Fermín

Otra noche más y Fermín no amanecía en su habitación. Doris, su esposa por más de 50 años ya no sabía qué hacer. Había tomado la decisión de vivir en ese hogar para la tercera edad buscando ayuda para manejar el alzhéimer de Fermín. Sus hijos habían estado de acuerdo, a pesar del costo que significaba para Doris dejar su casa y vida independiente. Hacía ya dos años que vivían allá, y la verdad tenían una rutina que les permitía estar activos, desarrollando una vida social con las demás personas que vivían en el Hogar Dulce Compañía.  Todo iba bien; pero las ausencias nocturnas de Fermín se estaban convirtiendo en un problema y en un enigma para las enfermeras y los cuidadores del lugar.

—Buenos días Anita, ¿has visto a Fermín? — le preguntó Doris a la enfermera del turno de la mañana. —Nuevamente no ha amanecido en la habitación, afirmó con aire de preocupación.

El Hogar Dulce Compañía era un edificio de tres pisos, con 5 apartamentos pequeños en cada piso y una zona comunal en el primero donde se llevaban a cabo todas las actividades: cine, baile, juego de cartas. Buscar a don Fermín, como lo llamaban las enfermeras, no era tarea fácil. Tenían que ir de puerta en puerta preguntándole a la gente si lo habían visto. Para todos parecía haberse desvanecido.

—Hola Inés, ¿has visto a mi marido? — Preguntó Doris a su vecina. —No me vaya usted a inventar ahora amoríos con su esposo, que para eso yo ya no estoy, —le respondió Inés indignada, botando la puerta. El reto más difícil para Doris en estos últimos años era comprender que no todos los residentes del Dulce Compañía estaban bien de la cabeza. La mayoría sufría de alzhéimer o demencia senil, como su esposo. Mal podría sorprenderse con respuestas como la de Inés.

A Fermín le gustaban mucho los juegos de mesa. Y era bien sabido que en ocasiones se metía a las habitaciones de las señoras para jugar con ellas damas chinas o parqués, sus favoritos. Doris pensó que quizás se había quedado dormido encima de alguna mesa de juego. Pero no parecía ser ese el caso, pues después de haber recorrido cada uno de los apartamentos en compañía de las enfermeras, no había rastro de Fermín.

Ni siquiera Gertrudis, la esbelta señora a quien Doris le guardaba cierto recelo lo había visto. Gertrudis, tan linda y elegante siempre, se vestía y maquillaba como si estuviera de fiesta todos los días y a Fermín se le iba la mirada cada vez que aparecía por los corredores. Llevaba en la mano una camándula y parecía estar rezando el rosario a todas horas. Doris sabía que a Gertrudis le encantaba Fermín, porque se la pasaba buscándolo. Pero no. Esta vez tampoco ella sabía de la suerte de él, o al menos eso era lo que decía.

Ya era hora de la clase de baile. Fermín y Doris no se la perdían, siempre les había gustado bailar juntos, así que lo más probable es que allá llegara él, con alguna explicación confusa sobre su ausencia nocturna. No era la primera vez que eso sucedía.

Al ritmo de un merengue la clase empezó. —Vamos, así ¡moviendo las caderas!, anunció la profesora de baile, una mujer de piel morena que vivía en el Hogar y que a sus 75 años seguía bailando como si tuviera fuego en los pies. A la mitad de la clase apareció Fermín. Con la ropa del día anterior y su mirada perdida, le hizo un gesto a Doris y se puso a bailar como si nada.

—¿Dónde estabas? Le preguntó Doris una vez hubo terminado la clase. —¡Llevamos buscándote toda la mañana!

—No me acuerdo, creo que estaba jugando parqués, fue todo lo que dijo.

Esa noche volvió a desaparecer. Esta vez, sin embargo, las enfermeras lo encontraron en el apartamento de Gertrudis. Estaban ambos desnudos entre la cama, y cuando los pillaron Fermín atinó a decir: — ¡no vayan a imaginarse nada raro, solo estábamos jugando parqués!

Fermín tenía alzhéimer, pero no se le había olvidado cómo amar a una mujer.

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