Leer para salvarse

Todos los sábados Karen Castro se dedica a leer cuentos a los niños y jóvenes del barrio Villa Mady, al sur de Sincelejo. Con sus 30 años, —que parecen 20—, Karen lidera un club de lectura para  grupos entre 3 y 16 años. Empezó a estudiar sobre promoción de lectura, e impulsada por el recuerdo de su abuela, quien era docente y tenía un gran espíritu de servicio a los demás, llegó a Villa Mady con el objetivo de fomentar el gusto por los libros.

Betty de la Torre, líder comunal del barrio, y quien le había ayudado a pedir los permisos y conseguir un lugar para la actividad, salió ese primer día con un megáfono por las calles invitando a que los niños fueran a leer. Llegaron pocos, pero el sábado siguiente le llegaron 41. Hoy en día, desde hace dos años, tiene más de 140 niños y jóvenes en 4 barrios de Sincelejo.

Karen considera que muchas de las diferencias que existen entre la educación pública y privada en Sucre, el departamento donde vive, se debe a la falta de estímulo que reciben los estudiantes después de las clases. Como profesora de la primera infancia, en la escuela donde trabajaba les reforzaba a los niños la lectura en las tardes, pero se dio cuenta de que en los barrios más pobres, era casi imposible que los niños recibieran un estímulo así. Por eso tomó la decisión de hacerlo ella misma.

Villa Mady es uno de los barrios más vulnerables de Sincelejo, sumergido en altos índices de pobreza y delincuencia, altas tasas de deserción escolar en los jóvenes; pandillismo y drogadicción. Karen sabe que no puede hacer mucho para revertir esa situación, que tiene causas complejas y que desafortunadamente es una realidad social que se vive en muchos barrios de Colombia. Lo que ella sí cree, es que puede marcar la diferencia en la vida de muchos niños y jóvenes que pueden aprovechar sus ratos de ocio leyendo una buena historia. Para ella, fomentar el amor por la lectura se ha convertido en su principal propósito.

Tiene varios grupos divididos por edades, y escoge libros de cuentos o novelas según el grupo. Trata de escoger historias que tengan un enfoque en valores, inclusión, tolerancia y respeto, para darles herramientas que ellos puedan después aplicar en su vida.  Los libros los saca de la biblioteca, aunque también recibe donaciones de personas que quieren apoyar su iniciativa.

La dinámica es sencilla: todos leen en grupo y luego analizan lo que leyeron. Karen los anima a que participen, les hace actividades, juegos, y les da incentivos.  Para los más grandes Karen escoge novelas y biografías de personas que han luchado a punta de trabajo y esfuerzo a llegar lejos; busca que los libros que leen los inspiren y los invite a soñar.  Lo que mas les gusta a los jóvenes es a partir de los finales de cada texto que leen, escribir finales distintos.  “Es fascinante ver la creatividad de los jóvenes, es muy divertido ver el rumbo que toman las historias, todos inventan algo distinto, y muchas veces dejan en sus escritos situaciones que ellos mismos quisieran vivir en sus vidas”, —dice Karen emocionada.

Es difícil medir el impacto que su club de lectura ha tenido en estos barrios. Lo que Karen si sabe es que ha logrado interesar a muchos a leer y aprender más. El club les ha ayudado a afianzar su capacidad de entender textos y eso les ayuda con otras materias que toman en la escuela. Cuando quieren dejar de estudiar para dedicarse a trabajar, Karen los anima, los impulsa a que estudien y se preparen para la vida. El club también les ha dado la posibilidad de emplear su tiempo libre en una actividad sana y positiva, alejándolos de los vicios.

Ha tenido sus detractores, y algunos jóvenes han tratado de sabotear su iniciativa. Pero Karen es fuerte y sigue esforzándose cada semana para seguir llevando a los barrios un día de alegría y una vida de propósitos a través de la magia de los libros.

La cancha de la alegría: la reconstrucción de un sueño

Yoander tiene 13 años y su pasatiempo favorito es jugar fútbol con sus amigos. Juega de delantero o medio campista, y con una amplia sonrisa me cuenta que es el que mete los goles y el que arma las jugadas. En las tardes cuando sale de estudiar, luego de hacer sus tareas, se reúne con sus amigos en la cancha del barrio.

Hasta hace unos pocos meses en el barrio Olaya Herrera en Cartagena de Indias, la cancha deportiva donde Yoander y sus amigos juegan se inhabilitaba cada temporada de lluvia, con inundaciones que alcanzaban casi un metro de altura. En esas aguas estancadas, llenas de mosquitos y hasta culebras, era imposible jugar cualquier cosa.  Como Yoander, cientos de niños no tenían un espacio donde jugar, no solo fútbol, sino kickball, o basketball, o simplemente saltar lazo, o montar en bicicleta. Las calles de su barrio, sin asfaltar, también se inundan. En un barrio donde viven más de 500 personas, casi la mitad de ellas menores de 18 años, la única cancha deportiva parecía una piscina. Tenían que ser pacientes y esperar a que pasaran las lluvias, entre 4 a 6 meses, para poder volver a tener la ilusión de meter goles o canastas.

