Joyas del Mar Egeo

Visitar Santorini y Mykonos es perderse en el laberinto de calles empedradas; es contemplar el azul transparente del mar Egeo y su contraste con las fachadas blancas con techos azules y buganvillas fucsia. Es entrar en las tabernas, cafés y bares, y caminar sin descanso entrando en las pintorescas tiendas, tratando de evitar que la cantidad de turistas que visitan las islas se cuelen en las fotos que vamos tomando. Es contemplar puestas de sol de ensueño, y es también explorar las islas, ojalá en moto para poder sentir la brisa en la cara a la vez que contemplamos el paisaje cambiante del mar y las montañas.


Fue en esa exploración que encontramos en Mykonos la finca orgánica de Vioma, cerca del pueblo de Anomera. Una joya escondida alejada del tumulto y la algarabía del pueblo donde tan pronto uno llega lo recibe una hermosísima música clásica que parecería ser parte del proceso de cultivo de la uva. En Mykonos la tierra es árida, solo 11 pulgadas de lluvia al año y por eso resulta tan increíble encontrarse con ese pedazo de verde en un paisaje de colores tierra. Vioma ofrece wine tastings y deliciosos platos con productos orgánicos cultivados en la finca, en un lugar abierto y con vista al viñedo. Nikos, el dueño del lugar salió de Atenas hace más de 20 años para cumplir su sueño de producir vinos orgánicos. No usan pesticidas y para mantener las viñas se valen de las ovejas que se comen las hierbas.

Santorini también ofrece vinos muy buenos y los viñedos con el mar Egeo como escenario son muy especiales. La isla de Santorini se formó como resultado de la erupción de un volcán hace miles de años, y esa tierra volcánica produce unos vinos secos con fragancias únicas que no tienen otros vinos. Las matas son distintas a las que habíamos visto en otros lugares, las podan bajitas, casi a ras del piso para protegerlas del viento que en esta isla puede llegar a ser muy fuerte y para aprovechar la poca agua que cae. Visitamos dos cultivos, Boutari y Gavalas, ambos con paisajes increíbles y con deliciosos vinos.

A cada lugar que viajo sola o con mi familia, siempre buscamos una librería. En Santorini, en Oía, nos encontramos con una pequeña joya que puede llegar a ser la librería más especial que he visto en mi vida. En el 2002 un par de amigos ingleses recién graduados visitaron Oía y a uno de ellos se le terminó el libro que estaba leyendo. Fueron a buscar una librería y no encontraron ninguna. Decidieron abrir Atlantis Books y 16 años después son parte de la comunidad y cuentan con un acogedor espacio lleno de libros en varios idiomas, clásicos y primeras ediciones que no bajan de $3,000 Euros. Encontré títulos fascinantes de historias griegas que me ayudarán a conocer más ese maravilloso país que me dejó fascinada por su historia, por su gente y su forma de vivir la vida.

Una de las cosas que más me llamó la atención en Mykonos es la cantidad de iglesias y capillas que hay (!además de gatos!). Dicen que en total hay 365 Iglesias católicas y ortodoxas, pero paseando por la isla se pueden llegar a ver cientos de capillitas privadas construidas al lado de las casas. Dicen que originalmente estas Iglesias las construían las familias de marineros para dar gracias por haber regresado a salvo. Hoy en día son símbolo de afluencia y son utilizadas en muchos casos para guardar los restos de los familiares fallecidos.

Soy cazadora de atardeceres. Y en Santorini he visto los más especiales del mundo. Lo lindo es ver cómo las puestas de sol son una fiesta: los turistas salen a los balcones, se reúnen en las plazas o identifican el mejor lugar al borde de la carretera para presenciar un espectáculo que quita el aliento. Un sol inmenso que viste el cielo de tonalidades naranjas que se refleja a su vez en el mar. Al momento justo en que el sol se oculta por completo, la gente aplaude y chifla emocionada.

El historiador de la calle

Hay personas que nacen con don de gentes, como Carlos Julio. Conversador, amigable y lleno de anécdotas para contar, el historiador de la calle, como a él le gusta que lo llamen, es un hombre que no conoce la timidez. Tiene 59 años, una sonrisa desdentada, y desde hace más de 15 años es una de las guías históricas del centro de Bogotá.  Está en una silla de ruedas porque sufre de reumatismo y le cuesta trabajo caminar. Llega a la Plaza de Bolívar todos los días a las 8 de la mañana y ofrece sus servicios a los turistas y estudiantes de colegios locales que van a conocer y aprender más sobre la historia de la capital.

Es un ávido lector, aprendió la historia de Colombia leyendo todas las obras completas de José Enrique Rodó, un escritor uruguayo que escribió sobre la conquista española; también aprendió oyendo las crónicas de los políticos que trabajan en la zona y se detienen a conversar con él, y leyendo los periódicos que la gente deja encima de las mesas de las panaderías cercanas. Escucho la crónica de Carlos Julio con interés, habla con pasión sobre la independencia de Colombia, el asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, la toma del Palacio de Justicia; pero lo interrumpo y le digo que prefiero que me cuente sobre su vida.

Tenía 13 años cuando se fue de su casa. Estudió en la escuela hasta séptimo grado. Vivió en la calle y se volvió adicto a las drogas. “Vivir en la calle es duro, —me dice—, es un círculo del que es difícil salir. Yo era invisible porque vivía aislado, no robaba ni le hacía daño a nadie.  Me ganaba el pan diario reciclando material”. Cuando tenía 20 años decidió irse de Bogotá y llegó a San José del Guaviare, donde trabajó en una plantación de coca recogiendo las hojas que se transformarían después en cocaína. Estuvo tres años, cuando aún el negocio de la droga no era tan perseguido ni generaba tanta violencia. Vivía feliz en medio de la selva, rodeado de naturaleza. Metía cocaína y también “hacía viajes”, como me explica, con hongos alucinógenos.

