charles de Gaulle a las 7 de la mañana de un martes soleado y de cielo azul intenso. Los latidos de mi corazón se opacaban con los motores del avión.  Durante mucho tiempo había soñado con volver a Paris. Al Paris de Rayuela, la Maga y Horacio. Y ahora, por un impulso dictado por mi intención de mandar todo al carajo, estaba ahí. -Bienvenue a Paris-, nos dijo el piloto americano con una pésima pronunciación.

Así empezó esta aventura que me llevó a más de 22 ciudades distintas. Lugares insospechados que difícilmente hubiera visitado antes de tomar la decisión de irme al aeropuerto sin rumbo fijo aquella lejana mañana. En cada ciudad que visité se me abrió un mundo lleno de gente y oportunidades nuevas que fueron marcando mis próximos pasos. Lejos quedaban ya los mensajes enviados y no respondidos que tanto me atormentaron alguna vez. Al despedirme de mi vida pasada reinventé una nueva, en espera siempre de mi próximo destino, sin importar dóndes, cuándos, ni porqués.

La Habana Vieja

Viajar a la Habana es viajar en el tiempo. Una ciudad mágica que parece estar anclada en el pasado, con su imponente arquitectura colonial y esos autos antiguos que les dan color a las calles y que parecen ser parte de un set de una película de los años cincuenta.

Hay cuatro grandes zonas en la Habana: la Habana Vieja, el Centro, el Vedado y Miramar. Cada barrio tiene características diferentes, y a cada uno hay que dedicarle un tiempo para explorarlo y descubrir sus rincones. Nuestra visita empezó por la Habana Vieja, recorriendo sus calles y deteniéndonos sin prisa en cada una de sus bellísimas plazas: Plaza de Armas, San Francisco de Asís, Plaza de la Catedral, y la Plaza Vieja, cada una única y especial, donde el esplendor de las fachadas coloniales y sus colores pasteles se confunde con el verde de los árboles, y donde la gente se sienta en las bancas a ver la vida pasar.  La Habana Vieja, patrimonio de la humanidad de la UNESCO desde 1982, se ve bien mantenida, sobre todo en los lugares donde hay más tránsito de turistas. Se sale un poco del casco viejo y las edificaciones empiezan a verse más deterioradas, y se puede ver una casa espléndida recién pintada, al lado de un cascarón viejo al borde del derrumbe. Cada esquina merece una fotografía.

El recorrido por las calles nos va llevando a lugares emblemáticos, como la Bodeguita del Medio, o el Floridita,  centros de tertulia de intelectuales y donde Hemingway se tomaba sus daiquiris. Son lugares llenos de turistas, como el Sloppy Joe’s, así que nosotros preferimos evitarlos y salir en busca de bares menos concurridos. A cada bar donde fuimos nos decían que el de allí era el mejor mojito de la Habana. Creo pensar que cada uno tenía razón, porque cada uno me sabía mejor que el otro. El Café de Oriente, en la Plaza de la Catedral, me pareció un lugar especial para la hora del aperitivo, con su banda de músicos tocando el Chan Chan de Compay Segundo. Aunque esta prerrogativa no la tuvimos solo ahí. En realidad, en cada esquina, en cada lobby de hotel, bandas de músicos deleitan al turista con el mejor repertorio de música cubana.
Hay muchas casas en la ciudad vieja que requieren de una visita pausada: la Casa Árabe, el Museo del Ron, o instituciones culturales como la Fundación Alejo Carpentier, a las que se puede entrar y recorrer, bien valen la pena. La catedral es hermosísima, parece “música grabada en piedra”, como bien diría Alejo Carpentier. Dicen que es la más antigua de las Américas, aunque yo pensaba que ese privilegio lo llevaba la Catedral de Santo Domingo, en República Dominicana.