Graciela Almeida, vive en ese mismo barrio hace más de 7 años. Su casa está enfrente de la cancha, y con dos hijos pequeños, vivía frustrada porque no tuvieran un espacio donde jugar. “La mitad del año los niños no tenían a donde ir”, —dice Graciela. “Yo me preocupaba porque ellos salieran lejos de la casa a buscar donde jugar. Este es un barrio inseguro, y en ocasiones algunos jóvenes se dedican a las pandillas. Yo no quería que mis hijos estuvieran expuestos a eso”.

La preocupación de Graciela era compartida por muchas madres. Pero por más cartas que mandaban a la alcaldía de la ciudad para que les solucionara el problema, la ayuda no llegaba. “El Olaya Herrera siempre ha sido un barrio abandonado por el gobierno”, —dice Graciela con tristeza. Hasta que un día compartió su frustración con Andrea Villegas, su empleadora en la ciudad amurallada de Cartagena.  A los pocos días Andrea visitó la cancha y asumió como un proyecto personal ayudarle a Graciela y su comunidad. Lo primero fue insistir en la alcaldía y ante la empresa Aguas de Cartagena para que drenaran y secaran la cancha.

Unas semanas después la cancha estaba seca, pero totalmente desbaratada; había que arreglarla. Con el liderazgo de Andrea, la alcaldía fue a ver en qué condiciones estaba la cancha, tomaron fotos, y estimaron el costo para arreglarla: una suma exorbitante que se salía de la lista de prioridades de la entidad gubernamental. Andrea comprendió que era más factible solucionar el problema movilizando a la comunidad misma, a la empresa privada y fundaciones que conocía. Devolverles a los niños la alegría de jugar, se convirtió en su obsesión.

Con la ayuda del maestro de obra José Gregorio Torres, se armó un equipo de unas 10 personas con habilidades en construcción; el arreglo de la cancha se tornó en un propósito y un proyecto común. Durante 9 meses, de lunes a sábado los constructores trabajaron sin descanso, y los domingos, hombres mujeres y niños voluntarios, limpiaban y recogían escombros. Graciela y otras mujeres cocinaban para los trabajadores; iban recogiendo donaciones de alimentos para hacer un gran sancocho que alcanzara para todos.

Para evitar que se inundara de nuevo el maestro decidió subir la cancha 1 metro de altura y hacer nuevos cimientos.   La obra se llevó a cabo con todas las garantías de seguridad industrial: se repartieron sombreros, guantes, gafas a los empleados. Varias empresas y fundaciones donaron los materiales, el techo, la pintura.

Para la inauguración, el barrio se vistió de fiesta: la gente hizo banderines de colores, empanadas, algunas empresas donaron comida, balones de fútbol. Fue el Tino Asprilla, futbolista colombiano ídolo de tantos niños. Jugó con ellos, firmó balones. Se organizaron bailes, entre ellos mismos armaron la coreografía, escogieron la música y crearon los vestidos. Se vio el talento escondido de las niñas y jóvenes del barrio.

La cancha de la alegría tiene un gran significado para el barrio. Es tener un espacio donde los niños y jóvenes pueden jugar. Donde las mujeres pueden hacer ejercicio temprano en la mañana. Donde los niños aprenden a montar en bicicleta. Pero significa también tener un propósito común, trabajar con entusiasmo y en equipo para conseguirlo. Significa también organizarse como comunidad, hacer turnos, respetar horarios; cuidar la cancha y mantenerla limpia.

La lección más importante que se recoge de esta historia es el poder de la comunidad de buscar soluciones conjuntas, de unirse y luchar por un sueño. Es la dedicación de todo un barrio, que, con el liderazgo de Andrea Villegas, lograron sacar adelante el proyecto. “No dejes que nadie te robe la alegría”, está escrito en una de las paredes de la cancha. Y es esa precisamente la idiosincrasia de los colombianos: asumir los retos con tesón y optimismo. Este es un ejemplo de una iniciativa positiva, que surge en una cancha deportiva, y se traduce en la unión de voluntades. Es un ejemplo de lo que los colombianos podemos llegar a hacer y a ser.

Para Andrea, la satisfacción de ver las sonrisas de los niños es su mejor recompensa: “Las sonrisas de los niños y niñas lo dicen todo. Y el entusiasmo de los adultos también”. La ilusión de arreglar la cancha se trasladó al deseo de ver sus casas más bonitas. Algunos pintaron. En navidad decoraron los árboles en las calles. La cancha de la alegría le dio visibilidad al barrio, la alcaldía arregló las calles. Ahora los habitantes ven su barrio con orgullo y se sienten empoderados. “Juntos podemos cumplir nuestros sueños”, afirma Graciela con orgullo.



#SomosColombia

El alma de Palermo, Sicilia

Los mercados representan para mi una de las mejores formas de sentir el alma y conocer la cultura de un pueblo: allí confluye su idiosincrasia. El mercado de Ballaró en Palermo, Sicilia, no es la excepción; es un lugar vibrante, donde se hace palpable la atracción de los italianos por la gastronomía y donde se oyen los gritos de los vendedores anunciando su oferta y los regateos de la gente tratando de ahorrarse unos centavos. Es también el lugar donde converge su historia pasada y reciente.