Regresó a Bogotá y vivió de nuevo en la calle: primero en el Cartucho, luego en el Bronx, submundos de la capital colombiana donde la criminalidad y el terror eran el orden del día. Se dedicaba al reciclaje de papeles y botellas, como muchos de los habitantes de estas zonas. Sobrevivía al ambiente de miedo y zozobra permanente que se respiraba consumiendo bazuko y marihuana. Un día un grupo de hombres que estaban haciendo “limpieza social”, según sus palabras, le dieron una paliza tan fuerte que lo dejó sin dientes.  Ese episodio fue una voz de alarma para él; decidió irse de allí, trabajar más en el reciclaje para poder pagar una pieza, y dejó de consumir drogas.

Se dedicó a leer y a estudiar. Uno de los funcionarios públicos que trabaja en el centro de la ciudad lo vio leyendo a Nietzsche un día y le preguntó qué le gustaba leer. A partir de entonces le fue llevando libros que Carlos Julio devoraba con rapidez. Leía sobre todo historia y filosofía. Empezó a trabajar como guía histórico y se dio cuenta que la gente lo escuchaba con interés. Hoy en día se dedica de lleno a eso, sigue leyendo mucho, y las donaciones que recibe le alcanzan para pagar una habitación y alimentarse diariamente. “La gente es muy amable. Los extranjeros se interesan mucho. Les hablo también de temas de actualidad”, dice.ç

Vivir en la calle y darse cuenta las penurias por las que pasa mucha gente le ayudó a tener una conciencia más humana. Se ha vuelto más espiritual, dice que las cosas materiales no le interesan. Le importa el saber y estar en paz consigo mismo y con Dios. “Yo le pido a Dios que me ayude a aportarle algo a la sociedad. Conversar con la gente, animar a los jóvenes a que lean y estudien, y cuidar la naturaleza son cosas que hago y me generan bienestar. Lo que uno lanza al universo, se le devuelve, es cuestión de energía, por eso hay que tener buenos pensamientos y buenas actitudes”, explica Carlos Julio.

Tuve el privilegio de conversar con el historiador de la calle unos 45 minutos, rodeados de palomas que por momentos interrumpían nuestra charla con su aleteo. Hablamos también de política, del futuro del país y de la humanidad. Un personaje fascinante que hace parte del patrimonio cultural de Bogotá, y que contribuye a la construcción de la memoria histórica de la ciudad.

¡No dejen de saludarlo cuando pasen por la Plaza de Bolívar!

 

Con el dolor prendido al alma

El día que mataron a su hijo Rosa estaba recogiendo café. Uno de sus ayudantes en la finca le avisó que lo habían asesinado de un tiro a la entrada de su casa. Rosa dejó el canasto lleno de cerezas de café y corrió con todo lo que le daban sus piernas de 74 años para ver lo que había pasado. Su hijo estaba con los ojos abiertos mirando al infinito cuando ella lo vio tirado en el suelo.

Les habían llegado amenazas desde hacía varios meses, pero ni ella, ni su esposo, ni su hijo pensaron que fueran verdad. Su familia era trabajadora, no molestaba ni se metía con nadie. Samaná, un municipio al oriente del departamento de Caldas en Colombia, donde la energía de los ríos, las cascadas y montañas se siente tan pronto uno llega, convivió por muchos años con la presencia de la guerrilla y los paramilitares que amedrentaban a la población.

La familia de Rosa se dedicaba a cultivar su tierra y vender los granos de café en la cooperativa más cercana. Los paramilitares les exigían pagar una “vacuna” y si no lo hacían eran vistos como simpatizantes de la guerrilla.  Ellos nunca cedieron. De vez en cuando jóvenes en uniforme y botas se acercaban a su casa pidiendo comida. Rosa no sabía a que bando pertenecían, y los sentaba en su mesa y les preparaba algo de comer.  A su hijo lo mataron los paras porque pensaban que estaba ayudando a la guerrilla, pero en realidad él lo único que hacía era ayudar a sus padres en la finca. Han vivido del café desde hace décadas, y es el único oficio que la familia sabe hacer.

A Rosa se le llenan sus azules ojos de lágrimas cuando cuenta su historia.  Los surcos de su cara y sus manos arrugadas dan fe de toda una vida de trabajo en el campo. Su casa está rodeada de unas imponentes montañas adornadas con cafetales y árboles frutales. Es una construcción humilde, pero hermosa e impecable. Me ofrece café con panela y arepa en una pequeña cocina con estufa de carbón, donde las ollas colgadas en las paredes son tan relucientes que parecieran alumbrar la estancia.  Al recorrer su casa se ve que Rosa ha puesto un especial esmero en la decoración: las camas llevan mantas de colores, hay repisas con muñecas y figuras en plástico de personajes animados, un niño Jesús, afiches del Barça. En el centro de la mesa donde nos tomamos el café hay un pequeño recipiente con flores amarillas recogidas de su jardín.

Su esposo tiene 91, y al igual que ella todavía trabaja en sus cafetales. Cuando pregunto por él me dice que lo busque en la montaña, donde está cuidando sus plantas.

Rosa es una mujer valiente. Asumió la muerte de su hijo con entereza, y con el dolor prendido al alma decidió quedarse en su tierra, al contrario que muchos de la región que salieron desplazados como consecuencia del conflicto y la violencia (De 26,000 habitantes de Samaná, el 90% fue víctima del conflicto armado). Rosa se quedó en su casa, trabajando en lo que le ha dado de comer por tantos años. “Lo único que sé hacer es sembrar café”, me dice. “Seguiré en esta tierra hasta que me muera o me maten como a mi hijo”.

Hoy, en el Día Internacional de la Mujer dedico esta nota a Rosa y a todas las mujeres que como ella trabajan en las zonas rurales de Colombia. Por su valentía, su dedicación y entrega al trabajo, a su tierra y a sus familias. Mujeres que viven en regiones marginadas donde el apoyo del Estado nunca llega. Por ellas se justifica celebrar un día como éste.

