Ventana

La sala de espera estaba llena de gente. Personas de todas las edades que parecían muy tranquilas esperando que se anunciara el vuelo. Yo en cambio, luchaba en mi interior con la ansiedad que me produce montar en avión. Había hecho todo lo que estaba en mis manos para sobreponerme a ese sentimiento: me había tomado un par de vinos en la sala VIP del aeropuerto antes de embarcar y había logrado reservar en la silla 12 A, en la ventana, en la parte de adelante del avión, donde mi mente se ha convencido se siente menos la turbulencia. Mirar el cielo y las nubes hacia el infinito y apreciar la vista al momento de aterrizar me causa tranquilidad. Además, parecía que la silla de al lado estaba desocupada.

Todo iba bien.

Hasta que un minuto antes de cerrar la puerta del avión, en la silla 12 B se sentó un hombre más grande que la silla que lo contenía. Empezó a acomodarse en el asiento con unos movimientos frenéticos que me pusieron alerta y un poco más nerviosa de lo que ya estaba. Jugaba con su mesita, la abría y la cerraba como si estuviera asistiendo a un milagro.  Prendía y apagaba su luz y extendía su silla una y otra vez, extasiado.

Yo me concentraba en lo mío: en mantener la calma, en respirar como he ido aprendiendo en los innumerables videos de YouTube que he visto para vencer el temor de volar. El avión finalmente despegó, me di la bendición y traté de meterme en el libro que llevaba, alternando mi vista en sus páginas y en el azul infinito del cielo que veía desde mi ventana.

De pronto mi compañero de silla estiró su brazo y sin preguntarme siquiera, lo pasó frente a mi cara cerrando de un tajo la cortinilla de la ventana. Así, sin más. Sin imaginarse lo que eso implicaba para mi nivel de ansiedad. Suelo comprar mis tiquetes de avión con anticipación con el único fin de poder escoger la ventana, y ahora mi vecino decidía que estaba entrando mucha luz. Yo lo dejé. No le dije nada, quizás no quería someterme a una pelea con él. Esperé a que se durmiera -casi sobre mi hombro- y poco a poco empecé a abrir de nuevo la ventana.

Cuando la abrí completa tuve la suerte de presenciar el más hermoso atardecer. Decidí despertar al pesado de al lado para que lo contemplara. Error craso: sacó su teléfono y empezó a tomar fotos desenfrenadamente, acercándose a mi y a la ventana. Las tomaba horizontales, verticales, oblicuas. Luego se calmó. Yo me quedé con el cielo anaranjado y mi respiración acompasada hasta que aterrizamos en mi ciudad, y automáticamente mi ansiedad se disipó.

El anillo de la playa roja

Habíamos llegado a la playa hacía unos minutos. Bajamos por el acantilado al filo de la montaña, contemplando el azul intenso del mar. La última vez que había estado en este lugar no había gente. Hoy se veían muchos turistas que llegaban en veleros a visitar ese rincón único de Santorini donde la arena es roja como si acabara de salir del centro de la tierra.

Extendí mi toalla al lado de la de mi esposa; ella empezaba a embadurnarse el cuerpo con crema para protegerse del sol que a esa hora del día arreciaba. Me senté mirando hacia el mar, observando la gente que se metía en las aguas frías del Egeo. Había muchas olas y pude ver cómo a algunas personas las tumbaba cuando trataban de salir del agua. Se levantaban y caían una y otra vez, como en una escena cómica de dibujos animados.

En esas estaba cuando vi una mujer llorando en la orilla. La había visto llegar con su esposo y sus hijos. Me llamó la atención su alegría, saltaba en el agua como si fuera una niña. Se había metido con cautela primero, acostumbrando sus pies y sus piernas, lentamente, apreciando el agua fresca en su cuerpo, respirando el aire y las bondades de esa tierra roja y ese mar lleno de energía que la invitaban a disfrutarlo. Vi cómo su hijo le pasaba por el lado corriendo y zambulléndose le había dicho: ¡métete de una vez!  Ella finalmente había hundido su cabeza en el agua  y después de un rato, cuando ya se prestaba a salir, las olas la tumbaron, perdió el control y cuando logró ponerse de pie se dio cuenta de que se le había caído el anillo que llevaba en el dedo índice de la mano izquierda.