Allí conocí a Luigi, un siciliano de unos 50 años que vende frutas y verduras desde hace 31 años, “la mia vita è a Ballaró”, dice sin esconder su orgullo. Pasé por su puesto de venta a mediados de junio, cuando la cosecha de frutas y verduras es más abundante en colores y sabores; duraznos y melocotones de toda clase de formas y tamaños, tomates en su rama, melones, coliflores, berenjenas, enormes sandías, aceite de olivas en modalidades que yo ni siquiera sabía que existían. Luigi cultiva sus productos cerca de Palermo, pero también les compra a otros proveedores. Su oferta se ve fascinante a pesar de que me dio a probar solo un tomate, que yo degusté a mordiscos como si fuera una manzana. ¡Ah, los tomates sicilianos! I migliori pomodori, como dice Luigi con absoluta razón.

Además de encontrar deliciosas frutas, especies, verduras, pescados y demás, los mercados son en muchos casos el centro económico del pueblo y un reflejo de sus problemáticas sociales. En el caso de Palermo una de las más complejas es la migración. Luigi me cuenta que tradicionalmente en Ballaró se ha visto la misma gente, los mismos vendedores que heredan el oficio de generación en generación, pero en los últimos tiempos se han ido sumando inmigrantes africanos (aunque también de India, Pakistán o Bangladés). Llegan a Sicilia huyendo de situaciones de pobreza, violencia, y persecuciones políticas, con la esperanza de tener una vida mejor a la que dejaron.

Muchos inmigrantes del África subsahariana llegan a Sicilia por la ruta de Libia, algunos incluso pasan un año entero en ese trayecto y se ven enfrentados al paso del estrecho entre Libia y Sicilia que es de los más peligrosos del Mediterráneo. Muchos no llegan a cumplir su sueño de formar una nueva vida en Italia.

Viven alrededor del mercado y se han dedicado a vender productos de su tierra de origen, ampliando la oferta, pero sumando a una problemática social que no es fácil para las autoridades de manejar. La economía se mueve de manera muy informal, dando espacio a que no solo los inmigrantes lleguen, sino también la mafia. Porque no se puede hablar de Palermo sin hablar de la mafia. Y en un ambiente de poca regulación, -como lo es Ballaró- la mafia se aprovecha de los recién llegados refugiados para desarrollar sus actividades ilegales, como el contrabando. Además de los productos frescos en Ballaró se pueden conseguir teléfonos, televisores, juguetes, y otros artículos para el hogar que según Luigi antes no se conseguían.

Quizás el mercado de Ballaró no es el mismo que el de hace 31 años cuando Luigi empezó a comercializar sus frutas y verduras. El Ballaró de hoy es un microcosmos de lo que es actualmente Sicilia: una sociedad globalizada que ha logrado conservar su identidad y sus costumbres, a pesar de las oleadas migratorias que siguen llegando.

Me hubiera gustado volver a visitar a Luigi, pedirle que me presentara a su gente, comprarle más tomates y aceite de oliva. Me pasa que nunca parece ser  suficiente el tiempo que le dedico a los lugares que visito, y desafortunadamente en esta ocasión estaba de paso por Palermo y no pude volver; pero alcancé a agradecerle su conversación, reiterar que los mercados son de mis lugares favoritos, y comprobar que los tomates sicilianos son ¡los mejores del mundo!

Palermo, Sicilia

Palermo, Sicilia

 

 

Joyas del Mar Egeo

Visitar Santorini y Mykonos es perderse en el laberinto de calles empedradas; es contemplar el azul transparente del mar Egeo y su contraste con las fachadas blancas con techos azules y buganvillas fucsia. Es entrar en las tabernas, cafés y bares, y caminar sin descanso entrando en las pintorescas tiendas, tratando de evitar que la cantidad de turistas que visitan las islas se cuelen en las fotos que vamos tomando. Es contemplar puestas de sol de ensueño, y es también explorar las islas, ojalá en moto para poder sentir la brisa en la cara a la vez que contemplamos el paisaje cambiante del mar y las montañas.


Fue en esa exploración que encontramos en Mykonos la finca orgánica de Vioma, cerca del pueblo de Anomera. Una joya escondida alejada del tumulto y la algarabía del pueblo donde tan pronto uno llega lo recibe una hermosísima música clásica que parecería ser parte del proceso de cultivo de la uva. En Mykonos la tierra es árida, solo 11 pulgadas de lluvia al año y por eso resulta tan increíble encontrarse con ese pedazo de verde en un paisaje de colores tierra. Vioma ofrece wine tastings y deliciosos platos con productos orgánicos cultivados en la finca, en un lugar abierto y con vista al viñedo. Nikos, el dueño del lugar salió de Atenas hace más de 20 años para cumplir su sueño de producir vinos orgánicos. No usan pesticidas y para mantener las viñas se valen de las ovejas que se comen las hierbas.

Santorini también ofrece vinos muy buenos y los viñedos con el mar Egeo como escenario son muy especiales. La isla de Santorini se formó como resultado de la erupción de un volcán hace miles de años, y esa tierra volcánica produce unos vinos secos con fragancias únicas que no tienen otros vinos. Las matas son distintas a las que habíamos visto en otros lugares, las podan bajitas, casi a ras del piso para protegerlas del viento que en esta isla puede llegar a ser muy fuerte y para aprovechar la poca agua que cae. Visitamos dos cultivos, Boutari y Gavalas, ambos con paisajes increíbles y con deliciosos vinos.