Camboya, el país de las sonrisas

” Bienvenida al país de las sonrisas”, me dijo la primera persona que me saludó cuando aterricé en Siem Reap, Camboya. Pensé que lo decía por simple cortesía, pero me dí cuenta después que tenía razón: la gente es muy hospitalaria, le preguntan a uno todo el tiempo cómo está, son atentos, amigables, conversadores, y sonríen con una gran facilidad.

Al visitar Camboya es inevitable recordar los períodos más amargos de su historia. Veinte años de guerra civil dejó a la población devastada y con una huella de dolor imborrable. Más de 1 millón de personas fueron asesinadas durante el régimen del Khmer Rouge, entre 1974-79. Torturas, ejecuciones, trabajo forzado, eran prácticas comunes durante esos años.  Las nuevas generaciones no hablan mucho de la guerra, pero sus padres si, y a pesar de que ellos también sonríen, se les nota el dolor en sus miradas.

Siem Reap es una ciudad pequeña de grandes contrastes: inmensos resorts que afean las avenidas, cientos, miles de motos que se abren paso entre el tráfico de la ciudad, venta de comida local en las calles y grandes restaurantes que anuncian una oferta de gastronomía francesa muy llamativa. Spas de todo tipo, templos budistas o hindúes, bazares que ofrecen miles de baratijas, y una vida nocturna muy activa, con bares, música y mercados nocturnos. Puede llegar a ser una ciudad caótica, pero es un caos fascinante y lleno de vida.

Pero la principal razón por la cual los turistas llegan a Siem Reap son los templos de Angkor, que son patrimonio de la humanidad. A solo 15 minutos de la ciudad se encuentra uno de los complejos de templos religiosos más grandes e imponentes del mundo. El tuk-tuk es la forma preferida de los visitantes de llegar a ellos, y en mi caso también fue la mejor opción porque le podía decir a Ly, nuestro amable conductor, que se detuviera cada vez que veíamos algo que llamara nuestra atención para verlo de cerca y conversar con la gente que nos encontrábamos a nuestro paso, con ayuda de su traducción.

De todos los templos el más importante es Angkor Wat, ícono de la cultura de Camboya. Ahí llegamos al atardecer el primer día que lo visitamos y nos tocó presenciar los colores anaranjados de la puesta del sol frente al majestuoso templo que fue construido en el siglo XII en homenaje a los dioses hindúes. Al otro día volvimos al amanecer para verlo con otra luz y otra perspectiva. Ly nos llevó por un camino donde los turistas poco transitan, porque desde antes del amanecer el templo es muy concurrido. Caminamos en silencio por un inmenso bosque oscuro donde solo se oían los sonidos de los animales nocturnos. Con una pequeña linterna nos iluminamos el paso hasta llegar al templo. Allí esperamos un buen rato hasta que tuvimos el privilegio de ver y sentir la salida del sol y cómo las cúpulas de Angkor Wat iban apareciendo en el cielo y reflejándose en el lago del frente.

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Del total de templos que visitamos mis favoritos fueron, además de Anwkor Wat, el Templo de Ta Phrom, un complejo cuya construcción se ha insertado con el paso del tiempo en la naturaleza, en las raíces de inmensos árboles que abrazan literalmente las torres y embellecen y hacen único el lugar.  El Templo de Bayón, me gustó mucho porque tiene unos rostros inmensos grabados en sus torres, Budas que parecen mirarnos directamente a los ojos y que transmiten serenidad, y relieves de escenas que nos llevan a imaginarnos una época distante y lejana.

Al otro día atravesamos campos de arroz, entramos a mercados locales, vimos cómo vive la gente. Las casas son construidas en su mayoría en madera y bambú, levantadas del piso por altos pilares que las protege de inundaciones. La gente posee pocos muebles, y los interiores son espacios abiertos, sin privacidad. Duermen en esteras en el suelo, y comen en unas tarimas de madera sentados igualmente en el piso. Tienen estufas de carbón y baño en la parte de afuera de las casas. Hay un gran desapego por las cosas materiales, es la manera como han vivido siempre, como nos dijo uno de ellos: “nuestra gente se satisface con poco”.  En muchos sectores aun no hay electricidad, y el alcantarillado llegó solo hasta hace poco. Pero a pesar de eso la gente sonríe; sonríe cuando habla y comparte aspectos de su cultura.

Seguimos nuestro camino y llegamos a la comunidad flotante de Kampong Phluk, en el lago de Tonle Sap. A una hora de camino de Siem Reap se encuentra este pueblo en el que viven aproximadamente 600 familias, (3,000 personas). Para llegar hasta allá hay que tomar un bote; las familias hacen parte de una asociación que les permite tener una pequeña embarcación para transportarse. La comunidad tiene alcaldía, policía, escuela primaria y secundaria. Muchos de los niños que van a la escuela no terminan porque se retiran para poder trabajar y ayudar a sus familias. Para los maestros no es fácil desplazarse hasta estas comunidades, por lo que faltan mucho a clases, lo que genera un problema. Desafortunadamente dentro de la misma comunidad no hay suficientes maestros calificados que puedan atender a los estudiantes.

Las casas son altas, con pilares de 6 a 8 metros de altura, para estar preparados cuando sube el agua en épocas de lluvias y monzones. La mayoría de familias vive de la pesca, y muchas mujeres se dedican a la venta de productos de toda clase en los mercados flotantes.

Muchas experiencias nuevas e inolvidables vivimos en Camboya. Pero lo que más me gustó fue la gente: sus historias, su manera de relacionarse con los visitantes, y sus sonrisas, esa alegría genuina que nos enseña que a pesar de las dificultades siempre habrá motivos para sonreír.

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Singapur, de pueblo pesquero a país del primer mundo

Cuando visito una ciudad, o un nuevo lugar, trato de adentrarme en su alma lo más que pueda, caminando por las calles, hablando con la gente, “viviendo” el lugar más allá de recorrer los lugares señalados en las guías turísticas. Y eso hice en Singapur en una visita reciente. Había estudiado el caso de este Tigre Asiático cuando estaba en la universidad estudiando relaciones internacionales en los años noventa, y el caso de Singapur servía de modelo de desarrollo para América Latina. Por mucho tiempo le seguí el rastro: me lo encontré en las listas de países con más alto ingreso per cápita, con mejores índices de educación, seguridad, y con los índices más bajos de corrupción. Pero solo hasta ahora pude visitarlo, recorrerlo, sentirlo.