Salió como pudo y empezó a llorar desconsoladamente. Oí que hablaba de su madre, de cómo desde hacía un año que ella había muerto no se quitaba ese anillo. En solo pocos minutos oí que le decía a su esposo y sus hijos que ese anillo lo había llevado su madre durante 59 años de matrimonio. No podía perderse. No podía quedar allí en el fondo del mar. “Este es el mejor lugar donde puede quedar el anillo de la abuela, en este lugar tan hermoso”, le dijo la hija tratando de consolarla.

El esposo y el hijo entraron al mar tratando de identificar el lugar exacto donde la mujer había estado. El hijo se hundió buscando en el fondo pedregoso de tierra roja.  Me conmovió la escena y la dedicación del chico.  Yo había llevado mi careta y hacía un rato me había metido y había visto un fondo lleno de piedras volcánicas; sabía que encontrar lo que buscaban en ese terreno era una misión imposible; sin embargo, me acerqué  y le ofrecí mi careta. Así sería más fácil para él bucear. Buscaba con determinación, mientras que la hija seguía abrazada de la madre, que para ese momento seguía llorando quizás más por la pérdida de su madre que por el anillo.

Pasaron 15 o 20 minutos y el chico no se daba por vencido. Las olas seguían azotando la orilla. Me pareció que la mujer ya empezaba a asumir el hecho cuando el chico surgió del agua y levantando su mano gritó: ¡lo encontré! La mujer no lo podía creer. Yo tampoco, la verdad. Se abrazaron y oí que el chico le decía a su madre: “la abuela me guio; ella me mostró dónde estaba el anillo”.

Me acerqué y la mujer me dio las gracias por la careta. Vi en sus ojos un brillo especial. Es ese brillo que resulta de la magia que tienen algunas personas de conectarse con sus seres queridos sin importar dónde estén. Hoy, me había tocado a mi presenciar ese milagro en la playa roja de Santorini.

 

Ya nadie juega fútbol conmigo

Hoy se fue mi amo de la casa. Así, sin más, sin yo haberme imaginado lo que sería la casa sin él. Se fue para la universidad, me explicó ella. Percibí que se iba de viaje por todo el movimiento que vi el día anterior: sacaron toda la ropa del clóset y la empacaron en dos maletas enormes. Hasta el balón de fútbol se lo llevó. La noche antes del viaje dormí en su cama, como muchas noches lo hacía, el es el único que me dejaba subirme a la cama. Pero a veces me echaba a la mitad de la noche, y esta vez, no me echó. Me abrazó toda la noche con fuerza, y aunque yo me estaba muriendo del calor, me quedé quieto porque sentí que él me necesitaba.

Al día siguiente se fue. Me dio un abrazo largo y apretado que casi me deja sin respiración y cerró la puerta. La casa se sintió silenciosa, y ella se puso a llorar. Yo estaba igual de triste, pero me acerqué a consolarla, pobre. Ya habíamos pasado por eso cuando se fue la niña: fue igual. Ella duró llorando como una semana hasta que le dijo al esposo que no podía seguir sintiendo lástima por sí misma, —eso dijo—, y entonces se limpió las lágrimas y salió a correr. Siempre sale a correr cuando está triste.

Los días han pasado y la casa ahora está más ordenada y silenciosa. El timbre ya casi no suena porque los amigos de los niños también se fueron. Nadie se mete a la piscina y nadie ha vuelto a jugar fútbol en el jardín, mucho menos en la mitad de la sala, como antes, que era tan divertido. Yo me encuentro la pelota de fútbol chiquita, la del Barça, en un rincón de su cuarto, y me acerco a olerla, pero ya nadie juega conmigo.