A cada lugar que viajo sola o con mi familia, siempre buscamos una librería. En Santorini, en Oía, nos encontramos con una pequeña joya que puede llegar a ser la librería más especial que he visto en mi vida. En el 2002 un par de amigos ingleses recién graduados visitaron Oía y a uno de ellos se le terminó el libro que estaba leyendo. Fueron a buscar una librería y no encontraron ninguna. Decidieron abrir Atlantis Books y 16 años después son parte de la comunidad y cuentan con un acogedor espacio lleno de libros en varios idiomas, clásicos y primeras ediciones que no bajan de $3,000 Euros. Encontré títulos fascinantes de historias griegas que me ayudarán a conocer más ese maravilloso país que me dejó fascinada por su historia, por su gente y su forma de vivir la vida.

Una de las cosas que más me llamó la atención en Mykonos es la cantidad de iglesias y capillas que hay (!además de gatos!). Dicen que en total hay 365 Iglesias católicas y ortodoxas, pero paseando por la isla se pueden llegar a ver cientos de capillitas privadas construidas al lado de las casas. Dicen que originalmente estas Iglesias las construían las familias de marineros para dar gracias por haber regresado a salvo. Hoy en día son símbolo de afluencia y son utilizadas en muchos casos para guardar los restos de los familiares fallecidos.

Soy cazadora de atardeceres. Y en Santorini he visto los más especiales del mundo. Lo lindo es ver cómo las puestas de sol son una fiesta: los turistas salen a los balcones, se reúnen en las plazas o identifican el mejor lugar al borde de la carretera para presenciar un espectáculo que quita el aliento. Un sol inmenso que viste el cielo de tonalidades naranjas que se refleja a su vez en el mar. Al momento justo en que el sol se oculta por completo, la gente aplaude y chifla emocionada.

El historiador de la calle

Hay personas que nacen con don de gentes, como Carlos Julio. Conversador, amigable y lleno de anécdotas para contar, el historiador de la calle, como a él le gusta que lo llamen, es un hombre que no conoce la timidez. Tiene 59 años, una sonrisa desdentada, y desde hace más de 15 años es una de las guías históricas del centro de Bogotá.  Está en una silla de ruedas porque sufre de reumatismo y le cuesta trabajo caminar. Llega a la Plaza de Bolívar todos los días a las 8 de la mañana y ofrece sus servicios a los turistas y estudiantes de colegios locales que van a conocer y aprender más sobre la historia de la capital.

Es un ávido lector, aprendió la historia de Colombia leyendo todas las obras completas de José Enrique Rodó, un escritor uruguayo que escribió sobre la conquista española; también aprendió oyendo las crónicas de los políticos que trabajan en la zona y se detienen a conversar con él, y leyendo los periódicos que la gente deja encima de las mesas de las panaderías cercanas. Escucho la crónica de Carlos Julio con interés, habla con pasión sobre la independencia de Colombia, el asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, la toma del Palacio de Justicia; pero lo interrumpo y le digo que prefiero que me cuente sobre su vida.

Tenía 13 años cuando se fue de su casa. Estudió en la escuela hasta séptimo grado. Vivió en la calle y se volvió adicto a las drogas. “Vivir en la calle es duro, —me dice—, es un círculo del que es difícil salir. Yo era invisible porque vivía aislado, no robaba ni le hacía daño a nadie.  Me ganaba el pan diario reciclando material”. Cuando tenía 20 años decidió irse de Bogotá y llegó a San José del Guaviare, donde trabajó en una plantación de coca recogiendo las hojas que se transformarían después en cocaína. Estuvo tres años, cuando aún el negocio de la droga no era tan perseguido ni generaba tanta violencia. Vivía feliz en medio de la selva, rodeado de naturaleza. Metía cocaína y también “hacía viajes”, como me explica, con hongos alucinógenos.

Regresó a Bogotá y vivió de nuevo en la calle: primero en el Cartucho, luego en el Bronx, submundos de la capital colombiana donde la criminalidad y el terror eran el orden del día. Se dedicaba al reciclaje de papeles y botellas, como muchos de los habitantes de estas zonas. Sobrevivía al ambiente de miedo y zozobra permanente que se respiraba consumiendo bazuko y marihuana. Un día un grupo de hombres que estaban haciendo “limpieza social”, según sus palabras, le dieron una paliza tan fuerte que lo dejó sin dientes.  Ese episodio fue una voz de alarma para él; decidió irse de allí, trabajar más en el reciclaje para poder pagar una pieza, y dejó de consumir drogas.

Se dedicó a leer y a estudiar. Uno de los funcionarios públicos que trabaja en el centro de la ciudad lo vio leyendo a Nietzsche un día y le preguntó qué le gustaba leer. A partir de entonces le fue llevando libros que Carlos Julio devoraba con rapidez. Leía sobre todo historia y filosofía. Empezó a trabajar como guía histórico y se dio cuenta que la gente lo escuchaba con interés. Hoy en día se dedica de lleno a eso, sigue leyendo mucho, y las donaciones que recibe le alcanzan para pagar una habitación y alimentarse diariamente. “La gente es muy amable. Los extranjeros se interesan mucho. Les hablo también de temas de actualidad”, dice.ç

Vivir en la calle y darse cuenta las penurias por las que pasa mucha gente le ayudó a tener una conciencia más humana. Se ha vuelto más espiritual, dice que las cosas materiales no le interesan. Le importa el saber y estar en paz consigo mismo y con Dios. “Yo le pido a Dios que me ayude a aportarle algo a la sociedad. Conversar con la gente, animar a los jóvenes a que lean y estudien, y cuidar la naturaleza son cosas que hago y me generan bienestar. Lo que uno lanza al universo, se le devuelve, es cuestión de energía, por eso hay que tener buenos pensamientos y buenas actitudes”, explica Carlos Julio.