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En agosto de 2015 Singapur celebró sus 50 años de independencia.  Hoy en día es uno de los puertos comerciales más importantes del mundo, uno de los países más ricos, y uno de los menos corruptos de acuerdo a Transparencia Internacional. Los servicios de transporte, salud, educación y vivienda son altamente eficientes. En las calles llama la atención el orden, la limpieza, el espacio público, y la sensación de seguridad. Singapur pasó de ser un país subdesarrollado, un pueblo pesquero de Malasia, a ser un país del primer mundo, en una sola generación.

Lo que hizo bien el gobierno, liderado por Lee Kuan Ywe, −que gobernó desde 1965 hasta 1990−, fue invertir en infraestructura y educación, movilizar a una clase trabajadora y fomentar una clase media cada vez más educada y disciplinada hacia los objetivos de desarrollo económico del país.

Los éxitos económicos estuvieron acompañados de leyes restrictivas a las libertades individuales, de leyes draconianas y castigos fuertes para quienes las infringieran.  Pero en ningún momento la gente se sublevó para que hubiera una mayor liberalización por parte de gobierno. Al contrario: las clases medias fueron las que apoyaron el autoritarismo porque eran las más beneficiadas. Había tanta dependencia del Estado que no tuvieron la autonomía para impulsar una mayor democratización (El Partido de Acción Popular, de centro-derecha, ha estado en el poder durante 52 años).

Después de la independencia de 1965, uno de los retos del gobierno fue la construcción de una nueva identidad de Singapur como nación. En la construcción de un nuevo país primó el pragmatismo por encima de todo, como un principio que guiaría todas las políticas gubernamentales.  Gracias a ese enfoque, Singapur logró sobrevivir como un país joven, estable económica, social y políticamente.

Como parte de la narrativa de construcción de una nueva identidad, el gobierno influyó en la educación de los niños y jóvenes inculcando valores fundamentales que han contribuido a diseñar el nuevo país: disciplina personal, cooperación, respeto al otro, integridad, honor, deber cívico. Una sociedad donde la meritocracia juega un papel sustancial en todas las esferas. La visión del partido después de la independencia fue crear una cultura ciudadana basada en la búsqueda de la excelencia. Le pregunto a la gente cómo se definen, para ver si concuerda con esa narrativa creada por las autoridades, y me responden en términos muy prácticos: se definen como gente muy trabajadora. Los singapurenses valoran la diversidad. Coexisten con varias razas y religiones, gracias en gran medida al modelo de vivienda urbana que les permite convivir en comunidad.

En la mayoría de países los jóvenes suelen ser críticos del establecimiento. En muchos casos son ellos quienes buscan retar al status quo pensando en que siempre hay cosas que se pueden cambiar y se pueden hacer mejor. No en Singapur. Conversando con la gente joven percibo que en general están satisfechos con sus líderes, con la cultura política; creen en las instituciones y confían en ellas. Piensan que al gobierno lo mueve un genuino interés por su pueblo (felices ellos), y aunque sí preferirían tener menos restricciones individuales, aceptan la situación. A la gente le importa la democracia, pero no sufren porque no haya libertad de prensa o libertad de expresión. El éxito para los singapurenses está concebido en términos económicos, aunque la mentalidad está cambiando. Ya la plata no es el único factor.

El arte y la música eran actividades que hasta hace poco estaban relegadas a un segundo plano, pero eso está cambiando. Las nuevas generaciones buscan carreras más alternativas, distinto al caso de la generación de sus padres y abuelos a quienes les tocó vivir periodos difíciles, e impulsaba que sus hijos siguieran carreras que les garantizaría un relativo éxito económico: medicina, abogacía, ingeniería. Las artes, la música, los deportes eran muy poco fomentados. A partir del 2000 el gobierno empezó a ofrecer nuevas opciones a los jóvenes en éstas áreas.

Hay muchas cosas que llaman la atención de los visitantes de esta ciudad/estado. La limpieza, el orden, los parques, la cantidad de árboles sembrados. El desarrollo se nota en los rascacielos, en los modernos diseños arquitectónicos, en el urbanismo, en la conciencia de sostenibilidad ambiental que existe. Los bosques y parques están unidos por 9 kilómetros de puentes colgantes donde la gente puede salir a caminar o correr, y deleitarse con el paisaje verde y los animales.

Llama la atención también los cientos de edificios de vivienda pública (85% de la gente vive bajo ese modelo); son grandes edificios que reúnen a diversas comunidades de distintas nacionalidades y razas, cuyo modelo precisamente ha contribuido a desarrollar la aceptación y la tolerancia de la gente. Estas comunidades cuentan con todo lo que necesitan a 5 km a la redonda: tienen centro de actividades, supermercados, lavanderías, y por supuesto centros de venta de las más deliciosas comidas locales. Los llamados hawker centers, son lugares donde se puede comer económicamente y muy bien. Los estándares de limpieza son muy altos, pues están sujetos a una calificación del gobierno que les da un grado de A, B, C, o D, dependiendo del nivel de higiene, y cada local debe postear esa calificación a la entrada. No vi ni uno solo que no tuviera A o B.  En cuanto a prácticas religiosas,  en una misma cuadra uno puede encontrar un templo budista, una Iglesia metodista, una católica, y un templo hindú.  Ese hecho habla mucho de la diversidad del país y del respeto y la tolerancia en que viven.