A ella los hijos le hacen mucha falta, aunque siempre está ocupada trabajando y haciendo planes con su esposo y con sus amigas. Los niños llaman todos los días, y a pesar de que oigo sus voces no puedo olerlos ni tocarlos, y ellos tampoco me pueden hacer cosquillas pues los brazos no atraviesan la pantalla del teléfono que ella me acerca para que yo los vea.
A la hora de la cena ya no hay cuatro puestos en la mesa sino dos. Ya no veo tanta ropa secándose en el tendedero, y cuando ella llega con el mercado tiene menos bolsas que antes.  Ya no vamos a partidos de fútbol, ni a carreras de atletismo. Mis días han cambiado y he tenido que ajustarme a la nueva circunstancia de que los niños ya no están. Como ha tenido que ajustarse ella. La veo todo el día haciendo mil cosas, escribiendo, leyendo, entrando y saliendo. Lo bueno es que vive pendiente de mí. Si antes me quería ahora creo que más. Me pone más atención, me saca a pasear varias veces al día, me trae del mercado huesos. Lo único que no hace es dormir conmigo. Ni jugar fútbol.

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Copiloto

Son las 11:45 de la mañana y ni el aire acondicionado logra aplacar el calor intenso del verano. Me siento como si estuviera entre un horno. Voy repasando la lista de cosas que tengo por hacer y mi mente se pierde entre las copas de las palmeras que van marcando mi paso. Un semáforo más y quedaré montada en la autopista, donde la gente conduce como si estuviera huyendo de algo.

Bajo la mirada hacia el asiento del copiloto que va vacío y de pronto veo algo moverse: una sombra marrón que aparece de la nada y camina resuelta hacia el piso del auto. ¡Descubro con horror que es una cucaracha! Imposible llegar a la autopista sabiendo que semejante sabandija está al lado mío.  En milésimas de segundos pasa una película por mi cabeza:  la cucaracha trepándose por mi hombro causando que mis reflejos suelten de inmediato el timón y el auto quede sin control. ¡No puedo seguir así, atentando contra la vida de las personas que van manejando tranquilas, sin imaginarse lo que pasa en los carros de al lado! Abro de par en par las cuatro ventanas a pesar del calor infernal que se entra de afuera.

Doy media vuelta y paro en el supermercado a comprar un insecticida. Eliminar al bicho es la única salida. Se me va todo el frasco de una espuma blanca que queda esparcida por los asientos y el piso como si acabara de nevar. Pero ni rastro; no aparece ni vivo, ni muerto.
Además del peligro de que se me pueda trepar por el hombro, siento ahora un aire tóxico que tanto la cucaracha como yo respiramos. Pienso en mis alternativas: tengo que encontrarla y además limpiar la nieve. Llego a un lavadero de carros y pido que lo laven y lo aspiren a fondo. —¿Encontraron el bicho? Les pregunto a los muchachos una vez terminan. Nadie vio nada. Pido revisar el tanque de la aspiradora para verificar que el cuerpo inerte de la cucaracha haya quedado sepultado entre el polvo y la basura; pero nada.

No tengo más remedio que resignarme y seguir mi camino. Manejo con las ventanas abiertas, con mi pelo alborotado y creciendo en volumen por el viento y la humedad del verano. Llego a mis citas sudando, hago mis diligencias y al final del día cuando llego al garaje de la casa y estoy a punto de bajarme del auto la veo: la horripilante cucaracha marca su presencia con altivez en el asiento del copiloto. Abro la puerta y con una revista la empujo suavemente hacia afuera. Ahora sí puedo estar tranquila.

Fermín

Otra noche más y Fermín no amanecía en su habitación. Doris, su esposa por más de 50 años ya no sabía qué hacer. Había tomado la decisión de vivir en ese hogar para la tercera edad buscando ayuda para manejar el alzhéimer de Fermín. Sus hijos habían estado de acuerdo, a pesar del costo que significaba para Doris dejar su casa y vida independiente. Hacía ya dos años que vivían allá, y la verdad tenían una rutina que les permitía estar activos, desarrollando una vida social con las demás personas que vivían en el Hogar Dulce Compañía.  Todo iba bien; pero las ausencias nocturnas de Fermín se estaban convirtiendo en un problema y en un enigma para las enfermeras y los cuidadores del lugar.

