China, apoteósica

Llegué a la China con mi familia en la mitad de mayo del 2015.  Viajar a Asia se había convertido para mí en una obsesión.  Soñaba con conocer este continente lejano que solo había conocido a través de los libros, que han sido siempre para mí un pasaporte al mundo, y de las películas. Obviamente también por las noticias, a veces sesgadas, que nos presentan los noticieros de Occidente.

Varios fueron los factores que me impactaron especialmente  al llegar a la China, quizás uno de los que más, las multitudes. Miles de personas en todas partes, en todas las esquinas, en las calles, en los buses, en los templos, haciendo fila, sin en realidad respetarla, en todas partes, y a cualquier hora del día. En China amanece muy temprano, y  a las 7 de la mañana ya se ven las calles atiborradas de gente. Desde los que hacen Tai Chi en los parques, hasta los que caminan con paso firme para empezar sus labores diarias, y los que venden sopa de fideos y dumplings para ofrecerles a los transeúntes.

Cruzar una calle en Beijing o en Shanghái es toda una proeza. El respeto por los peatones no existe, y los autos son los dueños de las vías. Para ellos tampoco parecen existir normas que valgan: igual se pasan un semáforo en rojo o dan la U en un lugar que jamás serviría para ese propósito.

Nada más lindo que ver a la gente en los parques haciendo Tai Chi. Es un acto ceremonioso, donde se busca el balance ideal entre la mente y el cuerpo. Esa armonía perfecta entre los opuestos, el ying y el yang, está presente en todo, y se observa en la arquitectura y en los jardines, donde las formas y colores toman sentido, donde las construcciones de tamaños apoteósicos juegan con el cielo y la tierra.

Me gustan las cosas que guardan algún significado. Y en China cada cosa significa algo. Hasta el punto en que son los más supersticiosos, y conservan imágenes o llevan amuletos que les brindan seguridad, o los hace sentirse más aguerridos, según sea el caso. Pero nada que guarde un mayor significado que un Templo.  Los templos en China son lugares de reflexión e inspiración. Imposible no conectarse con uno mismo, y con la magia de los aromas de los inciensos y el recogimiento de los visitantes. Visitamos muchos templos budistas, pero uno de mis favoritos fue el Templo del Cielo, en Beijing, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.  Este era el lugar donde los emperadores chinos iban a orarle al cielo para que tuvieran buenas cosechas.

Pero donde más me conmoví fue en la Ciudad Prohibida, un lugar imprescindible para visitar en Beijing. Nuestro recorrido había empezado ese día en Tiananmen Square, donde no pude dejar de pensar en la masacre de junio de 1989, y especialmente en la horripilante imagen que le dio la vuelta al mundo entero de un tanque acercándose cada vez más a un indefenso estudiante. Pero eso es material para otra historia.  La Ciudad Prohibida, antiguamente un lugar de acceso impenetrable, está construida en un terreno inmenso lleno de patios, jardines, pabellones y salones.  Uno podría pasar varios días explorando la Ciudad Prohibida, apreciando la arquitectura, analizando los techos, las figuras de dragones o leones, cada una con su significado.

Todo lo de los chinos es extraordinario. Cuando uno llega a la Gran Muralla uno queda sin aliento. La mezcla de las inmensas montañas y la construcción en piedra de la muralla que se aleja en el horizonte es algo digno de ver. Por algo es una de las 7 grandes maravillas del mundo moderno. Vale la pena caminarla, detenerse ante las ventanas (porque tiene ventanas) y gozar de una vista maravillosa. De las fotos familiares más lindas que tenemos fueron tomadas en este lugar.

Ahora les contaré de Shanghái, ciudad donde lo moderno y lo antiguo confluyen de la mano. Shanghái es la ciudad del futuro que yo siempre me he imaginado: con inmensos rascacielos que se visten de luces de colores en las noches y autopistas elevadas. La parte más antigua, el Bund, cuenta con construcciones renacentistas de gran influencia francesa, con restaurantes de todo tipo, para todos los paladares y todos los presupuestos. Caminar por el Bund y ver al otro lado del rio Huangpu el Pudong, que es la zona financiera, la parte más moderna de la ciudad, es el mejor plan.  En Shanghái uno se olvida que está en un país socialista. Parece la imagen perfecta del capitalismo: con enormes almacenes de lujosas marcas, y mujeres elegantemente vestidas portando carteras Louis Vuitton.  Es toda una experiencia surrealista.

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