Tuve el privilegio de conversar con el historiador de la calle unos 45 minutos, rodeados de palomas que por momentos interrumpían nuestra charla con su aleteo. Hablamos también de política, del futuro del país y de la humanidad. Un personaje fascinante que hace parte del patrimonio cultural de Bogotá, y que contribuye a la construcción de la memoria histórica de la ciudad.

¡No dejen de saludarlo cuando pasen por la Plaza de Bolívar!

 

Con el dolor prendido al alma

El día que mataron a su hijo Rosa estaba recogiendo café. Uno de sus ayudantes en la finca le avisó que lo habían asesinado de un tiro a la entrada de su casa. Rosa dejó el canasto lleno de cerezas de café y corrió con todo lo que le daban sus piernas de 74 años para ver lo que había pasado. Su hijo estaba con los ojos abiertos mirando al infinito cuando ella lo vio tirado en el suelo.

Les habían llegado amenazas desde hacía varios meses, pero ni ella, ni su esposo, ni su hijo pensaron que fueran verdad. Su familia era trabajadora, no molestaba ni se metía con nadie. Samaná, un municipio al oriente del departamento de Caldas en Colombia, donde la energía de los ríos, las cascadas y montañas se siente tan pronto uno llega, convivió por muchos años con la presencia de la guerrilla y los paramilitares que amedrentaban a la población.

La familia de Rosa se dedicaba a cultivar su tierra y vender los granos de café en la cooperativa más cercana. Los paramilitares les exigían pagar una “vacuna” y si no lo hacían eran vistos como simpatizantes de la guerrilla.  Ellos nunca cedieron. De vez en cuando jóvenes en uniforme y botas se acercaban a su casa pidiendo comida. Rosa no sabía a que bando pertenecían, y los sentaba en su mesa y les preparaba algo de comer.  A su hijo lo mataron los paras porque pensaban que estaba ayudando a la guerrilla, pero en realidad él lo único que hacía era ayudar a sus padres en la finca. Han vivido del café desde hace décadas, y es el único oficio que la familia sabe hacer.

A Rosa se le llenan sus azules ojos de lágrimas cuando cuenta su historia.  Los surcos de su cara y sus manos arrugadas dan fe de toda una vida de trabajo en el campo. Su casa está rodeada de unas imponentes montañas adornadas con cafetales y árboles frutales. Es una construcción humilde, pero hermosa e impecable. Me ofrece café con panela y arepa en una pequeña cocina con estufa de carbón, donde las ollas colgadas en las paredes son tan relucientes que parecieran alumbrar la estancia.  Al recorrer su casa se ve que Rosa ha puesto un especial esmero en la decoración: las camas llevan mantas de colores, hay repisas con muñecas y figuras en plástico de personajes animados, un niño Jesús, afiches del Barça. En el centro de la mesa donde nos tomamos el café hay un pequeño recipiente con flores amarillas recogidas de su jardín.

Su esposo tiene 91, y al igual que ella todavía trabaja en sus cafetales. Cuando pregunto por él me dice que lo busque en la montaña, donde está cuidando sus plantas.

Rosa es una mujer valiente. Asumió la muerte de su hijo con entereza, y con el dolor prendido al alma decidió quedarse en su tierra, al contrario que muchos de la región que salieron desplazados como consecuencia del conflicto y la violencia (De 26,000 habitantes de Samaná, el 90% fue víctima del conflicto armado). Rosa se quedó en su casa, trabajando en lo que le ha dado de comer por tantos años. “Lo único que sé hacer es sembrar café”, me dice. “Seguiré en esta tierra hasta que me muera o me maten como a mi hijo”.

Hoy, en el Día Internacional de la Mujer dedico esta nota a Rosa y a todas las mujeres que como ella trabajan en las zonas rurales de Colombia. Por su valentía, su dedicación y entrega al trabajo, a su tierra y a sus familias. Mujeres que viven en regiones marginadas donde el apoyo del Estado nunca llega. Por ellas se justifica celebrar un día como éste.

Camboya, el país de las sonrisas

” Bienvenida al país de las sonrisas”, me dijo la primera persona que me saludó cuando aterricé en Siem Reap, Camboya. Pensé que lo decía por simple cortesía, pero me dí cuenta después que tenía razón: la gente es muy hospitalaria, le preguntan a uno todo el tiempo cómo está, son atentos, amigables, conversadores, y sonríen con una gran facilidad.

Al visitar Camboya es inevitable recordar los períodos más amargos de su historia. Veinte años de guerra civil dejó a la población devastada y con una huella de dolor imborrable. Más de 1 millón de personas fueron asesinadas durante el régimen del Khmer Rouge, entre 1974-79. Torturas, ejecuciones, trabajo forzado, eran prácticas comunes durante esos años.  Las nuevas generaciones no hablan mucho de la guerra, pero sus padres si, y a pesar de que ellos también sonríen, se les nota el dolor en sus miradas.