—Buenos días Anita, ¿has visto a Fermín? — le preguntó Doris a la enfermera del turno de la mañana. —Nuevamente no ha amanecido en la habitación, afirmó con aire de preocupación.
El Hogar Dulce Compañía era un edificio de tres pisos, con 5 apartamentos pequeños en cada piso y una zona comunal en el primero donde se llevaban a cabo todas las actividades: cine, baile, juego de cartas. Buscar a don Fermín, como lo llamaban las enfermeras, no era tarea fácil. Tenían que ir de puerta en puerta preguntándole a la gente si lo habían visto. Para todos parecía haberse desvanecido.

—Hola Inés, ¿has visto a mi marido? — Preguntó Doris a su vecina. —No me vaya usted a inventar ahora amoríos con su esposo, que para eso yo ya no estoy, —le respondió Inés indignada, botando la puerta. El reto más difícil para Doris en estos últimos años era comprender que no todos los residentes del Dulce Compañía estaban bien de la cabeza. La mayoría sufría de alzhéimer o demencia senil, como su esposo. Mal podría sorprenderse con respuestas como la de Inés.

A Fermín le gustaban mucho los juegos de mesa. Y era bien sabido que en ocasiones se metía a las habitaciones de las señoras para jugar con ellas damas chinas o parqués, sus favoritos. Doris pensó que quizás se había quedado dormido encima de alguna mesa de juego. Pero no parecía ser ese el caso, pues después de haber recorrido cada uno de los apartamentos en compañía de las enfermeras, no había rastro de Fermín.

Ni siquiera Gertrudis, la esbelta señora a quien Doris le guardaba cierto recelo lo había visto. Gertrudis, tan linda y elegante siempre, se vestía y maquillaba como si estuviera de fiesta todos los días y a Fermín se le iba la mirada cada vez que aparecía por los corredores. Llevaba en la mano una camándula y parecía estar rezando el rosario a todas horas. Doris sabía que a Gertrudis le encantaba Fermín, porque se la pasaba buscándolo. Pero no. Esta vez tampoco ella sabía de la suerte de él, o al menos eso era lo que decía.

Ya era hora de la clase de baile. Fermín y Doris no se la perdían, siempre les había gustado bailar juntos, así que lo más probable es que allá llegara él, con alguna explicación confusa sobre su ausencia nocturna. No era la primera vez que eso sucedía.

Al ritmo de un merengue la clase empezó. —Vamos, así ¡moviendo las caderas!, anunció la profesora de baile, una mujer de piel morena que vivía en el Hogar y que a sus 75 años seguía bailando como si tuviera fuego en los pies. A la mitad de la clase apareció Fermín. Con la ropa del día anterior y su mirada perdida, le hizo un gesto a Doris y se puso a bailar como si nada.
—¿Dónde estabas? Le preguntó Doris una vez hubo terminado la clase. —¡Llevamos buscándote toda la mañana!

—No me acuerdo, creo que estaba jugando parqués, fue todo lo que dijo.
Esa noche volvió a desaparecer. Esta vez, sin embargo, las enfermeras lo encontraron en el apartamento de Gertrudis. Estaban ambos desnudos entre la cama, y cuando los pillaron Fermín atinó a decir: — ¡no vayan a imaginarse nada raro, solo estábamos jugando parqués!
Fermín tenía alzhéimer, pero no se le había olvidado cómo amar a una mujer.

Un día fatal

Hoy tuve un día fatal. Para empezar, me tuve que despertar más temprano de lo normal, y mi rutina diaria de salir tan pronto me despierto para luego desayunar no existió. Hoy fue distinto. Salimos temprano en el carro y por alguna razón, no me dieron desayuno. Nada. Ni siquiera agua. Yo la miré fijamente a ella como siempre la miro cuando tengo hambre. Yo sé que me entiende perfectamente. Pero no me hizo caso. Ni me volteó a mirar siquiera.

Me monté en el carro pensando que quizás íbamos a hacer algún paseo especial. A ella a veces le gusta desayunar en otra parte, pero en realidad eso pasa los sábados. Y hoy era martes. Tan pronto me bajé del carro supe a dónde íbamos. Reconozco muy bien esa calle; la puerta que se abre automáticamente cuando uno se acerca al almacén; los acuarios tan grandes como llamativos que hay en el lugar; la comida para gatos y perros, los collares, los juguetes, todo lo que necesitamos las mascotas para estar bien. Me gusta ese almacén.