Edificaciones como el Capitolio, que nos tocó en reconstrucción, o el Teatro Nacional Alicia Alonso, son también joyas arquitectónicas de una riqueza inmensurable que vale la pena visitar y admirar detenidamente.

A la Ciudad Vieja hay que recorrerla con calma; de día y de noche. Hay que recorrer las calles Mercaderes y la más comercial Obispo, con sus librerías repletas de biografías de José Martí y el Ché Guevara, y fascinantes ediciones viejas de algunos grandes títulos de la literatura cubana y latinoamericana. Encontramos también restaurantes deliciosos, a los que tuvimos que hacer reserva de antemano, como La Guarida, Doña Eutimia, El Del Frente, O’Reilly.
Caminar el casco viejo nos lleva también a encontrarnos con lugares tan mágicos como el Callejón de los Peluqueros. Una callecita de no más de 150 metros, con restaurantes, cafés y galerías y una gran peluquería cuyo propietario ha hecho de su negocio un caso único de desarrollo local. (Para conocer más sobre esta historia ir a la sección Publicaciones de este blog y ver la nota sobre “Microempresarios en Cuba”).

China, apoteósica

Llegué a la China con mi familia en la mitad de mayo del 2015.  Viajar a Asia se había convertido para mí en una obsesión.  Soñaba con conocer este continente lejano que solo había conocido a través de los libros, que han sido siempre para mí un pasaporte al mundo, y de las películas. Obviamente también por las noticias, a veces sesgadas, que nos presentan los noticieros de Occidente.

Varios fueron los factores que me impactaron especialmente  al llegar a la China, quizás uno de los que más, las multitudes. Miles de personas en todas partes, en todas las esquinas, en las calles, en los buses, en los templos, haciendo fila, sin en realidad respetarla, en todas partes, y a cualquier hora del día. En China amanece muy temprano, y  a las 7 de la mañana ya se ven las calles atiborradas de gente. Desde los que hacen Tai Chi en los parques, hasta los que caminan con paso firme para empezar sus labores diarias, y los que venden sopa de fideos y dumplings para ofrecerles a los transeúntes.

Cruzar una calle en Beijing o en Shanghái es toda una proeza. El respeto por los peatones no existe, y los autos son los dueños de las vías. Para ellos tampoco parecen existir normas que valgan: igual se pasan un semáforo en rojo o dan la U en un lugar que jamás serviría para ese propósito.

Nada más lindo que ver a la gente en los parques haciendo Tai Chi. Es un acto ceremonioso, donde se busca el balance ideal entre la mente y el cuerpo. Esa armonía perfecta entre los opuestos, el ying y el yang, está presente en todo, y se observa en la arquitectura y en los jardines, donde las formas y colores toman sentido, donde las construcciones de tamaños apoteósicos juegan con el cielo y la tierra.

Me gustan las cosas que guardan algún significado. Y en China cada cosa significa algo. Hasta el punto en que son los más supersticiosos, y conservan imágenes o llevan amuletos que les brindan seguridad, o los hace sentirse más aguerridos, según sea el caso. Pero nada que guarde un mayor significado que un Templo.  Los templos en China son lugares de reflexión e inspiración. Imposible no conectarse con uno mismo, y con la magia de los aromas de los inciensos y el recogimiento de los visitantes. Visitamos muchos templos budistas, pero uno de mis favoritos fue el Templo del Cielo, en Beijing, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.  Este era el lugar donde los emperadores chinos iban a orarle al cielo para que tuvieran buenas cosechas.

Pero donde más me conmoví fue en la Ciudad Prohibida, un lugar imprescindible para visitar en Beijing. Nuestro recorrido había empezado ese día en Tiananmen Square, donde no pude dejar de pensar en la masacre de junio de 1989, y especialmente en la horripilante imagen que le dio la vuelta al mundo entero de un tanque acercándose cada vez más a un indefenso estudiante. Pero eso es material para otra historia.  La Ciudad Prohibida, antiguamente un lugar de acceso impenetrable, está construida en un terreno inmenso lleno de patios, jardines, pabellones y salones.  Uno podría pasar varios días explorando la Ciudad Prohibida, apreciando la arquitectura, analizando los techos, las figuras de dragones o leones, cada una con su significado.

