Desde el corazón de Haight-Ashbury

Siempre me llaman la atención las personas que se sustraen del mundo que los rodea para meterse dentro de un libro. Por eso me fijé en William Birdwood, Bird: un viejo hippie que conocí en el barrio de Haight- Ashbury en San Francisco. Estaba sentado en una silla de ruedas en la mitad del andén por el que transitaba la gente, los perros, la vida. Me le acerqué intrigada por saber cuál era el libro que lo tenía tan interesado.  Estaba leyendo “War and Remembrance”, de Herman Wouk. Me contó de qué se trataba y nos pusimos a hablar de literatura. “Los libros son el alimento del alma”, —me dijo. “Siempre llevo alguno conmigo, los encuentro en la calle. En San Francisco la gente tiene exceso de cosas y poco espacio, así que tarde o temprano acaban botando todo.”

Haight-Ashbury es uno de los barrios con más personalidad de San Francisco. Tiene una atmósfera hippie muy especial, con coloridos almacenes de ropa vintage, discos de vinilo, librerías y cafés. Pero también con muchas personas que viven entre sus andenes, como Bird. Lleva ropa sucia y se nota que hace ya muchos días que no recibe un baño. Solo posee lo que le cabe en un par de bolsas grandes que cuelga a cada lado de su silla de ruedas: una manta para las noches frías, un suéter, un par de libros y unos pocos ejemplares del Haigh-Ashbury Literary Journal, un boletín literario que vende a $5 dólares cada uno y donde se publican poemas y cuentos de personas marginadas del barrio a quienes les gusta escribir. Con lo que recoge de la venta come, pero también recibe asistencia social, aunque el cheque no llega todos los meses, ni mucho menos le alcanza para pagar una habitación.

Además del gusto por los libros, Bird es veterano de guerra y vive interesado por los temas de coyuntura política. Piensa que los ciudadanos no deberíamos dejar en manos de los políticos el debate de los grandes temas. Por eso hace unos años se animó a escribir un libro sobre los derechos de la mujer y del niño antes de nacer: “The Ammendment: Revisited, Corrected and Refined.” (Se consigue en Amazon).

Bird hace parte de un grupo de más de 8,000 personas sin hogar que habitan en las calles de San Francisco, según el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano. Personas que por el costo de vida tan alto en algún momento perdieron su vivienda. Una clara consecuencia del proceso de “gentrificación” que ha experimentado la ciudad en las últimas décadas, resultado del dinero que mueven las compañías de tecnología y que ha elevado drásticamente el mercado de finca raíz. San Francisco es una de las ciudades más ricas de Estados Unidos, (El PIB per cápita es de US$89,978, a la altura de ciudades como Londres o Singapur); pero su prosperidad no llega a todos los sectores; es también una de las más desiguales.

La situación de los sin techo se ha convertido no solo en un problema social, sino también de salud pública: a cualquier hora del día se ven personas casi inconscientes inyectándose heroína con jeringas de dudosa higiene. Los residentes de la ciudad se sienten indignados con esta situación, aunque cada vez están más acostumbrados a ver la gente sin hogar desplomada en las aceras como si fuera parte del paisaje. Nadie se detiene a hablar con ellos. Ni siquiera las autoridades. Las compañías de tecnología que operan en el área, con algunas pocas excepciones, tampoco cuentan con iniciativas de responsabilidad social para ayudar a solucionar este complejo problema.

Con respeto, le pregunto a Bird cómo es vivir en la calle. “La gente normalmente no se me acerca, no me habla, me ignora”. Me dice que los andenes en San Francisco son amplios, que el clima es bueno, no tan frío como el de su natal New Hampshire, y que además siempre tiene la compañía de un buen libro.  “Uno se acostumbra a vivir en la calle, pero una vez ahí es muy difícil salir de ella.”

Música en la sangre

La República Dominicana es un país maravilloso. De paisajes exuberantes y de gente cálida y alegre. El buen humor y la hospitalidad de los dominicanos reciben a sus visitantes desde la llegada al aeropuerto Internacional de las Américas, en Santo Domingo.  Allí comienzan los piropos a las mujeres, una de las constantes de los hombres dominicanos, quienes gozan de una gran creatividad, a la hora de referirse a la belleza de una mujer. Es parte de la cultura, aunque no se limita solamente al género masculino. Tan es así que en algunos barrios se han llevado a cabo concursos de piropos, en los que han sobresalido poetas escondidos, entre hombres y mujeres que regalan frases de amor a sus enamorados. Solo en este país, me he encontrado con algo igual.

República Dominicana: país de bachata y merengue. La música y el ritmo los llevan en la sangre, y se les nota al andar, al hablar, al reír. Su alegría es contagiosa. En cualquier contexto, en cualquier condición, siempre se verá a la gente sonreír.

El dominicano parece no tener prisa. Yo que vivo corriendo de un lado para otro tengo mucho que aprender de ellos. Se toman la vida con calma. Y a pesar del trabajo, de los problemas y vicisitudes de la vida, le sacan tiempo a todo. En un contexto de trabajo esta actitud puede llegar a impacientar un poco, por decir lo menos; la impuntualidad es la orden del día. No importa quién sea el que está esperando. Saben que igual la reunión o la cita se va a dar, entonces, ¿para qué preocuparse?

Nadie como los dominicanos para inventar palabras. Comprendo que todos los países tienen su jerga. Pero hay que ver la inventiva que tienen los dominicanos! Hablando el mismo idioma, en muchas oportunidades he tenido que pedir explicación. Yo pregunto: “¿vamos?”, y me responden: “casimente”.

Cada vez que he pisado tierra dominicana he salido de allí satisfecha: no solo por el trabajo realizado, sino por esos elementos de la idiosincrasia dominicana que hacen que el visitante siempre se sienta acogido y feliz!