Lo que no me gusta es lo que me espera cuando lo atravieso. Al final del pasillo está el consultorio del veterinario. ¡No! ¡Allá no quiero ir! ¡No y no! Me echo al piso en la peor de las escenas. Sé que me veo ridículo, que ella no sabe dónde esconderse, pero no me importa nada armar un escándalo. Que se enteren todos de una buena vez: odio, detesto al veterinario. Me meten palos por todas partes; me inyectan líquidos que me duelen mucho, y lo peor de todo, hay ocasiones en que me dejan allá todo el día. Y hoy era un día de esos. Sin comer; sin saber a qué horas vienen por mí; encerrado en una jaula esperando mi turno para ser examinado. Ella se va; claramente no le importo, aunque me dice, “adiós Mango te recojo más tarde”. No me dejes aquí, le suplico con la mirada. Igual se va, me abandona. Creo que ya no me quiere.

Me van a lavar los dientes y me tienen que dormir porque soy un perro muy grande, me dicen. Siempre tienen que opinar sobre mi tamaño. Soy un labrador, ¿qué esperan? Me ponen una inyección de anestesia e inmediatamente cierro los ojos. Me levanto un tiempo después, veo que han pasado varias horas porque ya está oscuro. Me siento muy mal. No puedo abrir los ojos, mis piernas no me responden y me muero de hambre.

Ella llega por mí. Ni tengo ánimos de saltar de felicidad como siempre hago cuando la veo. Obedezco despacio, sin entender la lógica del veterinario de tener que dormirme para lavarme los dientes. Si me hubieran consultado les aseguro que me hubiera quedado quieto; muy quieto. Al menos hasta que él hubiera metido el cepillo en mi boca.

Aprovecho mi condición para que ella me consienta. Me acuesto en sus piernas. Me quejo cada vez que deja de hacerme cosquillas en la cabeza. Por la noche lloro y gimo, y hago que se levante a la mitad de la noche para salir afuera; camino lentamente, con la cabeza agachada. Ella se enternece, “nunca más dejo que te pongan anestesia Mango”, me dice. “Nunca más me lleves a ese lugar”, le imploro yo. Espero haya aprendido la lección, porque ¡odio, abomino al veterinario!

Clase de Tango

Cada vez que pasaba por el estudio de baile mis ojos se detenían en el pequeño cartelito que ofrecía clases de tango. Una y otra vez lo dejé pasar, pensando que en caso de tomar una clase prefería hacerlo en la capital del tango, Buenos Aires, y con el amor de mi vida de parejo. Sin embargo, me seducía ver cómo las parejas entrelazaban sus piernas y sus miradas en un compás perfecto.

¿Para cuándo lo dejaría? Decidí inscribirme en clases particulares que empezaban la semana siguiente.

Compré una falda negra y unos tacones que me hacían sentir como una verdadera bailarina.  Llegué oronda con mi nueva pinta, y con el entusiasmo propio de aprender algo desconocido. El estudio era amplio, de pisos de madera y rodeado de espejos. Mi profesor bailaba como porteño, aunque era gringo, y me guiaba con una armonía única marcando los pasos, mostrándome la postura básica que me llevaría lejos: cabeza en alto, mirada a los ojos, tronco firme y pecho levantado.  Siente la música, me decía el profesor, y yo me dejaba llevar, ágil, liviana, ¡qué fácil parecía!

Pasaron varias sesiones y mis habilidades ascendían tan rápido como el costo de las mismas. Tener clases privadas de tango en Miami es una excentricidad que no podía darme el lujo de seguir. Tendría que tranzarme por clases grupales. “No hay problema”, pensé. “Con lo que ya llevo aprendido seguro se me va a facilitar”.