Todo lo de los chinos es extraordinario. Cuando uno llega a la Gran Muralla uno queda sin aliento. La mezcla de las inmensas montañas y la construcción en piedra de la muralla que se aleja en el horizonte es algo digno de ver. Por algo es una de las 7 grandes maravillas del mundo moderno. Vale la pena caminarla, detenerse ante las ventanas (porque tiene ventanas) y gozar de una vista maravillosa. De las fotos familiares más lindas que tenemos fueron tomadas en este lugar.

Ahora les contaré de Shanghái, ciudad donde lo moderno y lo antiguo confluyen de la mano. Shanghái es la ciudad del futuro que yo siempre me he imaginado: con inmensos rascacielos que se visten de luces de colores en las noches y autopistas elevadas. La parte más antigua, el Bund, cuenta con construcciones renacentistas de gran influencia francesa, con restaurantes de todo tipo, para todos los paladares y todos los presupuestos. Caminar por el Bund y ver al otro lado del rio Huangpu el Pudong, que es la zona financiera, la parte más moderna de la ciudad, es el mejor plan.  En Shanghái uno se olvida que está en un país socialista. Parece la imagen perfecta del capitalismo: con enormes almacenes de lujosas marcas, y mujeres elegantemente vestidas portando carteras Louis Vuitton.  Es toda una experiencia surrealista.

El atractivo de las ciudades sostenibles: Copenhague

En el lugar donde vivo, en Miami, los ciclistas son en su mayoría deportistas. La gente monta en bicicleta para mantenerse en forma. En Copenhague, ciudad que visité recientemente -y de la que me enamoré-, los ciclistas son ejecutivos, padres de familia, jóvenes estudiantes, mayores de edad, empleados, entre otros, que usan la bicicleta como medio para desplazarse a sus lugares de actividad.

En Copenhague hay más bicicletas que habitantes, y la ciudad ha sido planeada para aceptar a los miles de ciclistas que permanentemente, sin importar ni el clima ni la hora, se vuelven parte del paisaje urbano. Todo está pensado: las vías exclusivamente diseñadas para las bicicletas, los parqueaderos al lado de las estaciones de metro, las facilidades de subir la bici en el tren en caso de ser necesario (sin cargo extra para el pasajero), y la sincronización de los semáforos en verde para que fluya el tráfico. El 50% de los desplazamientos urbanos se hacen en bicicleta, y como la cultura de la ciudad gira en torno al bienestar de la gente, los ciclistas son siempre respetados. Solo el 29% de la población es dueña de un carro.

Varios estudios citan a Copenhague como una de las ciudades más sostenibles del mundo. Copenhague es una ciudad que invita a la gente a tener mayor conciencia de sostenibilidad, en todos los frentes. Desde el aire, antes de aterrizar, se pueden ver miles de molinos eólicos en el mar, un espectáculo para la vista, y un aporte fundamental en la utilización de fuentes de energía renovables. Una quinta parte de la energía de Dinamarca proviene de esta fuente. Copenhague, particularmente, tiene uno de los niveles de emisión de CO2 más bajos del mundo, y el objetivo de la ciudad es que para el 2025 sea una ciudad neutra en emisiones de carbono, según el website de la ciudad de Copenhague.

La conciencia de sostenibilidad se ve en todos los ámbitos: en la arquitectura, en el diseño industrial, en la alimentación, en los espacios verdes.