Y por supuesto también llama la atención la cantidad de restricciones que hay.  En cada esquina hay un letrero que prohíbe algo: orinar en público, comer durián (la fruta nacional que tiene un olor apestoso y su consumo está prohibido en el metro); cruzar la calle en un lugar no autorizado; botar chicle al piso, o cualquier otro tipo de basura. Quien incurra en estos hechos debe pagar altas multas.  Igualmente son bien conocidas las duras penas para quienes cometen un delito: quienes trafican con droga, por ejemplo, son sometidos a la pena de muerte.
En fin. Un país interesante, modelo para muchos, pero con costos en términos de pluralismo político y libertades individuales. Pero interesante como caso de estabilidad económica, social y ambiental. Un país de arquitectura vibrante, de gente educada y amable, donde confluyen culturas que enriquecen la experiencia de cualquier visitante.

 

Palenqueras

María se levanta a las 6 de la mañana todos los días. Vestirse le toma más tiempo que al resto de las mujeres, porque su vestimenta es parte de su trabajo, así que tiene que arreglarse con esmero.  Su piel morena contrasta con unos ojos azules que parecen esconder quimeras que dejó en su tierra, San Basilio de Palenque.

María es una de las tantas palenqueras que hacen parte del paisaje de Cartagena de Indias. Día tras día se levanta y se viste con su mejor vestido para vender fruta y posar para los miles de turistas que visitan la ciudad. Camina erguida, lleva un vestido colorido de falda ancha y luce un turbante naranja que le ayuda a mitigar el peso que siente al cargar la bandeja de frutas en su cabeza. Heredó la tradición de usar las amplias polleras de colores de su madre y su abuela.
Aprendió cuando era niña a llevar en su cabeza el cántaro de agua que recogía del rio cercano a su casa. Desde entonces carga con altivez la bandeja de frutas que tanto llama la atención de los turistas. De chiquita ayudaba a su mamá a vender la yuca y el plátano que su papá cultivaba. Las funciones estaban muy bien definidas entre los hombres y las mujeres, cuenta María. Ellos cultivaban la tierra y las mujeres eran las encargadas de ir a vender el producto. Por eso hoy vende frutas, y ofrece también una imagen hermosa de Cartagena a los turistas que le dan unos pesos a cambio de tomarse una foto con sus frutas en la cabeza.

Pero son muy pocos los que se detienen hablar con ella y le preguntan de dónde viene. Yo se lo pregunto, y le explico que quiero compartir su historia para que la gente sepa qué hay detrás de esos lindos vestidos.

A María se le prenden sus ojos azules cuando habla de Palenque, su pueblo. Dice que lo mejor de su cultura es la música.  Una combinación de tambores de todo tipo que le encienden el alma y los sentidos, y que baila y canta con pasión, repitiendo una letra africana que no entiende pero que igual la hace vibrar.

En Palenque la gente habla en su propia lengua, una mezcla de español, inglés, francés y portugués. Es la lengua que inventaron los esclavos al llegar a América. María trata infructuosamente de que yo entienda algunas largas frases. Capto algunas palabras, pero al final me pierdo.

Le pido que me cuente más de Palenque, y María me habla con orgullo de Benkos Biohó, el gran defensor de los derechos de los esclavos en el siglo XVII, y a quien se considera como el fundador de Palenque de San Basilio. Benkos, a quien el escritor Manuel Zapata Olivella rindió homenaje en su novela “Changó, el gran putas”, es una leyenda de la historia de Colombia y la lucha por la independencia.

Me despido obligada de María pues mucha gente quiere tomarse fotos con ella.  Le doy las gracias por la charla, por contarme de su vida y de su pueblo, y la invito para que aproveche su rol de embajadora de San Basilio de Palenque para que la gente se entere de lo que hay detrás de su colorido vestido.

Homenaje a Barcelona

Barcelona, con sus callejones estrechos del barrio gótico que nos llevan a imaginar historias medievales de caballeros y doncellas; las imponentes columnas de la Sagrada Familia que se adentran en el cielo en una declaración irrefutable de grandeza. Barcelona y su gente, los viejos bailando las sardanas tomados de la mano en círculos concéntricos en la Plaza de la Catedral; al compás de bandas  que con las trompetas mantienen una tradición milenaria los domingos de verano.

La sencillez y belleza de la Basílica de Santa María del Mar, austera y diáfana. Donde sus bancas de madera y la imagen impecable de la Virgen María invitan al recogimiento y la reflexión. Las ramblas inagotables con ofertas para todos: pájaros, plantas, música, libros. Barcelona y sus calles anchas que atraen a los ciclistas a descubrir la ciudad. Sus museos que guardan la huella de Pablo Picasso, y Joan Miró. Vistas panorámicas desde Montjuic de la arquitectura armónica con sus esquinas redondeadas en un balance perfecto de la utilización del espacio.
Y Gaudí: ese genio modernista que innovó en las formas y conceptos para inventar un mundo propio donde la imaginación no tiene límite. La Boquería y Santa Caterina, mercados populares donde la vida vibra en mil formas, olores, sabores y colores.  Ah, y ¡el Mediterráneo!: aquel gigante azul de aguas tranquilas siempre frías, que contrastan con la algarabía de sus playas de arena cálida.

Si Barcelona fuera una mujer, sería la más encantadora, la más guapa, la más inteligente, !la más seductora!

Un viaje al corazón de Marruecos (Parte 2)

Una de las cosas que más llama la atención en Marruecos es la arquitectura. Simple y modesta hacia afuera, pero de una riqueza estética extraordinaria por dentro. Desde afuera no se ve quien habita en las casas, ni si son ricos o pobres. Hay mucha uniformidad. Inclusive en los palacios reales la arquitectura hacia afuera es sencilla, con colores homogéneos, muros altos de color ocre o ladrillo y pocas ventanas.  Las puertas de entrada de las casas son pequeñas para obligar a la gente a agacharse para mostrar respeto. Pero se pasa el umbral de la puerta y se abre un mundo donde la sencillez cede a la opulencia, y el diseño es mucho más elaborado. Pisos y techos llenos de colores y detalles, baldosines, mosaicos, maderas talladas, acogedores tapetes de lana y seda de rojos vibrantes, lámparas labradas en bronce.