El grupo lo conformaban 6 mujeres y 5 hombres, además del profesor, quien al empezar la clase nos mostraba el paso, y las parejas se rotaban para poder bailar entre todos. Cuando me tocaba con el gringo porteño todo estaba bien. ¡Me sentía volando por la pista! El problema surgía cuando los otros parejos me tomaban de la cintura y sentía sus manos indecisas en las mías. En ese momento se me olvidaba todo lo que había aprendido en las lecciones privadas.
Mi pinta de bailarina profesional quedaba totalmente deslucida al lado de las vestimentas de estos bailarines. Ponían especial empeño en su look. Había uno en especial cuya malla rosa ceñida al cuerpo lo hacían ver como un participante de “Dancing with the Stars”. Cuando me tocaba con el cómo parejo me tenía que concentrar más en no dejar que se me acercara demasiado, que en los pasos que mis pies debían seguir. Había otro que tenía las manos blandas, seguro no le hicieron terapia de motricidad cuando era niño, y sus pies chocaban con los míos a pesar de que ambos tratabamos de seguir meticulosamente las instrucciones del profesor.

Sigan la música, siéntanla, decía el gringo. “Pero si no es tango”, reclamaba yo sorprendida mientras sonaba una bachata dominicana. No importa, tienes que acostumbrarte a sentir el tango adentro, a pesar de que oigas otra música. No entendí nunca esa lógica. ¿Bailar tango bajo una bachata?  Si suena bachata, mi cuerpo, que a veces se desliga de lo que le dice mi mente, empieza automáticamente a bailar al ritmo de la música que oye. Es obvio, ¿o no?
A medida que avanzaba la clase las manos de los bailarines se iban poniendo más sudorosas, y su entusiasmo al acercarse a sus parejas también aumentaba. Entiendo que el tango, como otros bailes, puede ser un instrumento de expresión y pasión. Yo misma buscaba esa liberación. Pero de ahí a apercollar a la pareja había un gran trecho. No había ninguna necesidad.
Fue así como luego de varias sesiones colectivas decidí posponer mi sueño de aprender a bailar tango. Tendría que esperar a buscar la oportunidad en algún boliche de San Telmo, en Buenos Aires, y con el amor de mi vida bailando a mi lado.

#Irma

Veo mucho alboroto a mi alrededor. Presiento que algo pasa, los noto nerviosos y más activos de lo normal. Ella entra, sale, llega cargada de bolsas de mercado, de agua, de latas que nunca compra, de pilas; paquetes de galletas que abre y empieza a comer ansiosamente. Es un comportamiento que no es muy propio de ella, raro. Escribe mucho, lee, pero ni por eso se calma. Habla por teléfono, la llaman el papá, las amigas, los hermanos, a veces pone el altoparlante y yo puedo oír lo que hablan: − “Sálganse de ahí” − dicen, “tienen que evacuar” – “Si, estamos mirando opciones”, dice ella.

Yo no entiendo nada, ¿por qué nos vamos a tener que ir de este apartamento tan lindo? ¿A dónde vamos a ir? Mencionan mi nombre todo el tiempo, “tenemos a Mango, ¿quién nos va a recibir con él?” ¿Qué? ¿Hay gente que no me quiere? – “Tranquilo Manguito que no te vamos a dejar”, – me dice. En realidad, ella es la que no puede vivir sin mí. Me abraza, me besa, me saca a caminar 8 veces al día sin que yo lo necesite, me despierta y me pone la correa. ¿Qué le pasa? ¿Quién es Irma que hablan de ella todo el tiempo?

Llega él, le da un beso, y enseguida se da cuenta que está un poco nerviosa; le resta importancia, “todo va a estar bien”, le dice. Pero se conecta a la televisión, a las noticias, y de ahí no se mueve. Cada uno maneja su estrés a su manera. Revisa papeles, habla por teléfono y averigua por hoteles. Nuevamente oigo que habla “del perro”, y sé perfectamente que se refiere a mí, a pesar de que mi nombre es Mango. “Reciben perros? “pregunta. 75 libras, dice, colgando el teléfono, parece que peso mucho. Y llama a otro; y a otro, y a otro.
“Los del área de Brickell tienen que evacuar, es mandatorio”, dicen en el noticiero.  Los llaman unos amigos a invitarlos a su casa, “con Mango incluido”, oigo. ¡Paseo!