Siem Reap es una ciudad pequeña de grandes contrastes: inmensos resorts que afean las avenidas, cientos, miles de motos que se abren paso entre el tráfico de la ciudad, venta de comida local en las calles y grandes restaurantes que anuncian una oferta de gastronomía francesa muy llamativa. Spas de todo tipo, templos budistas o hindúes, bazares que ofrecen miles de baratijas, y una vida nocturna muy activa, con bares, música y mercados nocturnos. Puede llegar a ser una ciudad caótica, pero es un caos fascinante y lleno de vida.

Pero la principal razón por la cual los turistas llegan a Siem Reap son los templos de Angkor, que son patrimonio de la humanidad. A solo 15 minutos de la ciudad se encuentra uno de los complejos de templos religiosos más grandes e imponentes del mundo. El tuk-tuk es la forma preferida de los visitantes de llegar a ellos, y en mi caso también fue la mejor opción porque le podía decir a Ly, nuestro amable conductor, que se detuviera cada vez que veíamos algo que llamara nuestra atención para verlo de cerca y conversar con la gente que nos encontrábamos a nuestro paso, con ayuda de su traducción.

De todos los templos el más importante es Angkor Wat, ícono de la cultura de Camboya. Ahí llegamos al atardecer el primer día que lo visitamos y nos tocó presenciar los colores anaranjados de la puesta del sol frente al majestuoso templo que fue construido en el siglo XII en homenaje a los dioses hindúes. Al otro día volvimos al amanecer para verlo con otra luz y otra perspectiva. Ly nos llevó por un camino donde los turistas poco transitan, porque desde antes del amanecer el templo es muy concurrido. Caminamos en silencio por un inmenso bosque oscuro donde solo se oían los sonidos de los animales nocturnos. Con una pequeña linterna nos iluminamos el paso hasta llegar al templo. Allí esperamos un buen rato hasta que tuvimos el privilegio de ver y sentir la salida del sol y cómo las cúpulas de Angkor Wat iban apareciendo en el cielo y reflejándose en el lago del frente.

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Del total de templos que visitamos mis favoritos fueron, además de Anwkor Wat, el Templo de Ta Phrom, un complejo cuya construcción se ha insertado con el paso del tiempo en la naturaleza, en las raíces de inmensos árboles que abrazan literalmente las torres y embellecen y hacen único el lugar.  El Templo de Bayón, me gustó mucho porque tiene unos rostros inmensos grabados en sus torres, Budas que parecen mirarnos directamente a los ojos y que transmiten serenidad, y relieves de escenas que nos llevan a imaginarnos una época distante y lejana.

Al otro día atravesamos campos de arroz, entramos a mercados locales, vimos cómo vive la gente. Las casas son construidas en su mayoría en madera y bambú, levantadas del piso por altos pilares que las protege de inundaciones. La gente posee pocos muebles, y los interiores son espacios abiertos, sin privacidad. Duermen en esteras en el suelo, y comen en unas tarimas de madera sentados igualmente en el piso. Tienen estufas de carbón y baño en la parte de afuera de las casas. Hay un gran desapego por las cosas materiales, es la manera como han vivido siempre, como nos dijo uno de ellos: “nuestra gente se satisface con poco”.  En muchos sectores aun no hay electricidad, y el alcantarillado llegó solo hasta hace poco. Pero a pesar de eso la gente sonríe; sonríe cuando habla y comparte aspectos de su cultura.

Seguimos nuestro camino y llegamos a la comunidad flotante de Kampong Phluk, en el lago de Tonle Sap. A una hora de camino de Siem Reap se encuentra este pueblo en el que viven aproximadamente 600 familias, (3,000 personas). Para llegar hasta allá hay que tomar un bote; las familias hacen parte de una asociación que les permite tener una pequeña embarcación para transportarse. La comunidad tiene alcaldía, policía, escuela primaria y secundaria. Muchos de los niños que van a la escuela no terminan porque se retiran para poder trabajar y ayudar a sus familias. Para los maestros no es fácil desplazarse hasta estas comunidades, por lo que faltan mucho a clases, lo que genera un problema. Desafortunadamente dentro de la misma comunidad no hay suficientes maestros calificados que puedan atender a los estudiantes.

Las casas son altas, con pilares de 6 a 8 metros de altura, para estar preparados cuando sube el agua en épocas de lluvias y monzones. La mayoría de familias vive de la pesca, y muchas mujeres se dedican a la venta de productos de toda clase en los mercados flotantes.

Muchas experiencias nuevas e inolvidables vivimos en Camboya. Pero lo que más me gustó fue la gente: sus historias, su manera de relacionarse con los visitantes, y sus sonrisas, esa alegría genuina que nos enseña que a pesar de las dificultades siempre habrá motivos para sonreír.

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Singapur, de pueblo pesquero a país del primer mundo

Cuando visito una ciudad, o un nuevo lugar, trato de adentrarme en su alma lo más que pueda, caminando por las calles, hablando con la gente, “viviendo” el lugar más allá de recorrer los lugares señalados en las guías turísticas. Y eso hice en Singapur en una visita reciente. Había estudiado el caso de este Tigre Asiático cuando estaba en la universidad estudiando relaciones internacionales en los años noventa, y el caso de Singapur servía de modelo de desarrollo para América Latina. Por mucho tiempo le seguí el rastro: me lo encontré en las listas de países con más alto ingreso per cápita, con mejores índices de educación, seguridad, y con los índices más bajos de corrupción. Pero solo hasta ahora pude visitarlo, recorrerlo, sentirlo.