Las grandes casonas, riads, conservan esa arquitectura, y muchas hoy en día se han convertido en hoteles. Son ciegas hacia afuera, pero al entrar lo primero que se ve es una gran patrio en el centro, lleno de árboles y flores. Las habitaciones tienen ventana hacia el interior, y en su mayoría tienen terrazas en el último piso con vistas panorámicas a los techos de toda la ciudad.
Las medinas, las ciudades antiguas resguardadas por murallas, compuestas por miles de callejones llenas de recovecos en las que solo los locales se orientan, conservan también ese diseño simple característico a lo largo de todo Marruecos.  En las medinas generalmente se encuentran una mezquita, donde la gente se reúne a orar; la madraza, lugar de educación y fuente de sabiduría; una fuente de agua, para saciar la sed; un horno, donde las familias llevan sus alimentos para ser horneados;  y un hammam, lugar para limpiar y purificar el cuerpo.
Las mezquitas son el centro de las ciudades: se ven desde cualquier lugar. Sobresalen siempre y son el punto de encuentro de miles de hombres y mujeres que se reúnen a orar varias veces al día, respondiendo al llamado desde el minarete.  Su entrada no está permitida a los no musulmanes, así que solo pudimos contemplarlas desde afuera.A pesar de tener aspectos en común, cada ciudad es única y conserva una energía diferente.

Fes
Tan pronto como llegamos a Fes, su energía me cautivó. Uno de los pueblos más antiguos del mundo, patrimonio de la Humanidad de la Unesco, y donde el tiempo parece haberse detenido en la edad media. La medina cuenta con aproximadamente 9,500 callejones; es un laberinto lleno de recovecos en el que uno como turista se pierde fácilmente, pero en cada esquina encuentra un tesoro:  libreros, alfareros, artesanos. Pollos vivos, conejos, y hasta cabezas de camellos colgadas a la espera de ser usadas en la preparación de la cena de esa noche.  Las casas de la medina son ciegas desde afuera; no tienen ventanas.  Los estrechos callejones se ven de pronto obstruidos por carretas de burros o bicicletas expertas en evadir a los peatones. Niños corriendo y ancianos sentados en el piso pidiendo limosna. Tapetes de todos los tamaños y colores. Tiendas de vestidos y tronos de novia que con solo mirarlos ya se imagina uno la celebración de la boda. Parece el escenario perfecto de un cuento de las Mil y una Noches.

Fes es conocida como la capital de la sabiduría, y la Universidad de Karaouine, al lado de la mezquita del mismo nombre, es la institución académica más antigua del mundo. De una riqueza impresionante, sus patios y columnas recuerdan a la Alhambra de Granada.
Uno de los puntos más interesantes y pintorescos en Fes es el barrio de curtidores de cueros. El olor que se desprende de los curtidores es tan fuerte que se recomienda llevar una ramita de yerbabuena para olerla mientras se hace el recorrido, ya que además del olor nauseabundo que desprenden las pieles en bruto de los animales, el proceso de curtiembre utiliza cal y excrementos de paloma. Pero una vez manejado el mal olor, poder ser testigo de este oficio ancestral es fascinante. El proceso parece bastante rudimentario: se ven hombres sin camisa metidos entre las tinajas, sacudiendo enormes pieles que después van colgando para que se sequen al sol.

Chefchaouen
Cuando uno llega a este pueblo conocido como la “perla azul” de Marruecos, entiende por qué es una de las principales atracciones turísticas del país.  Sus paredes azules que contrastan con el verde de la montaña lo hacen único. Hay muchas teorías que explican el color azul: hay quienes dicen que ese color espanta las moscas; otros dicen que se escogió ese color para sentirse más cerca del cielo y del mar. Yo me quedo con la segunda teoría, mucho más romántica que la primera.

Una de las cosas que más me impactó de Marruecos, y que en Chefchaouen lo vimos especialmente, son los rituales que tiene la gente a la hora de comer, de servir el té, o de amasar el pan y llevarlo al horno del pueblo. Todo es una ceremonia.

En cada medina que visitamos vimos un horno de leña comunitario donde la gente lleva el pan ya amasado y listo para hornear. En Chefchaouen lo pudimos apreciar muy bien. Cada familia hace una señal a su masa de pan para distinguirla de las demás. En ese horno comunal no se vende pan; la función es exclusivamente hornear el pan y otros alimentos que la gente lleva, generalmente en la mañana y pasan a recogerlos en la tarde. Este parece ser un ritual sagrado: amasar el pan, llevarlo al horno y recogerlo caliente en la tarde para que esté listo a la hora de la cena. El olor de pan recién horneado que se siente a toda hora es parte del encanto.

Además de sus callejones azules y sus miles de tiendas de artesanías, vale la pena acercarse al río y la pequeña cascada donde los locales lavan su ropa y donde hay varios cafés llenos de actividad a todas horas.

A la hora del atardecer recomiendo subir a la vieja mezquita española en la cima de la colina y contemplar la puesta del sol con la vista de Chefchaouen a los pies. ¡Parece una postal!

Marrakech
Marrakech es una ciudad de contrastes, entre la parte más moderna, la villenouvelle, y la ciudad vieja de paredes color ladrillo. La modernidad se refleja desde que uno aterriza en el aeropuerto, -que tiene un diseño impactante-, y las grandes avenidas con palmeras a los lados y cadenas de hoteles y restaurantes en los que se percibe la influencia francesa.

Pero la ciudad vieja es la que tiene el mayor encanto. La plaza Jemma al Fna, el corazón de Marrakech, vive llena de gente, pero su vida empieza sobre todo en las noches, después de que se apaga el sol. Caminando por la plaza uno se encuentra con encantadores de serpientes, monos que bailan al compás de una música destemplada, hombres que ofrecen dentaduras postizas a cambio de unas pocas monedas. Carretas llenas de frutas, de todos los tamaños y colores, dátiles, nueces, dulces.