Empiezan a empacar: el mercado, el agua, las latas, las galletas que ya van en menos de la mitad, mi comida, mi cama, unos padds supuestamente para que yo haga lo que tenga que hacer adentro de la casa. Esta gente está loca. Toda la vida ensenándome que adentro no, ¿y ahora pretenden que haga mis necesidades entre la casa? I don’t think so.

Llegamos donde los amigos. Jack, que se parece a mí, sale a saludar, pero me ladra apenas me ve. Ladra mucho, pero después de un rato nos volvemos amigos. La gente a mi alrededor sigue nerviosa. Cada vez más. Yo en cambio estoy feliz con Jack. Sigo sin saber quien es la tal Irma.
Los veo comer mucho, destapan botellas, y cantan. Parecen contentos, pero yo la conozco a ella: sé que está ansiosa, pobre. La conozco mejor que nadie. Por la noche, antes de dormir, alista una linterna, medio chiquita, pero ella cree que es la más potente del mundo y se siente protegida con ella, no entiendo por qué.  Si eso le da seguridad pues que duerma con su linterna, pero ahí estoy yo si me necesita.

De pronto, afuera  empieza a soplar el viento muy fuerte, y llueve. Llueve mucho. ¡Nunca había visto tanta agua en mi vida! El viento hace tanto ruido que parece que un avión estuviera sobrevolando encima del techo. Ya no cantan, ni comen, ni abren botellas. “Mango ven conmigo”, me dice ella, y yo corro a su lado. Ahora soy yo el que tiene miedo. Parece que llegó Irma.

Claustrofobia

Era tarde. El bullicio del día había dado paso a un silencio que acentuaba la desolación que sentían. Tendrían que despedirse de la madre, dejarla ahí, en esa sala desapacible con olor a incienso y flores. Solo una vela alumbraba el recinto, en una llama débil que titilaba y dibujaba las sombras de los objetos en la pared blanca del fondo.

Estaban cansados. Después de pasar todo el día en la funeraria ya era hora de irse a casa. Familiares y amigos habían desfilado uno tras otro para darle un último adiós a quien por tantos años había iluminado sus vidas. Palabras de afecto, de cariño; historias compartidas, recuerdos de juventud y de infancia. Preguntas curiosas, incómodas, imprudentes. Caras conocidas, pero sin nombre.

Se despidieron y se acercaron a la salida a tomar el ascensor. Era viejo pero amplio, con capacidad suficiente para albergar los ataúdes que entraban y salían de la funeraria. Cabían al menos 6 personas, así que otras 4 tuvieron que bajar las escaleras a pie. Entraron y marcaron el botón del piso G, que los conduciría al garaje. El cansancio y la tristeza se mezclaban en el ascensor, nadie hablaba, solo se oía el sonido de las cuerdas de acero al bajar. Eran solo 3 pisos. Tres cortos pisos que normalmente hacen el viaje en menos de 15 segundos.

De repente el ascensor se detuvo en seco, con un ruido agudo de cables tensionados que les paralizó el corazón del susto.  Se apagó la luz y quedaron en tinieblas. Quien estaba al lado del tablero encendió la linterna de su teléfono y oprimió el botón de alarma. Nada sucedió. Una vez más. Tampoco. Oprimió el 1, el 2, el 3; abrir puerta, nada. Estaban tranquilos. Ya alguien llegaría a rescatarlos, pero, ¿quién? A esas horas ya no habría empleados en la funeraria. Intentaron llamar a sus familiares que habían bajado por las escaleras, pero el celular no tenía señal. Golpearon la puerta, algunos saltaron, − ¿para qué carajos saltan?  −preguntó una mujer. ¿Creen que así se resuelve el problema? − Se acercaron a la puerta y la esforzaron tratando de abrirla, vamos, con fuerza, así. Lo único que lograron es que la luz entrara ahora por una rendija.
Los minutos pasaban. Como era un ascensor viejo el techo era bajito, como los fabricaban antes, y empezaron a sentir claustrofobia. Les faltaba el aire. −Tranquilos que los monstruos no existen, −dijo el niño menor, tratando de convencerse a sí mismo.  Cada uno manejaba sus miedos como podía. Ya llevaban 5 minutos; ¿o quizás eran 10?  De pronto entró una llamada en uno de los celulares. Era la hermana que había bajado por las escaleras. Estamos encerrados en el ascensor, ¡ayuda!, le alcanzaron a decir. Oyeron actividad afuera. −Ya vamos por la llave, gritó una voz de hombre joven−. Sintieron un forcejeo en la puerta; −la llave no funciona, traten de abrir la puerta desde adentro, indicó el hombre. −Ah, brillante, ¿cómo no se nos había ocurrido antes? Dijo alguien con la ironía de la desesperación. −A ver, los hombres que tienen más fuerza, pasen adelante y presionen hacia afuera−, como si las mujeres no sirvieran para nada. Lo que al joven le faltaba de sicología le sobraba en fuerza, así que después de unos 5 minutos más, ¿o quizás eran 10?, se abrió la puerta y entró una ráfaga de aire y de luz.