Desde hace varias décadas los arquitectos y diseñadores han buscado construir una propuesta con soluciones sostenibles para las nuevas generaciones, acorde con las políticas de Estado, respetando la legislación ambiental y atendiendo también a la demanda de los consumidores, conscientes de estos temas. Sobresalen en las fachadas la utilización de materiales como la madera, la piedra, o el ladrillo, con diseños minimalistas pero de gran impacto, como el edificio de la Opera o el terminal 3 del aeropuerto.

Existe en el mundo entero una tendencia a la alimentación de productos orgánicos locales. En Copenhague hay una gran conciencia, y desde el gobierno se estimula su consumo. El 75% de la comida que se sirve en instituciones públicas es orgánica, y la oferta de los supermercados y restaurantes es muy amplia. En mercados como el de Torvehallerne, un deleite para los amantes de la comida, la oferta orgánica de productos locales es inmensa: desde frutas y verduras, hasta quesos y vinos.

Copenhague es también una ciudad verde, llena de parques, rodeada de agua.  Pensada en la gente, en su bienestar y calidad de vida. Una ciudad en donde sus habitantes hablan con propiedad sobre el cambio climático, y saben que están preparados para enfrentar las consecuencias y minimizar sus riesgos.

Así como en las grandes empresas depende del interés y empuje del CEO el hacer de la sostenibilidad una filosofía de negocio, así también depende de los políticos locales hacer del tema de sostenibilidad un objetivo claro dentro de la agenda de gobierno. Y así como los grandes ejecutivos le apuestan a la sostenibilidad como una manera de darle mayor valor a su negocio, así también las ciudades que emprenden políticas sostenibles verán mejores resultados económicos, políticos y sociales. Copenhague con seguridad lo ha logrado.

Articulo publicado en el Nuevo Herald, Julio 19, 2016 http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article90399577.html

Desde la Serranía de Perijá, Colombia

Siempre he estado conectada a la realidad colombiana, a pesar de que he vivido por fuera más de 18 años.  He estudiado de cerca los fenómenos históricos y políticos de los grandes períodos de violencia por los que ha atravesado el país. Soy consciente de las dificultades por las que muchas personas a través de varias décadas han pasado, de lo mucho que han sufrido.

Pero lo que he leído en los diarios y en los libros, jamás habían surtido el impacto estremecedor que tuvieron los testimonios de primera mano de campesinos de la Serranía del Perijá que tuve el privilegio de escuchar esta semana que pasó.  Campesinos que se vieron en el medio de un conflicto entre paramilitares y guerrilla, y que a mediados de los 2000 tuvieron que abandonar sus tierras, con tan solo lo que llevaban puesto, dejando atrás sus casas, sus animales, y sus tierras fértiles a las que se habían dedicado a sembrar durante toda su vida.

Dejaron atrás la esperanza de ofrecerles a sus hijos un futuro mejor, y huyeron del miedo, de las amenazas de ser asesinados por la mano implacable de los paramilitares,  en un ambiente de terror que contrastaba con la belleza deslumbrante y majestuosa del paisaje de la Serranía, del que jamás se pensaría ha sido testigo de tantas atrocidades. Huyeron para empezar de cero una vida nueva en algún otro lugar que no les ofrecía las oportunidades de desarrollarse como personas, mucho menos para ganarse el pan y alimentar a sus hijos.

Pero la vida siguió, y unos años más tarde, cuando la violencia había ya arreciado un poco, cuando las políticas del gobierno central se acordaron de las regiones marginadas del país y se aumentó la presencia militar en la zona, los campesinos fueron retornando poco a poco, aun con temor y llenos de desconfianza. Habían estado varios años fuera, y al regresar encontraron sus tierras arrasadas, sus casas totalmente destruidas, los pocos animales que quedaban con la mirada quebrada y huidiza, víctimas ellos también, del miedo. Como el Ave Fénix, los campesinos tenían que renacer de sus propias cenizas.