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En agosto de 2015 Singapur celebró sus 50 años de independencia.  Hoy en día es uno de los puertos comerciales más importantes del mundo, uno de los países más ricos, y uno de los menos corruptos de acuerdo a Transparencia Internacional. Los servicios de transporte, salud, educación y vivienda son altamente eficientes. En las calles llama la atención el orden, la limpieza, el espacio público, y la sensación de seguridad. Singapur pasó de ser un país subdesarrollado, un pueblo pesquero de Malasia, a ser un país del primer mundo, en una sola generación.

Lo que hizo bien el gobierno, liderado por Lee Kuan Ywe, −que gobernó desde 1965 hasta 1990−, fue invertir en infraestructura y educación, movilizar a una clase trabajadora y fomentar una clase media cada vez más educada y disciplinada hacia los objetivos de desarrollo económico del país.

Los éxitos económicos estuvieron acompañados de leyes restrictivas a las libertades individuales, de leyes draconianas y castigos fuertes para quienes las infringieran.  Pero en ningún momento la gente se sublevó para que hubiera una mayor liberalización por parte de gobierno. Al contrario: las clases medias fueron las que apoyaron el autoritarismo porque eran las más beneficiadas. Había tanta dependencia del Estado que no tuvieron la autonomía para impulsar una mayor democratización (El Partido de Acción Popular, de centro-derecha, ha estado en el poder durante 52 años).

Después de la independencia de 1965, uno de los retos del gobierno fue la construcción de una nueva identidad de Singapur como nación. En la construcción de un nuevo país primó el pragmatismo por encima de todo, como un principio que guiaría todas las políticas gubernamentales.  Gracias a ese enfoque, Singapur logró sobrevivir como un país joven, estable económica, social y políticamente.

Como parte de la narrativa de construcción de una nueva identidad, el gobierno influyó en la educación de los niños y jóvenes inculcando valores fundamentales que han contribuido a diseñar el nuevo país: disciplina personal, cooperación, respeto al otro, integridad, honor, deber cívico. Una sociedad donde la meritocracia juega un papel sustancial en todas las esferas. La visión del partido después de la independencia fue crear una cultura ciudadana basada en la búsqueda de la excelencia. Le pregunto a la gente cómo se definen, para ver si concuerda con esa narrativa creada por las autoridades, y me responden en términos muy prácticos: se definen como gente muy trabajadora. Los singapurenses valoran la diversidad. Coexisten con varias razas y religiones, gracias en gran medida al modelo de vivienda urbana que les permite convivir en comunidad.

En la mayoría de países los jóvenes suelen ser críticos del establecimiento. En muchos casos son ellos quienes buscan retar al status quo pensando en que siempre hay cosas que se pueden cambiar y se pueden hacer mejor. No en Singapur. Conversando con la gente joven percibo que en general están satisfechos con sus líderes, con la cultura política; creen en las instituciones y confían en ellas. Piensan que al gobierno lo mueve un genuino interés por su pueblo (felices ellos), y aunque sí preferirían tener menos restricciones individuales, aceptan la situación. A la gente le importa la democracia, pero no sufren porque no haya libertad de prensa o libertad de expresión. El éxito para los singapurenses está concebido en términos económicos, aunque la mentalidad está cambiando. Ya la plata no es el único factor.

El arte y la música eran actividades que hasta hace poco estaban relegadas a un segundo plano, pero eso está cambiando. Las nuevas generaciones buscan carreras más alternativas, distinto al caso de la generación de sus padres y abuelos a quienes les tocó vivir periodos difíciles, e impulsaba que sus hijos siguieran carreras que les garantizaría un relativo éxito económico: medicina, abogacía, ingeniería. Las artes, la música, los deportes eran muy poco fomentados. A partir del 2000 el gobierno empezó a ofrecer nuevas opciones a los jóvenes en éstas áreas.

Hay muchas cosas que llaman la atención de los visitantes de esta ciudad/estado. La limpieza, el orden, los parques, la cantidad de árboles sembrados. El desarrollo se nota en los rascacielos, en los modernos diseños arquitectónicos, en el urbanismo, en la conciencia de sostenibilidad ambiental que existe. Los bosques y parques están unidos por 9 kilómetros de puentes colgantes donde la gente puede salir a caminar o correr, y deleitarse con el paisaje verde y los animales.

Llama la atención también los cientos de edificios de vivienda pública (85% de la gente vive bajo ese modelo); son grandes edificios que reúnen a diversas comunidades de distintas nacionalidades y razas, cuyo modelo precisamente ha contribuido a desarrollar la aceptación y la tolerancia de la gente. Estas comunidades cuentan con todo lo que necesitan a 5 km a la redonda: tienen centro de actividades, supermercados, lavanderías, y por supuesto centros de venta de las más deliciosas comidas locales. Los llamados hawker centers, son lugares donde se puede comer económicamente y muy bien. Los estándares de limpieza son muy altos, pues están sujetos a una calificación del gobierno que les da un grado de A, B, C, o D, dependiendo del nivel de higiene, y cada local debe postear esa calificación a la entrada. No vi ni uno solo que no tuviera A o B.  En cuanto a prácticas religiosas,  en una misma cuadra uno puede encontrar un templo budista, una Iglesia metodista, una católica, y un templo hindú.  Ese hecho habla mucho de la diversidad del país y del respeto y la tolerancia en que viven.