Al día siguiente, en el entierro de su madre, la anécdota de los 20 minutos de encierro en el ascensor, (¿o eran 30?), les serviría para romper el hielo con aquellas personas de cara conocida y sin nombre a quienes se les trababan las palabras al momento de dar el pésame.

La chica del bikini

Estaba estrenando bikini. Su piel canela, tostada por el sol, contrastaba con el azul y el blanco de su nuevo vestido de baño. Sabía que al caminar por la playa y escoger el lugar para estirar su toalla, sería el foco de la mirada del hombre que hacía tan solo tres días le había quitado el aliento.

Lo conoció en el bar del hotel una noche, habían tenido una conexión inexplicable, como si se conocieran de siempre, y conversaron muchas horas que fluyeron como las olas del mar que ahora tenía frente a ella. Lo volvió a ver en la playa al día siguiente, alto y bronceado, acompañado esta vez de una mujer. Le dijo adiós desde lejos.

Cada mañana al salir a la playa sentía que su mirada la buscaba, como ella buscaba la suya. Ese día se sentía linda: cuando se enciende por dentro la chispa del amor la mirada brilla. Y con su bikini nuevo se sentía una diosa. Se acomodó en la arena, y luego de un rato lo vio: estaba sentado como a 100 metros de ella, parecía absorto en su lectura, y nuevamente iba acompañado de la misma mujer.

Le hizo una seña con la mano, saludándola.  Ella le devolvió el saludo y siguió en lo suyo, en su libro, en observar la gente que pasaba alrededor. Ese día la playa estaba llena: familias con niños, parejas, hombres y mujeres solos, nadando o tomando el sol.  Se moría del calor y decidió meterse al mar. El agua estaba cálida pero refrescante. Nadó un poco sin perder de vista la toalla y sus cosas, consciente de que la corriente la arrastraba. Quiso nadar un poco más, y de repente una ola la revolcó muy fuerte y acabó en la orilla a la vista de todos, con el pelo revuelto y lleno de arena y ¡sin la parte de abajo de su bikini!

No podía pensar, todo sucedió muy rápido, miró a su alrededor y no vio nada. Ni rastros del calzón azul del nuevo bikini.  Lo único que le importaba era si el hombre del bar la estaba mirando. Normalmente era poco pudorosa cuando se trataba de quitarse la ropa, pero no era esa precisamente la imagen que quería que él tuviera de ella.

Se sentó con las piernas estiradas en la orilla, tratando de arreglar un poco su dignidad y su pelo alborotado. No podía levantarse así; ya no quedaba nada del glamour de su entrada triunfal a la playa con su espléndido bikini azul y blanco unas horas antes.

Los minutos pasaban eternos, los niños la miraban con curiosidad, aunque desde atrás solo se insinuaba una breve línea que seguramente alguna vez le habían visto al plomero en su casa cuando se agachaba a arreglar una tubería. Respiró profundamente mirando hacia el horizonte, fingiendo una tranquilidad de la que carecía.

Cualquier persona pensaría que en una situación así la gente se muestra solidaria. Pero pasaban los minutos y nada sucedía. Hasta que de pronto sintió una toalla en sus hombros y una voz dulce de mujer que le decía: – “Veo que perdiste tu vestido de baño, no te preocupes, puedes usar esta toalla”-.  Giró su cabeza para ver que la voz de la mujer pertenecía a la compañera del hombre del bar.