Pero no estaban solos. En un país de contrastes como es Colombia, se unieron varios factores para ayudarles a los campesinos a volver a empezar. Así, una de las instituciones más sólidas del país, inició un programa cuyo objetivo era facilitar el retorno de los campesinos desplazados a sus tierras, y contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de muchas familias a través de la reactivación de la actividad agrícola. Los rostros de los campesinos al contar su desgarradora experiencia de por qué tuvieron que abandonar sus tierras, cambian completamente cuando hoy narran lo que han construido, los logros que han alcanzado. Es admirable ver con qué dedicación han vuelto a levantar sus cultivos. Los paisajes desoladores de hace unos años han dado paso a un paisaje exuberante, lleno de colorido y abundancia. Los ojos de los niños hoy brillan con la inocencia propia de la niñez; sus risas y juegos resuenan en las montañas de la sierra; el llamado de sus madres se levanta como un grito de orgullo que dice que esas son sus tierras.

Colombia es un país de contrastes increíbles. Al oír las voces de juglares que a través del vallenato recitan la historia de sus pueblos y veredas, uno se da cuenta de que a pesar de la violencia, a pesar de la pobreza y la falta de oportunidades, hay en el país gente maravillosa, siempre dispuesta a luchar por un mejor futuro, y siempre guiados por el ánimo de que hay que vivir la vida con optimismo y esperanza.

Recicladores de La Soledad

Llegue a la Soledad, un municipio del departamento del Atlántico, cerca de Barranquilla, Colombia, un día soleado y caluroso de abril.  Iba a hacer unas entrevistas en profundidad a unos recicladores del municipio, quienes desde hacía unos meses se habían afiliado a una cooperativa que les estaba ayudando a organizarse. Conocí gente desde los 18 a los 71 años de edad, entre hombres y mujeres con historias de vida distintas, pero con circunstancias similares. Todos ellos han crecido sumidos en la pobreza,  han vivido marginados, en una comunidad donde el Estado no llega.

La actividad de reciclaje –de vidrio, papeles, cartón y latas- les ha dado la opción de cubrir sus necesidades básicas de alimentación, pero pocos gozan de una educación formal, y en sus viviendas difícilmente tienen electricidad, agua y alcantarillado. Pero quizás lo peor es la estigmatización social en la que ha tenido que vivir, víctimas de “limpiezas sociales”, o de la violencia del campo que los ha obligado a migrar a la ciudad. Siempre perseguidos, lo han dejado todo para rehacer sus vidas. Pero nunca han perdido la esperanza. Y durante las varias entrevistas que sostuve, todos ellos se mostraron animados,  con ganas de trabajar, con ilusión de vivir, a pesar de todo.

Gilberto tiene 71 años, el pelo blanco, unos ojos azules de mirada diáfana y su rostro esta surcado de arrugas. Ha trabajado toda su vida como reciclador. No ha sido una vida fácil, y le ha tocado luchar y superar el estigma social que rechaza el trabajo del reciclador, que lo mira con desdén y desconfianza. Sin embargo, desde que está bajo la cooperativa, y con el patrocinio de una empresa reconocida que le apostó a esta comunidad, sus condiciones han mejorado sustancialmente. Recibió capacitación, y eso lo ha hecho sentirse seguro de sí mismo. “Nunca es tarde para aprender”, dice, “para mejorar”. Le dieron un uniforme, lo que ha contribuido a que la gente ya no los mire mal cuando van por la calle. Ahora los reconocen. “Antes éramos esclavos invisibles. Desde que tenemos uniformes ya somos alguien”, dice Gilberto, y a mí se me llenan los ojos de lágrimas.

Yo vengo a recoger información. A oír los testimonios de varios recicladores para saber cuáles son sus necesidades, y de qué manera la empresa que me contrató para hacer esta labor, y que los está apoyando, ha hecho diferencia en sus vidas. Al escuchar tantos tesimonios de personas humildes, trabajadoras y con esperanza, pienso que tiene razon Pablo Neruda cuando decia “nunca se aprende bastante de la humildad”.