Y por supuesto también llama la atención la cantidad de restricciones que hay.  En cada esquina hay un letrero que prohíbe algo: orinar en público, comer durián (la fruta nacional que tiene un olor apestoso y su consumo está prohibido en el metro); cruzar la calle en un lugar no autorizado; botar chicle al piso, o cualquier otro tipo de basura. Quien incurra en estos hechos debe pagar altas multas.  Igualmente son bien conocidas las duras penas para quienes cometen un delito: quienes trafican con droga, por ejemplo, son sometidos a la pena de muerte.
En fin. Un país interesante, modelo para muchos, pero con costos en términos de pluralismo político y libertades individuales. Pero interesante como caso de estabilidad económica, social y ambiental. Un país de arquitectura vibrante, de gente educada y amable, donde confluyen culturas que enriquecen la experiencia de cualquier visitante.

 

Palenqueras

María se levanta a las 6 de la mañana todos los días. Vestirse le toma más tiempo que al resto de las mujeres, porque su vestimenta es parte de su trabajo, así que tiene que arreglarse con esmero.  Su piel morena contrasta con unos ojos azules que parecen esconder quimeras que dejó en su tierra, San Basilio de Palenque.

María es una de las tantas palenqueras que hacen parte del paisaje de Cartagena de Indias. Día tras día se levanta y se viste con su mejor vestido para vender fruta y posar para los miles de turistas que visitan la ciudad. Camina erguida, lleva un vestido colorido de falda ancha y luce un turbante naranja que le ayuda a mitigar el peso que siente al cargar la bandeja de frutas en su cabeza. Heredó la tradición de usar las amplias polleras de colores de su madre y su abuela.
Aprendió cuando era niña a llevar en su cabeza el cántaro de agua que recogía del rio cercano a su casa. Desde entonces carga con altivez la bandeja de frutas que tanto llama la atención de los turistas. De chiquita ayudaba a su mamá a vender la yuca y el plátano que su papá cultivaba. Las funciones estaban muy bien definidas entre los hombres y las mujeres, cuenta María. Ellos cultivaban la tierra y las mujeres eran las encargadas de ir a vender el producto. Por eso hoy vende frutas, y ofrece también una imagen hermosa de Cartagena a los turistas que le dan unos pesos a cambio de tomarse una foto con sus frutas en la cabeza.

Pero son muy pocos los que se detienen hablar con ella y le preguntan de dónde viene. Yo se lo pregunto, y le explico que quiero compartir su historia para que la gente sepa qué hay detrás de esos lindos vestidos.

A María se le prenden sus ojos azules cuando habla de Palenque, su pueblo. Dice que lo mejor de su cultura es la música.  Una combinación de tambores de todo tipo que le encienden el alma y los sentidos, y que baila y canta con pasión, repitiendo una letra africana que no entiende pero que igual la hace vibrar.

En Palenque la gente habla en su propia lengua, una mezcla de español, inglés, francés y portugués. Es la lengua que inventaron los esclavos al llegar a América. María trata infructuosamente de que yo entienda algunas largas frases. Capto algunas palabras, pero al final me pierdo.

Le pido que me cuente más de Palenque, y María me habla con orgullo de Benkos Biohó, el gran defensor de los derechos de los esclavos en el siglo XVII, y a quien se considera como el fundador de Palenque de San Basilio. Benkos, a quien el escritor Manuel Zapata Olivella rindió homenaje en su novela “Changó, el gran putas”, es una leyenda de la historia de Colombia y la lucha por la independencia.

Me despido obligada de María pues mucha gente quiere tomarse fotos con ella.  Le doy las gracias por la charla, por contarme de su vida y de su pueblo, y la invito para que aproveche su rol de embajadora de San Basilio de Palenque para que la gente se entere de lo que hay detrás de su colorido vestido.

Homenaje a Barcelona

Barcelona, con sus callejones estrechos del barrio gótico que nos llevan a imaginar historias medievales de caballeros y doncellas; las imponentes columnas de la Sagrada Familia que se adentran en el cielo en una declaración irrefutable de grandeza. Barcelona y su gente, los viejos bailando las sardanas tomados de la mano en círculos concéntricos en la Plaza de la Catedral; al compás de bandas  que con las trompetas mantienen una tradición milenaria los domingos de verano.

La sencillez y belleza de la Basílica de Santa María del Mar, austera y diáfana. Donde sus bancas de madera y la imagen impecable de la Virgen María invitan al recogimiento y la reflexión. Las ramblas inagotables con ofertas para todos: pájaros, plantas, música, libros. Barcelona y sus calles anchas que atraen a los ciclistas a descubrir la ciudad. Sus museos que guardan la huella de Pablo Picasso, y Joan Miró. Vistas panorámicas desde Montjuic de la arquitectura armónica con sus esquinas redondeadas en un balance perfecto de la utilización del espacio.
Y Gaudí: ese genio modernista que innovó en las formas y conceptos para inventar un mundo propio donde la imaginación no tiene límite. La Boquería y Santa Caterina, mercados populares donde la vida vibra en mil formas, olores, sabores y colores.  Ah, y ¡el Mediterráneo!: aquel gigante azul de aguas tranquilas siempre frías, que contrastan con la algarabía de sus playas de arena cálida.

Si Barcelona fuera una mujer, sería la más encantadora, la más guapa, la más inteligente, !la más seductora!