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Una linda tradición de la plaza son los hombres que cuentan historias. La gente se reúne a su alrededor para escuchar cuentos de sultanes y princesas, piratas y ladrones.  La tradición oral en Marruecos es muy apreciada y parte esencial de su historia. Los valores y el conocimiento del islam se van pasando de generación en generación como parte de las historias y leyendas de los cuenteros.  (para quien le interese leer algunas historias recomiendo: The Last Storytellers, Richard Hamilton, 2013)

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Al costado norte de la plaza se extienden los zocos, cientos de estrechos callejones llenos de vida donde se puede encontrar lo inimaginable: desde hierbas y pócimas para todo tipo de males, lámparas, vasijas de cerámica, zapatos, pantuflas, vestidos, tortugas, dátiles, nueces, melones verdes gigantes que parecen sacados de un cuento; y especies. Muchas especies de todos los aromas, desplegadas en pirámides que parecen más bien esculturas de arenas de mil colores. Estas están en la Place Des Epices, mi lugar favoritodentro de los zocos.

Hay muchos lugares de imprescindible visita en Marrakech: la Madrassa de Ben Yousef es hermosa, el Palacio de la Bahía, la Mezquita Koutoubia, y los Jardines de Mallorelle, entre otros.
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Rabat
Las ciudades sobre el mar tienen un encanto especial. En Rabat se respira una brisa fresca proveniente del Océano Atlántico, y se observa una vista maravillosa donde al azul del mar contrasta con el ocre de los edificios. Como en Marrakech, la ciudad también está dividida en una zona moderna, donde se aprecia la influencia francesa, y el casco histórico de la medina. Rabat fue nuestro primer destino, y la entrada a la medina fue impactante por la actividad frenética que había, que de pronto se vio interrumpida por el llamado a orar desde el altavoz de la mezquita. Las tiendas cerraron y la ciudad se apagó, para regresar 20 minutos después al ritmo acelerado en que estaba.  De los lugares que visitamos la Torre de Hassan y el Mausoleo a Mohamed V, fue lo que más me gustó. Igualmente la Kasbah de Oudaias, de paredes azules, donde nos tomamos un delicioso té de menta en el Café Moro con pastelería típica, y con vista al mar, vale la pena.

Essaouira
Pueblo de pescadores en el Océano Atlántico, Essaouira parece un cuadro pintado en colores pasteles. Tiene un ritmo más pausado que el resto de ciudades que visitamos; la medina cuenta con callejones más anchos, así que la actividad se dispersa un poco más, y es mucho más fácil orientarse.  Las paredes y las casas son blancas, lo que hace que se vea como una ciudad iluminada.  Las artesanías son similares a las de Marrakech o Fes, pero de mejores precios.

El puerto tiene un encanto enorme, con las barcas azules y los pescadores que al atardecer llegan con sus atarrayas, y el canto de las gaviotas que sobrevuelan en busca de pescado. Las playas son amplias, de arena blanca y se ve gente montando a caballo. El plan en esta ciudad es mucho más relajado y más contemplativo. Y queda a solo un par de horas en auto de Marrakech, así que vale la pena ir.

De Marruecos uno sale  con el corazón lleno, pensando en cuándo va a poder regresar.

Un viaje al corazón de Marruecos (Parte 1)

Marruecos seduce, enamora, atrapa. Seduce la diversidad de su geografía, la gente, la cultura, la abundancia infinita de la naturaleza, la gastronomía.  Seducen los ritos ceremoniosos a la hora de comer; los cuenteros en las plazas narrando historias y leyendas; la arquitectura modesta y sencilla hacia afuera y los diseños opulentos de los espacios adentro. Marruecos es un país donde cualquier fantasía parece posible.

Un viaje en automóvil desde el norte al sur del país nos ofrece la oportunidad de contemplar los más variados paisajes. Las montañas de los Atlas son impactantes, con sus altos picos terracotas y pequeños pueblos del mismo color que parecen colgados en la ladera de la montaña. Sus estrechas carreteras y profundos barrancos que quitan el aliento, y valles que aparecen de la nada como un oasis verde, llenos de árboles florecidos y quebradas cristalinas.


 
En los Atlas encontramos los pueblos beréberes, -la étnia más autóctona y milenaria del Norte de África-, con sus tradicionales casas de adobe, rodeados de cultivos de frutas o legumbres y rebaños de ovejas y cabras que son parte indispensable del paisaje. Se les ve trabajar todo el tiempo, a hombres y mujeres por igual, ajenos a los turistas y a la vida más allá de sus aldeas.
Parar en uno de estos pueblos y tener la suerte de que sea un día de mercado es un privilegio. A donde quiera que yo viajo siempre estoy en búsqueda de los mercados locales. Creo que es allí donde confluye la cultura de un pueblo en su expresión más auténtica. Ese día las familias llevan sus cosechas en burros que jamás se imaginaría uno son capaces de cargar con tanto peso y volumen; la abundancia, colorido y variedad de productos no lo había visto nunca en ningún otro lugar: sandías y melones enormes, duraznos, albaricoques, naranjas, -muchas naranjas-, hierbas, nueces, frutos secos. Se ven hombres y mujeres de todas las edades, y niños y niñas que ayudan a sus padres pero que aprovechan también para corretear por entre las tiendas.

Siguiendo la travesía por los Atlas (más al sur, en las Altas Atlas), cerca de Tinghir, nos encontramos con los Georges Du Todra. Un cañón de paredes terracotas escarpadas de más de 300 metros de altura, donde solo se oye el eco del silencio y el paso del viento entre los desfiladeros. El río Dades atraviesa el cañón, aunque sus escasas aguas solo son un recuerdo del caudal que algún día fue. Caminar a lo largo del río, entre las piedras, y elevar la mirada hacia las inmensas paredes que se levantan imponentes, es emocionante. Nos acordamos de lo pequeños que somos ante esa inmensidad de la naturaleza.

Nos vamos adentrando más al sur y el paisaje se va tornando cada vez más árido, desértico. A lado y lado de la carretera vemos campamentos de nómadas, comunidades que se mueven de un pueblo a otro, la mayoría de las veces acompañados de cabras, ovejas, o dromedarios, en busca de alimentos. Es su estilo de vida, les gusta estar en constante movimiento, sin ataduras y en espacios tranquilos, lejos de las ciudades. Muchos no reciben ningún tipo de educación, no van a la escuela (Marruecos tiene una tasa de analfabetismo del 30%). Pasan un par de meses en cada lugar y cuando se cansan siguen su camino.
Y llegamos a Merzouga, donde empieza el desierto del Sahara. Llegar al desierto es una sensación única y liberadora, (no solamente por el alivio que implica terminar las 8 horas de recorrido que hicimos desde Fes), sino porque se respira un aire de profunda calma, después de la algarabía de Fes -del que hablaré más adelante-. Esperamos a que fuera cerca de la hora del atardecer y nos fuimos en una caravana de dromedarios al lugar donde sería nuestro campamento esa noche. Durante la hora que duró el trayecto paramos al momento en que el sol se estaba ocultando y subimos caminando a una de las dunas para contemplar el espectáculo de amarillos y naranjas de un cielo encendido que parecía darnos la bienvenida, y que hacía juego con el color mostaza de la arena. Llegamos al campamento justo cuando empezaba a oscurecer. Solo se veían 4 grandes carpas, una de las cuales sería para mis hijos, y otra para mi esposo y yo. Alrededor solo se veían las siluetas de las dunas de arena. Esa noche, alrededor de una fogata, los locales tocaron sus tambores cuyos bajos se mezclaron con los latidos de mi corazón. Contemplar las estrellas y una luna llena que nos alumbraba fue parte de la celebración. Una noche única e inolvidable. A la mañana siguiente madrugamos a las 5 de la mañana para ver el amanecer, desayunamos y los dromedarios nos llevaron al lugar donde habíamos dejado el automóvil para continuar nuestro recorrido.

No he narrado aquí la ruta tal como la hicimos, sino que he escogido los lugares que más me impactaron recorriendo el país. Otro trayecto que disfruté mucho fue de Marrakech a Essaouira. Después de las curvas interminables de los Atlas esta carretera en línea recta hacia el Atlántico fue mucho más descansada y con un paisaje menos árido. Como en Marruecos todo parece ser posible, a mitad del trayecto vimos cabras subidas a los árboles como si fueran pájaros livianos. Las cabras buscan los árboles de argán, cuyos frutos guardan un aceite que además de gustarle a las cabras es muy utilizado en la industria cosmética.
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El recorrido en automóvil nos permitió adentrarnos al corazón de Marruecos; literalmente, hacia el centro del país, y también a su alma, a la esencia de su cultura y de su gente, sobre todo en cada una de las ciudades y pueblos que visitamos y de los que les contaré en una segunda parte de esta historia.
NOTA: La foto destacada en esta entrada es de: www.nicobermudezphotography.com
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Photo credit: www.nicobermudezphotography.com

El Paraíso Literario está en Madrid

Madrid tiene muchos encantos que la hacen una de las ciudades europeas más atractivas: las grandes avenidas arborizadas, los parques, los museos, los restaurantes, el comercio, y la gastronomía.  Cuenta además con excelentes librerías y tiene una de las ferias del libro más atractivas del mundo. Lo que no me imaginaba, es que en Madrid descubriría el paraíso literario.

En la Cuesta de Moyano, una calle empinada de tan solo unos 200 metros que se extiende desde el final del Jardín Botánico hasta la estación de Atocha, presidida por una estatua de Pio Baroja, me encontré con todo un mercado literario al aire libre.  Treinta casetas de libros, algunas con presencia permanente de sus dueños, otras con jóvenes que atienden el negocio mientras sus dueños están en otros quehaceres.  Cada caseta tiene una característica especial: libros viejos, postales, grabados, últimas novedades; libros de filosofía, política, historia, cocina, cine, teatro, música y por supuesto literatura y poesía. Es el lugar perfecto para que los amantes de los libros pasen una tarde entera buscando libros raros, únicos, ediciones antiguas, primeras ediciones, con ilustraciones que son piezas de arte. La riqueza patrimonial que significa esta calle llena de libros para Madrid es enorme.

Para los que quieren hacer rendir su bolsillo hay mesas paralelas frente a las casetas con ofertas y saldos increíbles, al estilo de los vendedores de libros del Sena, en París.

En este paraíso literario conocí a Fernando Plaza, el propietario de la caseta 6, “La Clásica”. Desde los 11 años está en la Cuesta, cuando acompañaba a su padre, quien desde 1925 adquirió la caseta especializada en libros antiguos. Fernando la tiene desde 1940, cuando la heredó de su padre, pues sus otros tres hermanos eran funcionarios públicos en ese entonces y poco les interesaba mercadear con libros.  Para él, en cambio, los libros han sido su pasión desde que era un niño, a pesar de que no ha leído todos los que guarda en la caseta (tiene alrededor de 5,000 libros). No alcanza la vida entera para hacerlo.  Se concentra en sus autores favoritos: Garcilaso de la Vega, o Camilo José Cela. Su esposa también le ayuda en el negocio, ha sido un proyecto de vida que les ha permitido hacer lo que les gusta.

Cuando uno está viajando y su pasión son los libros, sabe que tiene que sacrificar parte del equipaje a cambio de poder tener espacio en la maleta para llevarse algunos. Yo ya había cumplido mi cuota pues hacía unos días había estado en la feria del Libro, en el Parque del Retiro. Pero ante semejante descubrimiento tenía que aprovechar, a pesar de la mirada de mi esposo que a lo lejos parecía suplicarme que no me entusiasmara demasiado. Seguramente el terminaría cargando con la maleta después. En un lugar mágico como este uno nunca sabe lo que puede encontrar.   Dentro de mis descubrimientos lo más especial fue una selección de Las Mil y una Noches, con bellísimas ilustraciones de Kenneth Denard Dills.  Cargaría con él en la mano de ser necesario.

Si están de visita en Madrid, no duden de ir a esta hermosa calle que cuenta ya con casi 100 años de letras, de historia y cultura, y donde todo el año es una feria del libro. ¡A por libros!